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Luis Herrero: Un loco con pistola

Como buen aficionado a la novela negra me gusta olfatear la urdimbre de los asesinatos (de ficción) para ver si la trama resulta convincente. Al final del relato todo debe tener una explicación satisfactoria. No valen giros tramposos, situaciones increíbles, móviles inconsistentes o desenlaces ilógicos. Un buen crimen es un puzzle en el que las piezas deben encajar con precisión de relojería suiza. Por eso abomino de los asesinos locos. Los locos siguen pautas imprevisibles, imposibles de rastrear con el radar de la lógica de Aristóteles. Sin porqués razonables no hay buenas novelas negras. Con la política pasa algo parecido. Agradables o no, las decisiones de los gobernantes deben tener una explicación lógica. De lo contrario parecerán propias de un loco.

Llevo semanas tratando de entender el porqué del nombramiento de Dolores Delgado como Fiscal General del Estado y confieso que aún no lo he conseguido. El hecho en sí es lo más parecido a un crimen, como licencia metafórica, y por lo tanto tiendo a pensar que su autor debe haberlo perpetrado por alguna razón que se nos alcance. Pero no hay modo. Seguí con interés su comparecencia en la comisión de Justicia del Congreso, el jueves pasado, y solo conseguí aburrirme como una ostra. Es verdad que el formato, más que frío, glacial, no ayudaba mucho. Las preguntas de la oposición, al no merecer respuestas inmediatas, se convertían en soliloquios aislados. Y las respuestas, dos horas después y sin derecho a réplica, en un mero ejercicio de escatimo parlamentario.

Durante la sesión salieron a relucir, aquí y allá, todas las consideraciones denigratorias que ya habían aflorado en el debate periodístico previo. El nombramiento de Delgado es incompatible con la apariencia de imparcialidad que se le debe exigir a la Administración de Justicia. Apesta a gesto de gentileza con el independentismo catalán. Hiede a promiscuidad con las cloacas del Estado. Atufa a maniobra de mangoneo político. Cabrea a la carrera fiscal. Y, además de todo eso, menoscaba la utilidad práctica del cargo por las causas de abstención que merodearán su mandato. O por las buenas (decisión propia), o por las malas (imposición de la Junta de Fiscales de Sala), tendrá que inhibirse en todos lo casos que huelan a procés, corrupción del PP o Villarejo. O sea, lo mollar de la inmundicia.

Son justamente todas esas consideraciones las que convierten en incomprensible la decisión del asesino. Todo crimen exige un móvil. En este caso, ¿cuál es? Que nadie responda alegremente que el de hacerle un hueco en el banco azul a la fiscalía general del Estado. Para que esa explicación resultara convincente, Dolores Delgado necesitaría tener las manos libres para actuar en los casos que a Sánchez más le interesan y, por añadidura, debería tener un prestigio que no tiene —ni de lejos— para imponer sus criterios a una carrera, la carrera fiscal, que en términos generales siempre ha hecho gala de una independencia a prueba de bomba. De una asociación o de otra, no hay suficientes voces de su amo en el escalafón para proveer todos los cargos vacantes.

La explicación más evidente nos llevaría a pensar que el móvil del crimen (entiéndase nombramiento) ha sido la pura vanidad de su autor. ¿Lo ha hecho solo para que se sepa quién manda? ¿Para resarcirse de las investiduras fallidas, los malos ratos y los ninguneos múltiples de los dos últimos años? ¿Estamos ante un simple caso de la venganza del soberbio? Si fuera así, si la novela acabara de esa forma, pertenecería al género abominable de los asesinos locos. Si toda la lógica de la trama se reduce a que un maníaco ególatra se ha disparado en el pie para presumir de pistola, apaga y vámonos. Saldremos de dudas en cuanto Delgado se enfunde las puñetas. O la novela es un fraude, o el misterio se complica.