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Luz en tiempos sombríos

Yo no quería dejar pasar el Santiago sin traer al recuerdo los setenta años de la fundación de Galaxia y si aplacé mi voluntad hasta hoy fue porque no doy con la palabra que mejor defina el acontecimiento. Quiero decir que no sé si a lo acontecido entonces hay que llamarle nacimiento, creación, aparición o milagro. Ante el desconcierto prefiero hablar de fundación, convencido de que aquel sueño hecho realidad formal en Vigo el 25 de julio de 1950 era el fruto de una semilla plantada muchos años antes, la primera cosecha de un 'fundus' abonado por tantos gallegos que tuvieron, cada cual a su modo, la generosidad de los grandes utópicos: los viejos precursores murguianos, las gentes del Seminario de Estudios Galegos, los artífices del Partido Galeguista, los jóvenes de las Mocedades… Y si quisiéramos alargar la cadena y buscarle el eslabón primero tal vez llegásemos hasta los procesionantes en el 'Alba de Gloria' y nos encontrásemos allí, en las protoraíces galaxianas, a Bernaldo de Bonaval y a Meendiño y al Padre Sarmiento y a Curros y a Rosalía.

A muchos jóvenes hay que recordarles (o enseñarles en las escuelas y los institutos) que todavía quedan muy recientes, como de ayer mismo, los años que corrieron desde el final de la Guerra Civil a aquel julio de 1950 que ahora evocamos. Años en los que ya se escribían libros en gallego, sí, pero no se publicaban o se publicaban a salto de mata, poco menos que clandestinamente, en cortas ediciones y sin noticia en los periódicos ni presencia en escaparates. Parecen hechos muy lejanos, pero quedan a la vuelta de la esquina. Y cuando en 1951, un año después de su constitución formal, la recién Galaxia quiso retoñar en los cuadernos Grial, caían chuzos de punta, con Juan Aparicio (un jonsista confusamente emanado del comunismo) de director general de Prensa, es decir, de gran Torquemada del régimen. Habrían de pasar veintitantos años para que aquellos malogrados 'cadernos' cristalizasen en la revista que hoy conocemos, rebosante de salud y prestigio, aunque uno, la verdad sea dicha, prefiera los sobrios 'Grial' de la primera época a los hodiernos 'Grial' de colorines.

Hablamos de Galaxia. De la gran editorial gallega. Y caemos ahora en la cuenta de que siempre que se la cita o se la estudia (supongo que ya ha sido motivo para más de una tesis doctoral) se subraya su naturaleza viguesa o, en todo caso, viguesa-compostelana, por aquello de las sedes sociales y las marcas registradas. Pero Galaxia tiene mucho de luguesa, porque todo aquel sueño de hace setenta años se habría venido abajo de no haber apostado por él dos lucenses de inolvidable memoria, Álvaro Gil y Antonio Fernández, Antón de Marcos, que dicen en Lugo. Se nos han ido los dedos en el teclado y ha salido el verbo apostar, que es impropio para el caso, pues, la verdad sea dicha, la participación de Gil y Fernández no fue de envite sino de munificencia, de altruísmo y, si me apuran, de patriotismo.

Donde ahora escribo no tengo a mano ejemplar que me lo confirme, pero aseguraría (y tú me corregirás, querido Xulián Parga) que la edición completa de 'Antífona da cantiga', el gran libro de Cabanillas con que Galaxia se presentó al mundo, corrió por cuenta y cartera de Álvaro Gil, a quien don Ramón dedica el trabajo.

Van ya setenta años de toda esta aventura. Echa uno cuenta del camino andado y se acrecienta la admiración por la gente aquella, desde Otero Pedrayo y Gómez Román, que venían de atrás, a los Piñeiro, Del Riego e Illa Couto, con su compromiso activo para el relevo. Todavía no es consciente Galicia (y aún menos las nuevas generaciones) de su deuda con Galaxia. Lo será algún día, cuando la certeza acreditada se imponga a la cicatería de las conveniencias. Y entonces se entenderá que lo que hoy nos parece natural y hasta rutinario se asienta en un ayer de sacrificios y dificultades. Y que alcance el siglo.

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