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Luis López Carrasco: "El voto a Vox en Murcia tiene mucho de hartazgo, protesta, rabia y castigo"

El largometraje de Luis López Carrasco que precede a El año del descubrimiento se titulaba (o titula, en presente) El futuro, aunque en realidad transcurría en un pasado extraño. La estrategia del director consistía en reproducir los años 80 españoles como si, de golpe, emergieran de un bucle espacio-temporal completamente intactos. El espectador era enfrentado a una rara fantasmagoría que para unos (los más mayores) era recuerdo extraño, y para otros (los más tiernos), una ficción igual de ajena. Y sin embargo, completamente propia y, en los dos casos, reconocible. Era documento con la misma urgencia que fabulación; era sueño y dura realidad. Y ése, en definitiva, era el juego: convertir la pantalla en la superficie de un espejo sin tiempo en la que se reflejaban las aspiraciones caducas de unos o las ilusiones tristes de otros. El presente era el pasado y los dos juntos, la promesa de un futuro duro.

Aquella película reproducía e inventaba una especie de fiesta entre cuerpos y drogas nuevas donde las conversaciones se entrecortaban. Se insinuaba la famosa movida y, más relevante, se describía con precisión sus fracturas e imposturas. Eran heridas viejas que, efectivamente, también eran nuevas. Ahora, el director utiliza un artefacto similar, pero mucho más perfeccionado, ambicioso y clarividente. Volvemos al pasado. Esta vez a los años 90 en general y a 1992, muy en particular. Hablamos del año de la Expo de Sevilla y de los Juegos Olímpicos de Barcelona; hablamos de aquel momento transcendental y fatídico en el que España se soñó diferente, moderna, de estreno. Eso por fuera. Sin embargo, algo más adentro, en Cartagena, por ejemplo, el reflejo de aquel esplendor llegó transformado en pesadilla en la forma y la furia de una siempre retrasada reconversión industrial. De repente, el 3 de febrero, del Parlamento cartagenero brotaron llamas de ira, rabia, frustración y miedo.

La película, que se presenta hoy mismo en el Festival de Rotterdam (la única española a concurso), recuerda aquel tiempo a la vez que lo reconstruye y le da sentido. Es pasado, decíamos, pero perfectamente presente que augura un futuro doloroso y perfecto. Todo transcurre en el interior de un bar donde las conversaciones se cruzan. Los más mayores hablan de lo que fue tiempo atrás una ciudad gloriosa y fabril de astilleros, industria química y pleno empleo. Los nombres de Bazán, Peñarroya y Fesa-Enfersa suenan tan familiares que se dirían personajes más dentro de la cinta. Los menos hacen suyos los recuerdos de sus padres sin entender exactamente el sentido de las ruinas que les rodean. Y todos juntos explican con una rara precisión cada una de las crisis (son muchas) que actualmente ocurren. La pantalla se parte en dos en un diorama panorámico y la multiplicidad de imágenes y voces abrazan al espectador hasta convertirle en parte de la película, en interlocutor y víctima. También, aunque sólo sea un poco, en culpable. Lo que surge es un prodigio: el documental (eso es) más sorprendente y hasta imprescindible que ha dado la cinematografía española en mucho tiempo. Un auténtico y soberbio acontecimiento.

Un momento de 'El año del descubrimiento'.

«Aunque nací en Murcia, pasé mucho tiempo de mi infancia en casa de mis abuelos en Cartagena», comenta el director que antes fue pilar del colectivo eufórico-experimental Los Hijos a modo de justificación. «Recuerdo las imágenes, las tengo grabadas, del Parlamento autonómico ardiendo. Y, sin embargo, cuando hace poco lo comentaba, nadie se acordaba. Mis padres incluso pensaban que me lo estaba inventando. Quizá ahí, en ese olvido generalizado, está el origen de la cinta», sigue. En realidad, ya en 1992, especialmente en 1992, nadie prestaba atención a la conflictividad social desatada por el desmantelamiento industrial consecuencia tanto del atraso en general a la hora de tomar las medidas que exigía la crisis del petróleo de los 70 como, de modo muy particular, de la incorporación de España a la Unión Europea. Lo que importaba era asombrar a todo el mundo. «La actitud general del país era la del pobre que, en un momento dado, tiene que esconder sus miserias para impresionar al pariente rico. Hubo una labor de olvido casi consciente», añade López Carrasco.

La película arranca con la descripción de un sueño. Raúl Liarte, guionista junto al director además de él mismo nacido en Cartagena, describe el paseo por una ciudad inundada de niebla al lado de un pastor alemán. Y desde ahí, desde lo más parecido a una premonición ya cumplida, se entretejen las conversaciones y memorias. «En el 92 se definen muchas cosas de la España actual», comenta doctoral Carrasco. Y continúa: «La cultura del pelotazo, la especulación inmobiliaria, los macroeventos deportivos para atraer flujos de capital... Además se firma el Tratado de Maastrich. Y lo curioso es que todo nace ahí y, a su modo, sigue ahí».

En El año del descubrimiento se escucha a absolutamente todos: a los que participaron de forma directa en todos los conflictos de entonces y a los que sufrieron y sufren las consecuencias de manera aún más directa. Al lado de sindicalistas como José Ibarra o Paco Segura, un tapiz apretado de voces más o menos reconocibles, más o menos anónimas van descubriendo el sentido último y profundo de casi todo. Rodada con vídeo de la época, los entrevistados, que también son necesariamente protagonistas, juegan a disfrazarse como si aún siguieran en los 90. Sólo un poco. La cámara sólo sale del bar en el que se sitúa la acción a través de las imágenes de archivo. El efecto conseguido es como mínimo inmersivo, casi carnal. La imagen lo cubre todo: sea el espacio mismo de representación donde se encuentra el espectador como el tiempo mismo.

«Lo sorprendente es que muchos de los argumentos que surgen en las entrevistas no estaban preparados. La memoria de la represión del franquismo o la reproducción mimética de muchos de los argumentos de la ultraderecha de ahora salieron en la conversación sin esperarles. Y eso dice mucho de nosotros y de lo que allí ocurrió», afirma Carrasco a la vez que da fe de la amplitud de su propuesta. Tras el fiasco de la política industrial, Cartagena que votaba socialista acabó, por pura rabia quizá, en brazos del PP. Y así en los últimos 25 años. Hasta que en las últimas elecciones es Vox el que obtuvo más votos. «Es complicado dar con una causa sola. En la película apenas hay indicios. Son muchos los motivos. Por un lado, está la desafección que hace que no se vote a la izquierda. Por otro, está el efecto de determinados sectores fundamentalistas católicos muy presentes tanto en la universidad como en las instituciones. Y por último, el sector agroalimentario mantiene una estructura caciquil intacta en la zona. El modelo de negocio de la huerta está basado en la desregulación total, muy en sintonía con el ultraliberalismo de la ultraderecha, que se beneficia de los sueldos bajos de una inmigración completamente sin derechos laborales de ningún tipo. Luego, además, todo el territorio se encuentra completamente abandonado. Tanto los transportes como las infraestructuras son inexistentes con unos índices de paro altísimos y unos barrios marginales completamente dejados. El voto a la ultraderecha tiene mucho de hartazgo, protesta, rabia y castigo». Queda claro.

El director Luis López Carrasco.

El futuro se atiene al relato de celebración y gloria que el tiempo y la propaganda quiso otorgar a los 80. Aunque sea para establecer una crítica cabal. Los que allí se ven son jóvenes de las clases medias que despiertan a eso que genéricamente se dio en llamar libertad. El año del descubrimiento nos recuerda que hubo otra España de enfrentamiento, reconversión e incomprensión, y que esa España es la que es y que probablemente será. Pasado, presente y futuro.

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