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Malos tiempos para la rebelión

El senador romano Marco Junio Bruto era un hombre de convicciones. Protegido de Julio César, quien le profesaba una estima casi filial y cuyo amparo le abría un magnífico horizonte político, puso sus principios por encima de cualquier otra consideración cuando, con el fin de salvar a la República, decidió sumarse a la conspiración que acabó con el asesinato del dictador en el Senado de Roma el 15 de marzo del año 44 a.C. (los Idus de Marzo). Según algunos cronistas, César tuvo plena conciencia de que Bruto –“¡Tú también!”– formaba parte de quienes le estaban apuñalando. Personaje trágico, Bruto no tenía en cambio ni idea en aquel momento de adónde iba a conducir el magnicidio. En lugar de evitar la tiranía como buscaba, la guerra civil que siguió acabaría alumbrando el Imperio.

Hay mucho de la épica –y la estética– romanas en la saga galáctica iniciada en 1977 por George Lucas con La guerra de las galaxias, donde se relata la interminable lucha entre los defensores de la República –reagrupados en la Rebelión– y el Imperio, que trata de afianzarse sobre sus cenizas con la acción imprescindible de implacables lugartenientes como Darth Vader y sus epígonos.

En este combate del bien contra el mal, de la libertad contra la opresión, los creadores de Star Wars han obviado sistemáticamente sin embargo una realidad fundamental (y no se trata justamente de que los buenos no siempre triunfan, ya se sabe, estamos en Hollywood). No, lo que consciente o inconscientemente se ignora en todas las películas es que el emperador, además de un personaje oscuro, malvado y calculador, puede ser también una figura extraordinariamente popular.

John Gielgud, interpretando a Julio César en la versión cionematográfica de la obra de William Shakespeare
John Gielgud, interpretando a Julio César en la versión cionematográfica de la obra de William Shakespeare (ARCHIVO)

General de éxito y patricio, Julio César lo era –y mucho– entre los militares y la plebe. Infinitamente más, en todo caso, que los miembros del Senado, percibidos como una casta de aristócratas oligarcas. También lo fue, por cierto, otro tirano admirador de César, el asimismo victorioso general Napoleón Bonaparte –quien adoptó algunos símbolos y prácticas políticas de la antigua Roma, desde el águila o la corona de laurel a los arcos de triunfo y las columnas conmemorativas de batallas–, capaz de disolver la Revolución francesa en una dictadura y coronarse después emperador con el aplauso de unas clases populares anhelantes de ley y orden.

En este primer cuarto del siglo XXI, el Imperio parece estar, de nuevo, ganando adeptos en todo el mundo frente a la República. Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge constata una “erosión” general de la democracia en todos los continentes en la última década. Globalmente, el número de personas insatisfechas con el sistema democrático –en una muestra de 77 países– ha pasado del 48% al 58%. En Francia, los sondeos apuntan que más de una tercera parte de la población (36%) –la mayoría, de clases modestas– considera que hay “otros sistemas políticos” que pueden ser tan buenos como la democracia y una mayoría amplia, que en el caso más extremo puede llegar al 77%, apoyaría restringir las libertades públicas en determinadas circunstancias por motivos de seguridad.

Los nuevos autócratas

Los regímenes autoritarios se esconden hoy detrás de instituciones pseudodemocráticas

En momentos de incertidumbre y zozobra como los actuales, la tentación de recurrir a la figura protectora y benefactora de un hombre fuerte gana enteros. Y si guarda un poco las formas, tanto mejor. En un artículo publicado en Foreign policy, la politóloga Erica Franz, profesora de la Universidad Estatal de Michigan, subraya que desde la Segunda Guerra Mundial “la mayoría de los regímenes autoritarios del mundo han tenido parlamentos, partidos políticos y elecciones parcialmente abiertas celebradas regularmente”. Es una mascarada, pero funciona: “Los regímenes autoritarios con instituciones pseudodemocráticas duran bastante más en el poder que los que no las tienen”. Si en los años noventa, los autócratas disimulados imperaban durante 19 años de media, ahora llegan a los 27.

La Rusia de Vladímir Putin, quien pronto cumplirá veinte años en el poder, es una de estas democracias adulteradas. ¿Podría llegar a serlo algún día Estados Unidos? Las derivas autoritarias de Donald Trump, con ser inquietantes, no lo son tanto como la deserción del partido republicano, que –sumiso y entregado a su líder– no ejerce ningún freno ni contrapoder, como se ha visto en el Senado con la farsa del juicio del impeachment.

Donald Trump, frente a sus seguidores en un mitin el viernes pasado en Las Vegas
Donald Trump, frente a sus seguidores en un mitin el viernes pasado en Las Vegas (JIM WATSON / AFP)

Que uno de los defensores de Trump osara argumentar ante la Cámara Alta que las maniobras ilícitas del presidente para asegurar su reelección –en este caso, extorsionando al primer ministro de Ucrania para perjudicar a un aspirante demócrata– pueden considerarse de “interés público” demuestra hasta qué punto la pulsión autócrata de Trump y su desprecio manifiesto de los principios democráticos se han ido acentuando en estos cuatro años en la Casa Blanca. “¡El Estado soy yo!”, podría proclamar emulando a Luis XIV. Su reciente absolución no ha hecho más que agravar su comportamiento.

El profesor Stephen M. Walt, especialista de relaciones internacionales de la Universidad de Harvard, testa regularmente el comportamiento del presidente de EE.UU. a partir de 10 puntos que a su juicio demuestran el carácter dictatorial de todo gobernante (entre ellos, la intimidación de los medios de comunicación, la politización de la estructuras del Estado, el intervencionismo en la justicia, la demonización de la oposición, la creación de un clima de miedo...) y alerta que Trump ha cruzado ya diversas líneas rojas: “Las democracias no enferman y mueren de repente; se derrumban gradualmente, a partir de pequeñas grietas, cada una de las cuales parece en el momento sin consecuencias. Es lo que Donald Trump está haciendo, ayudado e incitado por el otrora orgulloso partido republicano”. Pese a ello, o precisamente por ello, su popularidad sigue intacta entre sus adeptos y su reelección el próximo noviembre parece más que probable.

Al amparo del giro autoritario en la Casa Blanca, Xi Jinping consolida en China –si la crisis del coronavirus no lo impide– un poder personal como no se había visto desde los tiempos de Mao, Putin prepara en Rusia un cambio constitucional que consolide su control más allá de su salida del Kremlin, Erdogan aspira a convertirse en Turquía en nuevo sultán y en el Reino Unido Boris Johnson concentra cada vez más poder personal. Darth Vader debe sonreír bajo su tenebrosa máscara.