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Los secretos de Doménech, íntimo de Adolfo Suárez: "Los amigos del Rey fueron a la cárcel, se veía venir"

Se abre la puerta de un despacho en la calle Serrano. Aparece un tipo de cabello cano y frondoso. Gafas delgadas y mirada clara. Como un lord inglés. Se llama Miguel Doménech y nació hace 82 años.

Lleva en la mano un libro con las propuestas de UCD. Lo agita como si el vuelo de sus páginas fuera a regar de moderación la política de los extremos. Detrás, un cuadro de Dalí. Porque Doménech arropó al maestro durante los últimos diez años de su vida. Le vio pintar, escuchó sus confesiones y le tapaba con la manta justo antes de dormir, cuando sonaban las campanas de la iglesia de San Pedro. 

-¿Sabe? A veces, Dalí se dormía con el himno de España.

-¿Lo dice en serio? 

-Sí, sí. Hombre, no todos los días, pero sí en algunas ocasiones. 

Hay personas que lo saben casi todo sobre algo, pero resulta muy complicado encontrar a un hombre que conozca los secretos de mundos tan distintos como el arte o la política. Miguel Doménech es uno de ellos. Tan capaz de telegrafiar el nacimiento de la democracia en España como de bucear en la intimidad de Salvador Dalí. 

Íntimo amigo de Adolfo Suárez, cuñado de Leopoldo Calvo-Sotelo y fundador de UCD. “Oiga, también sepulturero, eh. Póngalo”. Porque don Miguel insiste en que la desaparición de Unión de Centro Democrático fue, más bien, una “autodisolución”: “Había llegado el momento de consolidar el sistema de partidos. ¡Cada mochuelo a su olivo!”. 

Sus lazos familiares y de amistad le convirtieron en uno de los civiles mejor informados de la Transición. Después, su amistad con Dalí le colocó todavía más cerca de Juan Carlos I. Esta conversación, que se estirará hasta las tres horas con un descanso en medio, va de la política al sexo, del onanismo daliniano al zascandileo del Emérito, de la dictadura al 23-F. Porque Miguel Doménech era el presidente del Consejo de RTVE aquel día. ¡Si es lo que lo era todo!

Dicen que usted lo sabe todo sobre el 23-F, pero da la sensación de que pocos misterios quedan por resolver de aquel día. ¿Hay algo que nunca haya contado?

No lo sé todo sobre el 23-F, pero sí tengo información privilegiada debido a mis amistades y al puesto que desempeñaba. Digamos que tuve una posición como para saber cosas.

Cuente. 

A lo largo de estos años, nunca en público, me he preguntado lo siguiente: ¿por qué Alianza Popular no apoyó al candidato a la investidura el 22 de febrero? ¿Por qué tampoco lo hizo Convergència? Si hubieran votado a favor, no habría habido golpe. Le diré que asistí a una conversación entre mi cuñado, Leopoldo Calvo-Sotelo, y Jordi Pujol.

¿Qué pasó?

El president de la Generalitat, antes de la primera votación, le pidió dinero a Leopoldo a cambio de entregarle su apoyo. Fue una conversación telefónica. Leopoldo atendió esa llamada a las tres y media de la tarde desde la vicepresidencia económica del Gobierno, situada entonces en el Paseo de la Castellana.

¿Y qué respondió Calvo-Sotelo a Pujol?

Leopoldo, como Adolfo Suárez, era un hombre como ahora no los hay en política: muy digno. Dijo: “Lo siento mucho, pero no voy a comenzar mi presidencia comprando votos. Me quedo para septiembre”. Se refería a esa segunda votación, en la que se produjo el golpe.

¿Insinúa que Pujol y Alianza Popular participaron en el golpe? 

No, no, no estoy insinuando eso. Pero sí puedo asegurar, y es un hecho, que su actitud generó un clima propicio. Jugaron a debilitar el sistema. Lo de Pujol, por cierto, fue el intento de inaugurar ese mercadeo de votos hoy tan instaurado. 

Aquel 23-F, usted era presidente del Consejo de RTVE. ¿Dónde estaba cuando llegaron los militares a la televisión? 

El Consejo estaba reunido en el complejo de Moncloa. De repente, entró un compañero: “Miguel, hay tiros en el Congreso”. Me quedé helado. Allí dentro estaba mi amigo Adolfo, mi cuñado Leopoldo, mi mujer en la tribuna de invitados, mis sobrinos… Fue muy impactante. 

¿Cuál fue la primera reacción del Consejo?

Guardamos silencio y escuchamos la radio. Nos asomamos a la ventana. La policía estaba en la posición de prevengan. Claro, nos preguntamos: ¿qué pasa en Prado del Rey? ¿Qué pasa en la tele? Decidimos trasladarnos allí. Llegamos más tarde que los militares porque no tuvimos problema para entrar. Nos quedamos hasta las diez de la mañana del día siguiente. 

Aquel día, ¿Televisión Española pudo hacer más de lo que hizo?

Creo que RTVE, sus servicios informativos y también algunos medios privados como Diario 16, El País y la Ser estuvieron al servicio del Estado y contribuyeron extraordinariamente a la defensa de la Constitución. Teníamos embargado el discurso del Rey. 

¿Por qué tardó tanto en emitirse? 

Cumplimos órdenes. Mi impresión es que había dos o tres puntos incandescentes. El más fácil de enfriar, en contra de lo que pudiera parecer, fue la capitanía general de Valencia. Milans era serio y aguerrido, pero absolutamente leal a la Corona. Teníamos las imágenes de los tanques patrullando por Valencia y eso nos hizo ser muy cautos en la emisión del mensaje del Rey.

Es decir: se emitió el mensaje cuando Juan Carlos se aseguró de que el resto de capitanes generales no se sublevaría. 

Hombre, hablar de “sublevación”… Antonio Tejero era un hombre bueno. Ya le digo: el Rey puso a Milans en su sitio rápidamente. También había cosas pendientes de ese estilo en Zaragoza, Canarias y Madrid. Conforme actuaba Zarzuela, nosotros íbamos recibiendo noticias tranquilizadoras. Emitimos el mensaje cuando mucho estaba ganado. No todo, pero casi todo.

Cuando vimos en Moncloa que Tejero estaba al frente del 23-F, respiramos tranquilos. Sabíamos que era un hombre bueno

Usted fundó UCD, fue uno de los primeros constitucionalistas en España, participó en ese motor del cambio. Dice que no hubo sublevación y que “Tejero era un hombre bueno”. ¿Podría explicarlo?

En mi larga dedicación a Dalí y Cataluña, tuve la fortuna de saber más de Tejero, que cumplió gran parte de su pena en el castillo militar de Figueras. Su comportamiento fue apasionado, pero en la Guardia Civil tenía fama de ser un hombre bueno. También en su familia. Le diré más: aquella tarde, cuando vimos que Tejero estaba al frente en aquello del Congreso, respiramos tranquilos.

¿De veras? 

Sí, porque, además, la primera noticia que llegó a Moncloa fue que se trataba de ETA. Nos hemos olvidado de eso, pero fue así. Ya le digo: sabíamos que Tejero era un hombre bueno. Su comportamiento aquella noche lo demuestra: no disparó un tiro a nadie, no hizo más que lo que le habían mandado. Él era un mandado.

Tejero, aunque no dirigió la operación, empezó a conspirar 'motu proprio'… 

Bueno, eso se dice. Su comportamiento aquella noche, insisto, no pudo ser más normal. No fue el de un golpista.

Hombre, don Miguel… Si llega a triunfar Tejero, yo no nazco en democracia.

Pero es que Tejero era un mandado.

Pero sabía que estaba dando un golpe a la democracia.

Yo le digo el ambiente que respiré en Moncloa. Y no se veía así. Si Fraga y Pujol hubieran votado a favor de la investidura el 22 de febrero, ¿habría habido golpe?

Eso es una cuestión casi casual. 

No, no. Si los partidos más próximos a la Constitución hubiesen apoyado a Leopoldo, no se habría producido el 23-F. Tejero fue un instrumento. 

De quién. 

Hubo una convergencia de golpes e intereses. La prueba de que aquello no fue tan importante la vimos después: el pacto del capó. Un golpista no firma algo así. Ambas partes echaron aceite para solucionarlo. No regaron la situación de gasolina. No había sensación de golpe. En un golpe hay violencia.

Creo que el 23-F fue, en el fondo, una operación del marxismo internacional

He hablado con varios diputados de aquel día. Tuvieron miedo. Temieron por su vida. 

Tuvieron miedo. Eso que dice es cierto, estaba allí mi familia, pero no era una sensación de golpe de Estado. Le contaré una anécdota: en el Consejo de RTVE, Roberto Dorado, del PSOE, me decía: “Pero, ¿no podemos hacer algo? Hay que asaltar el Congreso para sacar a todo el mundo”. Llevaba razón, pero eso podría haber supuesto una catástrofe. Muertos incluidos.

Pero, ¿quién cree que orquestó el golpe?

En estas cosas hay que ser muy prudente… Pero le diré mi opinión: el marxismo internacional.

¿El marxismo internacional?

Sí. Habían perdido la batalla por convertir España en una Yugoslavia bis. El comunismo se quedó sin enlazar con África y no nos lo perdonaron nunca. China, Rusia, la internacional socialista… Creo que cada uno apoyó el 23-F en diferentes dosis. Hubo distintos golpes, distintas fuerzas conspirando, pero quien realmente mandaba sabía el camino emprendido por cada una de ellas. 

Entonces, mandaba…

El marxismo internacional. 

¿Tejero era un hombre del marxismo internacional? 

Tejero era un gusanito para ellos. 

¿No cree que el golpe fue idea de Armada? Lo del Gobierno de concentración y todo eso.

Armada, para nosotros entonces, era un hombre noble y bueno. Religioso. Un poco pagado de sí mismo, es verdad. Pero tenía una relación de confianza con el Rey. Tejero fue utilizado y Armada también.

¡Pero si Armada y Tejero decían dar un golpe, precisamente, para acabar con el marxismo! ¿Quién les embaucó? 

Mi impresión, después de tantos años, es que en una parte se embarcan solos, pero que en la cúspide estuvo el marxismo internacional. A Armada se le hizo creer que el Rey estaba de acuerdo, que él era un hombre para el equilibrio…

Usted era íntimo amigo de Suárez y cuñado de Calvo-Sotelo: ¿ellos creían que el 23-F fue una operación marxista?

No se lo pregunté a ninguno de los dos, pero creo que sí, que todos pensábamos en eso como razón primaria.

Me deja a cuadros, don Miguel.

En Derecho, existen los autores materiales y los autores intelectuales. Los autores intelectuales no fueron Tejero ni Armada. 

¿Sospecha de alguien en concreto como autor intelectual? 

De nadie. Eso es muy complicado.

No hace falta ser muy lince para darse cuenta de la labor que hizo Adolfo Suárez por su país

Estoy totalmente perdido: ¿en qué momento se engarza el marxismo internacional con los golpistas que decían combatir el marxismo? 

Comprendo que es difícil de entender. Va en planos tan distintos… Se cortan las conexiones para que no se liguen y no se pueda llegar a la cúspide. Vuelvo al Derecho. Hay una pregunta romana muy importante: cui prodest, a quién beneficia el 23-F. A la derecha española no benefició, a la Constitución tampoco.

¿Sabían Suárez y Calvo-Sotelo que iba a haber un golpe?

No. No lo sabían. 

En España somos muy buenos enterradores. Suárez es, sin duda, el político más vilipendiado de la Historia de la democracia, pero, al morir, sus adversarios hablaron de él como si fuera Teresa de Calcuta. 

No hace falta ser muy lince para darse cuenta de la labor que hicieron Adolfo Suárez y su gente. A Adolfo no le he oído decir una mentira nunca. Hay una anécdota que refleja muy bien su carácter. Cuando recogíamos a Paco Fernández Ordóñez o a Joaquín Garrigues Walker, les preguntaba: “¿Cuántas veces me habéis traicionado hoy?”. Sin enfadarse, de broma. Era un hombre bueno. Muy patriota. La religión le fortalecía.

Muy consciente de sus carencias formativas.

Eso es. La prensa de entonces era muy exigente en lo intelectual, no como ahora. Si Adolfo estuviera en este gobierno, sería al revés. Pero eso que usted dice le daba una nota que se destaca muy poco: su enorme humildad.

¿Cómo vivió Suárez la marginación social? Ni siquiera su actitud el 23-F incrementó su popularidad. En las siguientes elecciones, acabó en el grupo mixto. 

“Miguel, se me va la cabeza”, me decía… El final de Suárez fue muy largo. Era tan generoso… Tanto en dar como en disculpar. Por tanto, disculpaba lo que pasaba. Como hombre público y con estima de sí mismo, desde un punto de vista emocional, sintió a veces esa ingratitud. Pero lo comprendía. En términos más vulgares: ¿estaba amargado por cómo se había portado España con él? No, todo lo contrario. Estaba feliz de haber prestado al país ese servicio.

El Rey tenía algunas cosas de índole personal y económica que ponían a mil a Adolfo y a Leopoldo

¿Cómo fue la relación de su cuñado Calvo-Sotelo con el Rey? Juan Carlos había contribuido a machacar a Suárez. 

Bueno, esa pregunta es capciosa porque la relación de un presidente con el Rey, durante los últimos meses de gobierno, casi siempre es mala. También lo fue, por ejemplo, la de Carlos Arias Navarro. Adolfo y el Rey se llevaron magníficamente. ¿Hubo desencuentros? Claro. Pero también muchas leyendas alimentadas por bocazas. Con Leopoldo ocurrió lo mismo.

Explíquese.

Leopoldo era un hombre monárquico desde la cuna. Lo había mamado desde niño. Fue una de las personas que sostuvo el féretro de don Alfonsito. Su relación con don Juan Carlos tuvo altibajos, pero no en el orden del patriotismo o el espíritu monárquico. Aunque algunas decisiones, igual que a Adolfo, le ponían a mil. Le enervaban. 

¿Cuáles?

De índole personal e individual. 

Cuáles.

Con la enorme capacidad de empatía que tenía y tiene don Juan Carlos… Pero borboneaba demasiado. Tenía cosas que… No, hombre, señor, no. Temas de moral personal y económica. Confusiones, frivolidades…

¿Es verdad que Juan Carlos I intentó imponerle a Calvo-Sotelo un militar como ministro tras la intentona golpista?

Aquellos días fueron muy duros. El paso siguiente al 23-F era la investidura de Leopoldo y la formación del gobierno. Leopoldo estuvo en casa y hubo visitas de madrugada por parte de Sabino Fernández Campo, que iba en nombre del Rey. En aquellos tiempos, se informaba a don Juan Carlos de la composición del gobierno antes de filtrarlo a la prensa.

Comenzaba el juicio contra los militares. El Gobierno, en defensa de la Constitución, debía perseguir el golpe. Era importante transmitir seguridad y fiabilidad ante Europa. Zarzuela quiso, entonces, colocar a un general como ministro de Defensa. Para apaciguar a los encausados. Pero nosotros quisimos a alguien que no echara agua al vino, que hiciera las cosas bien. Elegimos a un hombre formado, con experiencia en la Administración y amante de la poesía: Alberto Oliart. 

El Gobierno recurrió la sentencia militar y la llevó al Supremo.

Sí, y se ampliaron las penas. Ese gesto fue muy importante para fortalecer la Constitución.

¿Usted trató con Juan Carlos I? ¿Le sorprendieron las informaciones que daban cuenta de su corrupción? 

Lo conocí cuando yo tenía quince años, en un viaje con amigos del colegio que hicimos a Estoril. Pasamos muy buenos ratos con don Juanito y don Alfonsito. Pero cuando más relación tuve fue ya como abogado de Dalí. 

Quiero y admiro a don Juan Carlos como rey. Si en su última etapa se hubiera dedicado a obras sociales o culturales, y no a ir de restorán en restorán, de barco en barco, o de bar en bar… Me ha fallado el Rey como persona seria. En la plenitud de la palabra persona.

Pero, ¿conocía lo que se ha ido publicando?

No, pero había noticias. Las salidas en moto del Rey, las amigas aquí o allá. Mi familia tiene propiedades en Totana, de donde era Bárbara Rey. Los llamados amigos del Rey han acabado en la cárcel. Los que estábamos cerca nos lo olíamos.

En aquel momento, como usted bien indica, fue muy importante para el fortalecimiento constitucional que se juzgara el 23-F, ¿sería importante hoy que se juzgara al Rey? 

La caída del Rey en manos de Corinna y los Villarejos de turno es lamentable. ¿Veíamos venir esa deriva? Claro, no hay duda. Soy admirador de la labor pública de don Juan Carlos, pero me ha dolido este tema del que estamos hablando. Me está aliviando mucho que Felipe VI esté mostrando un comportamiento ejemplar. 

¿Acabaría en la cárcel si fuera juzgado?

El Rey se va porque tenía el miedo fundado de que, estando la Fiscalía General en manos de quien estaba, podía recibir una orden de detención y ser sacado de la Zarzuela por una pareja de la Guardia Civil o la policía. Fuera o no falsa la acusación. Por eso buscó esa fórmula tan desagradable del hotel en Abu Dabi. 

Hombre, desagradable...

Allí no hay proceso de extradición. Si tiene un buen asesor jurídico, le habrá dicho: “No vaya usted a un país donde haya extradición”. Hubiera sido más amable que hubiese ido a Portugal. Allí le adoran, las jefaturas del Estado se llevan bien, está a una hora y pico de aquí…

Enterré a Dalí y cerré su tumba. Era su amigo. Lo velé hasta el último momento

Vamos, por fin, con Dalí. ¿Cómo le conoció?

Viví con Dalí los diez últimos años de su vida. Nos conocimos en 1980. Llamó al despacho porque estaba en París muy delicado de salud, quería regresar a España, pero sufría presiones de su entorno para no hacerlo. Deseaba normalizar su situación, ya que era residente fiscal en Montecarlo, y venir aquí.

Necesitaba un abogado con buenas relaciones con la Corona, el poder… 

Así fue. Por cierto, estuve viendo a Dalí hace dos o tres años. 

Disculpe, ¿viendo a Dalí...?

Yo lo enterré y cerré su tumba. Era su amigo. Lo velé hasta el último momento. Fui a verle para algo muy humano. ¿Sabe para qué, Daniel? Para restituirle los restos que le habían amputado.

¿Qué le habían amputado exactamente? 

Voy, voy. Cómo buscan el morbo los periodistas, eh -sonríe-.

¡Pero si el tema lo ha sacado usted! 

Una señora había dicho que era hija de Dalí. Quería el reconocimiento de la paternidad para conseguir anular el testamento y llevarse una parte de la herencia. El independentismo catalán la apoyó todo lo que pudo. Fue absolutamente inverosímil. A Dalí le salieron hijos por todas partes. Pero el heredero universal de Dalí es España. Nada ha ido a otro destino que no sea ese.

Entonces, le amputaron esas partes para realizar la prueba de la paternidad. 

Con la apatía, por ser generoso en la palabra, del Gobierno de Rajoy. Hicieron un destrozo con el cadáver… Nadie me dijo qué se le iba a amputar. Tuve que esperar a que se cerrara la causa para pedir que me enviaran los restos orgánicos. Como amigo, quería reintegrarlos.

Llegaron los restos y…

Llegaron las cajas selladas y precintadas. Otra vez a mover la placa de mil kilos. Otro equipo forense. Le habían quitado pelo, uñas, fémures, ¡huesos así de grandes! -dice gesticulando con las manos-. Tras nuestro trabajo, quedó fenomenal.

Dalí estaba embalsamado, ¿no?

Sí, por eso tenía un aspecto estupendo cuando abrí la tumba. Había perdido los ojos, pero lo demás estaba estupendo. Con las manos cruzadas, tal y como lo dejamos.

¿Un cadáver embalsamado es reconocible? 

Sí, sí. Toma un color marrón, como las momias, pero está entero. Le faltaban las partes que le he comentado. Estaba impecable. Con sus vestiduras. Me dio una enorme alegría encontrarme a Dalí entero y bien. Muy como lo dejamos. Con un semblante de paz.

Dalí solía decir: “La única diferencia entre un loco y yo es… que yo no estoy loco”. ¿Estaba loco o no?

No. Conmigo estuvo siempre cuerdo. Y con unas virtudes muy nítidas: nunca me dijo una mentira, un dato equívoco. Era un tío listísimo, buenísima persona. No hablaba mal de nadie. ¡Y compartimos diez años! Era auténtico y verdadero. Desprendido. No se ocupaba de sus finanzas. No sabía nada de su dinero. Cuando estábamos cerrando acuerdos y se murió Gala, con el lío de la herencia, me preguntó: “¿Me van a quedar cien millones de pesetas?”. Maestro, le van a quedar miles de millones. 

¿Era tan narcisista y megalómano como se exhibía en los medios de comunicación?

Eso fue el descubrimiento, ya después de la etapa surrealista, del marketing, de la propaganda y la exageración. Su entorno norteamericano.

Dalí era muy temeroso de las enfermedades. No tenía relaciones homosexuales ni heterosexuales

¿Le vio pintar alguna vez? ¿Cómo era?

Muchas veces. Le vi ya decadente. Entonces, abusaba de la economía de trazos. Ante el taburete, era feliz. Salía de la cama, se iba ahí y Arturo, su mayordomo, le llevaba los almuerzos. Se pasaba horas trabajando y perfeccionando. Muy limpio. Venga, que le voy a dar una idea -el entrevistado se levanta y lleva al periodista a una habitación contigua donde hay un cuadro de Dalí-. Fíjese qué trazos. Señala unos hombres a caballo dibujados con tinta negra. Me dijo: “Eso de ahí, Miguel, se me salió la tinta… y entonces me lo inventé”. 

¿Tomaba drogas para alcanzar el surrealismo? 

No lo sé, en la época que yo compartí con él, Dalí era muy temeroso de contagios y de enfermedades. No le he conocido beber, por ejemplo. Era muy frugal en la comida. Sé que no era homosexual, que no tuvo relaciones homosexuales. Tampoco heterosexuales. Tenía miedo al sexo femenino y a la vagina. ¿Pudo ser, efectivamente, un hombre onanista? Sí, pero ni hombres ni mujeres.

Pánico al sexo. 

Mucho. Sentía una admiración muy grande por Gala. Aunque, en mi opinión, no es verdad que fuera su musa. Le consintió todo: que tuviera amigos fijos, le compró un palacio para que los recibiera allí. 

¿Tampoco tuvo sexo con Gala?

Creo que nunca. Bueno, hay un episodio que me relató Antonio Pichot, pintor y amigo en común. Creo que lo único que hizo con Gala fue sodomizarla de manera parcial. Gala era una persona de armas tomar. Con él se portó bien. Lo admiró mucho y le sacó todo el dinero que quiso, pero a él no le importaba.

A mediados de los años treinta, Dalí se enfrentó con sus compañeros surrealistas porque no quiso condenar el ascenso de Hitler. ¿Qué pasó?

Dalí sentía una cierta fascinación por la ley y el poder instituido. Puro Imperio Romano. Aunque hay mucha obra que desmentiría una supuesta admiración por Hitler.

Dalí admiró a Franco y lo proclamó a los cuatro vientos. Algunos intelectuales le recriminaron que su franquismo era una falta de respeto a algunos de sus amigos asesinados, como Lorca. 

Dalí era un hombre imperialista. Admiraba a Trajano y la España romana. Era respetuoso con las instituciones y con la ley. Extraordinariamente miedoso de incumplir la ley. Estimó mucho la labor victoriosa del general Franco. Dalí había sido expulsado del surrealismo por los comunistas. Se alineó con el régimen y con la iglesia.

A eso iba. 

Los llamados amigos de Dalí son libres y opinan, pero costaba mucho recriminarle cosas. Antes hemos hablado del Emérito. Era más fácil recriminarle cosas a él que a Dalí. Era firme, auténtico, de arriba abajo. Tuvo buena relación con Franco. La que tiene un español universal con el jefe del Estado.

Hubo otros españoles universalmente ilustres que vivieron en el franquismo y que no quisieron trenzar esa relación con el dictador, como Pío Baroja o Gregorio Marañón. 

Dalí y Franco se admiraban mutuamente. También coincidían en lo religioso. Franco sentía una admiración loca por el pan de Dalí, que era el preludio de la eucaristía. Tuvo ese cuadro en el Pardo e hizo una copia para él. El régimen le ayudó. La Iglesia estuvo más reticente, aunque luego acabó feliz de que un pintor tan reconocido tuviera obra religiosa en los mejores museos del mundo.

Dalí no lo pasaba bien con las visitas de Jordi Pujol; con el runrún del independentismo, menos

Como catalán, ¿qué opinaba del nacionalismo?

Jordi Pujol era un político de raza, separatista desde el inicio. Nos visitaba mucho a Dalí y a los miembros de la fundación. El vicepresidente de la fundación era él. La Generalitat tiene tres puestos natos en el patronato. Otros tres el Estado y tres los ayuntamientos. El sector privado tiene mayoría. 

Dalí no lo pasaba bien con las visitas de Pujol. Y cuando le llegaba el runrún del independentismo, menos. Hay anécdotas muy buenas. Una vez le puso una película en un proyector y lo tuvo ahí sentado hora y media para no hacerle caso. 

Cuando murió, Dalí dejó todo al Estado y nada a la Generalitat.

Él quería dejar todo a España porque entendía, y todos lo suscribimos técnicamente, que Cataluña era España. Dalí nunca votaría independencia. 

¿A quién votaba? 

En realidad, no votaba. Votaba con el poder. Él era, lo vuelvo a decir, imperialista. 

Por otro lado, era un firmísimo defensor de la libertad de expresión. Esto es ciencia ficción, pero… ¿habría pedido la excarcelación de Pablo Hasél?

Dalí era muy legalista. Sentía un enorme respeto por la ley. Le doy un dato: después del incendio, pasé dos meses durmiendo a su lado en una cama de hospital. Los jueces y tribunales nos mandaron a los forenses once veces. Él preguntaba inquieto: “¿Qué pasa? Vienen los hombres de leyes?”. No, no creo que hubiera pedido esa excarcelación. 

¿Cuál fue su última conversación con Dalí?

No me pude despedir, fue una parada cardiaca. Pero antes me transmitió una gran sensación de paz. Todos los días, antes de que se durmiera, charlábamos dos o tres horas en su habitación. Hasta que sonaban las campanas de la iglesia de San Pedro. Entonces, pedía que le pusiéramos música y se dormía. A veces la Marcha Real. 

¿Dalí se dormía con el himno de España? 

Sí, le gustaba. No siempre, pero muchas veces. Yo, entonces, le decía: “Maestro, hasta mañana”. Él no sabía expresar sus sentimientos, pero fíjese: una de esas últimas noches me dijo… “Deme usted un beso”. Lo que quería decir era: “Te doy un beso”. Me demostró que estaba en paz. Le di un beso, un abrazo y me fui.

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