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Los pediatras observan un «aumento de trastornos» en los menores por la «preocupación» de la pandemia

Era lunes cuando los alumnos del colegio Altamira, en Revilla de Camargo, tenían que volver a clase sabiendo que en su centro podía haber un caso de coronavirus. Solo una semana después de empezar el curso, el familiar de una menor allí escolarizada había dado positivo, y el colegio tomó la decisión de confinar a toda la clase: «Era el primer caso que se daba en Secundaria en todo Cantabria y el protocolo definitivo aún no había llegado», dice la directora del centro, Jennifer Gómez Segura: «Nos enteramos el sábado, así que llamamos una por una a las familias y enviamos una circular con todas las instrucciones». Después se hicieron las pruebas PCR y todas dieron negativo. De hecho, mañana se reincorporan todos a clase. Pero aquel lunes, cuando los alumnos vieron el aula vacía y asumieron la razón, ¿cómo se abre un libro de matemáticas, cómo se mira al compañero sin cierto temor? ¿Qué rastro está dejando la incertidumbre?

Los centros educativos se han convertido en fortines de seguridad, y mientras las actividades deportivas se suspenden y Salud Pública eleva el nivel de responsabilidad apelando a las familias, los especialistas advierten de que el riesgo de esta pandemia no es solo físico, sino también mental.

«El confinamiento, la disminución del contacto con amigos y familiares, el abuso de redes sociales, el exceso de videojuegos y televisión, la ansiedad y el miedo de las familias... todo esto pasa factura», explica la jefa de servicio de Pediatría de Valdecilla, María Jesús Cabero. «Tanto en Urgencias de Pediatría, como en otros contactos con los niños ingresados o que acuden a las consultas, hemos observado un aumento no cuantificado de menores con trastornos de ansiedad, problemas del sueño, cefaleas o dolores abdominales debidos a una excesiva preocupación por el momento que estamos viviendo, sobre todo escolares de 7 a 12 años», dice la pediatra.

Lo corrobora la estimación que aporta el Colegio Oficial de Psicología de Cantabria. Su decano, Javier Lastra, cita estadísticas publicadas sobre la demanda de atención psicológica, y avanza que «en torno a un 10% de la población infantil y juvenil necesita o precisará de los servicios profesionales en respuesta a cuadros clínicos de ansiedad, sintomatología compatible con la depresión y estrés». La directora del colegio Altamira lo ve en las aulas -«están tristes, apáticos, como anulados, y anímicamente bajos porque ese miedo ha ido calando»- y la pediatra de Valdecilla, en el hospital: «Hay más miedos, más ansiedad, más tics y comportamientos obsesivos de limpieza o trastornos alimentarios. Además, estamos asistiendo a un empeoramiento de los trastornos del comportamiento o mentales ya existentes de niños y adolescentes».

Salud física y también mental

Ante este contexto, cabe preguntarse si se ha mirado lo suficiente a los menores en la gestión de la pandemia, y sobre todo, qué se va a hacer para que los protocolos de salud tengan en cuenta la salud emocional de los pequeños. Por ejemplo, en el apoyo a los profesores, primera línea de fuego en el tratamiento con los menores, el Equipo Pedagógico del CEP de Santander, a los pocos días de declararse el estado de alarma, elaboró el documento con posibles orientaciones para los equipos docentes para su cuidado emocional y el de las familias. «Fue la primera guía de este estilo en España», dice Sonia López Angulo, orientadora educativa y asesora de atención a la diversidad y convivencia en el centro del profesorado del CEP.

Ahora, dice, «vamos a por la continuación» precisamente para dar respuesta a la nueva situación con una guía que se presentará a principios de octubre y que pretende responder a los efectos en la salud emocional. «Esta pandemia precisa de una respuesta educativa integral, donde se tenga en cuenta tanto la salud física, psicológica y emocional», señala López Angulo, que con esa guía, a caballo entre la investigación y las recomendaciones, propone «sugerencias y orientaciones para abordar el cuidado emocional con el alumnado y familias, también proporcionar recursos para la labor docente».

Es el mismo argumento que aporta Lastra Freige: «Los niños tienen una mayor resiliencia y, una vez que se han abierto los centros educativos, se encuentran en una atmósfera que les cuida y protege», dice el psicólogo, para quien «la labor inconmensurable de maestros y maestras hace que muchos problemas que pudieran presentar sean compensados por el enorme cariño, apego y enseñanza que les facilitan el profesorado».

El confinamiento o la vuelta a clase con los nuevos protocolos suponen cambios sustanciales en los niños y los adolescentes, y, como los adultos, «pueden manifestar estados de ansiedad que pueden variar en intensidad en relación a factores de personalidad, aprendizajes previos y variables relacionales tanto familiares como sociales», apunta Lastra. Por eso, «nuestro ejemplo como adultos constituye el mejor bálsamo para la correcta digestión emocional de esta situación».

Socializar, ¿sí o no?

Pero ¿cómo acertar? ¿Qué riesgo se corre al aislarlos? «La comprensión que hace el alumnado más joven de esta nueva realidad está condicionada por el relato que construimos los adultos acompañantes», dice la orientadora López Angelo. «Su desarrollo evolutivo y maduración, así como la cultura adultocéntrica en la que vivimos, coloca a la infancia en situación de vulnerabilidad, de ahí que debamos prestar especial atención al alumnado de estas etapas».

En esa línea se sitúa la directora del colegio Altamira: «Hay que darles refuerzo, que sientan el cole como un entorno seguro, que realmente hacen las cosas bien y que podemos convivir con esto, porque tienen mucho agobio, ellos y nosotros», explica Gómez Segura. En su caso, como orientadora de Secundaria, lo que mejor funcionó en el confinamiento fue la relación directa: «La mayor parte de los alumnos conoce nuestros teléfonos y correos; a veces eran las doce de la noche y chateaba con los de Cuarto, porque el agobio les surge en el momento más inesperado. Las familias tienen muchas realidades y la enseñanza en casa las ha puesto de manifiesto, solo puedo ponerles un diez», dice, sobre todo tras la experiencia del primer caso de posible contagio en el aula y hablar con los alumnos confinados «cada día».

En este sentido, cabe preguntarse si hay un conflicto de intereses entre los beneficios de socializar para los menores y los riesgos para la salud física que entraña. ¿Cabe un equilibrio? «La socialización es básica, la solución no es prohibir los deportes colectivos sino tener imaginación y colaboración de ayuntamientos o colegios para hacer más actividad física al aire libre lo que mejorará el humor, la depresión, los complejos, la alegría de vivir», explica la pediatra de Valdecilla: «Nos están dando una verdadera lección de responsabilidad, obediencia y han asumido con inteligencia lo que toca», dice Cabero.

Y en esa línea se posiciona el psicólogo Javier Lastra: «Los contactos estrechos hay que limitarlos y buscar alternativas de juego e interacción siendo creativos y con la distancia recomendable», añade. «Lo importante es recuperar la normalidad o tratar de constituir espacios escolares, familiares o sociales en los cuales se sientan seguros y protegidos». ¿Cómo?

En el colegio Altamira, por ejemplo, lo hacen dedicando el 50% de la jornada lectiva a hablar: «La materia desde que hemos empezado el curso se ha vuelto Secundaria, hay que darles espacio para expresar sus temores, sus incertidumbres, que convivan con el virus sin señalar o culpabilizar al compañero», explica Gómez Segura, porque el barullo de noticias y la incertidumbre social les lleva a callejones sin salida: «El otro día, un alumno me dijo Valdecilla está colapsado, como si la situación de Madrid fuera la misma de aquí. Aseguraba haberlo oído en las noticias, lo que hay que contarles es que nuestro hospital no está colapsado, darles datos, explicarles qué es un PCR y, por qué no, aprovechar para explicarles cómo funcionan por ejemplo las autonomías». En el fondo, es aprender, aunque el conocimiento no sea abriendo el libro de texto.

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