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“Los defensas eran feos, gigantes que iban a la caza de los mejores, y no había nadie mejor que él”

Todas las grandes estrellas del espectáculo arrastran leyendas escandalosas, que suenan como lo hacen las latas atadas a los coches de los recién casados. Mal. Maradona acumulaba defectos y adicciones, era todo un especialista en perdición, así que las historias que contaban de él, por rocambolescas que fueran, siempre resultaron creíbles. Hay una lista interminable. “No tuvo hepatitis, en realidad sufrió una enfermedad venérea”.

Si Maradona hubiera sido solo futbolista no dedicaríamos hoy todos los medios de comunicación del mundo tanto programa especial, tantas páginas en su memoria. Maradona no se explica solo a través de las crónicas deportivas, su figura carismática y expansiva se paseó por las secciones de internacional, de salud (la mala), del corazón (roto) y por supuesto de sucesos. Hasta sacó la escopeta un día y se lio a tiros.

Podía jugar como bailaba Nureyev, erigirse en un ser flotante e hipnótico, en un hombre pegado a una pelota de cuero como cantó Calamaro, pero también ser el Vaquilla, comportarse como un quinqui ochentero capaz de delinquir y enamorarse perdidamente de Nápoles, de su parte más lumpen. Cada día suyo daba para una novela. De alguna manera fue un mito a lo Kurt Cobain, inmortales en su oficio, autodestructivos separados de la guitarra y la pelota.

Se ha muerto Maradona con 60 años que parecían 80. Con artrosis en ambas rodillas, con dificultades para andar y también para comunicarse. Ayer cocainómano, hoy alcohólico. Pero muchos de quienes le vimos jugar en su esplendor no aceptamos esa derrota. Hay una frase maravillosa (era argentino, no lo olvidemos, en eso son imbatibles) a la que nos venimos agarrando hace tiempo, empeñados en filtrar lo que nos hizo felices y no morbosos. “La pelota no se mancha”.

Otros tiempos

Los defensas eran feos, gigantes que salían de caza a por los mejores, y no había nadie mejor que él

Los que le vimos jugar caímos rendidos al momento. Yo le vi en el Camp Nou siendo un adolescente. En muchos partidos. Sí, somos la tribu cansina que cuenta aquello de que íbamos siempre media hora antes del partido para verle calentar y hacer malabarismos. Ha calado más eso que la diversión que nos proporcionó disfrutándole en los partidos. La imperfección de Diego contaminó hasta su recuerdo. El Barça de los ochenta, ninguneado y despreciado porque la historia la escriben los ganadores y estos llegaron después, era apasionante. Es rotundamente falso que faltaran buenos futbolistas. Había a montones. Al lado de Maradona estaban Schuster (hoy sería titular indiscutible con Koeman), el Lobo Carrasco, Juan Carlos Pérez Rojo...

Lo que sí era distinto eran los defensas. “Salir con el balón aseado desde atrás”, decimos ahora. Por entonces no se había inventado semejante cursilada. Los defensas eran feos, gigantes intimidantes que salían de caza a por los mejores, y no había nadie mejor que Maradona, perteneciente a una especie desprotegida. La hepatitis y una entrada salvaje de Goikoetxea por la espalda (está en YouTube, le partió el tobillo en dos, no es esta una valoración exagerada y partidista surgida de una memoria sugestionada) evitaron más partidos pero Maradona nos dejó material suficiente como para incrustarse en la memoria de los que le vimos jugar.

Su catálogo en azulgrana incluye tres títulos (una Copa, una Supercopa y una Copa de la Liga, competición que ya no existe como sucede con la Recopa: los ochenta sufrieron el castigo de alegrías pretéritas hoy invisibles) pero sobre todo jugadas que vencen a los trofeos por su perdurabilidad. Los goles contra el Estrella Roja y ese regate que aglutina como pocas acciones de qué clase de artista hablamos cuando nos referimos al argentino. Teniendo el balón en la línea de gol, contra el Madrid en el Bernabeu, dejó pasar como un mercancías a Juan José, alias Sandokán, que estrelló sus cataplines contra el poste víctima de un engaño superlativo, el orquestado por el rey del regate, el de quien prefirió adornarse en favor del espectáculo antes de marcar un gol fácil en su fase final (antes había regateado al portero). Ese fue Maradona. El ornamento. Lo imposible. La boca abierta.

Conviven en la naturaleza humana la sensibilidad ante la belleza y la inclinación malsana ante el lado oscuro, especialmente el que vemos o intuimos en los demás. Maradona contuvo las dos facetas. Nos enamoró y nos escandalizó. Por eso su magnitud es enorme. De los siete pecados capitales apenas se dejó ninguno. Pero con el balón nos descubrió sensaciones desconocidas.

Su legado

El regate a Juan José en el Bernabeu describe qué jugador fue: el ornamento incluso antes que el gol

No ha pretendido ser este un intento de edulcorar a Maradona, un tipo al que se apoda Dios sin querer serlo. Excesivo, histriónico y de gusto tremendamente hortera, la muerte de Maradona entristece sobre todo a los que le vimos jugar. Por él, pero mucho más por nosotros.

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