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Las startups españolas buscan un trampolín financiero sólido

La fiebre tecnológica surgida tras la última gran recesión despertó la vocación emprendedora de los españoles y alumbró cientos de negocios digitales dispuestos a revolucionar la economía a golpe de innovación. Las startups, voz inglesa bajo la que se denomina a estas empresas emergentes, pasaron de ser una rara avis reservada a los amantes del riesgo a crecer año tras año. El talento abunda. Y ejemplos de compañías nacionales que empezaron desde abajo y han escalado hasta la cima existen. Ahí están, entre otros, los casos de Cabify, Glovo o Wallapop. El ecosistema español de startups ha ido quemando etapas muy rápido, aunque los ciclos de maduración todavía quedan lejos de mercados como Reino Unido, Alemania o Francia.

Uno de los puntos débiles de nuestro país es el relativo a la financiación. En etapas muy incipientes la mayoría comienza con recursos propios y con el apoyo de familiares o amigos. Otros pocos acuden a organizaciones públicas como el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial (CDTI), adscrito al Ministerio de Ciencia e Innovación, o Enisa, dependiente del Ministerio de Industria, que ofrece financiación a proyectos emprendedores en forma de préstamos participativos que van desde los 25.000 hasta los 1.500.000 euros. También está la opción de seducir a algún inversor privado o de intentarlo con la banca, aunque esta última vía es complicada. «Las entidades huyen del riesgo. Toman parámetros de análisis estrictamente económicos y actuales, no se basan en la proyección ni en las promesas y es difícil que financien las operaciones. Con los créditos ICO ha habido otro tipo de acercamiento, pero no acaban de ser suficientes», considera Cristóbal Álvarez Teruel, profesor de postgrado en Esic.

En los momentos iniciales, en cualquier caso, el acceso a capital no es especialmente problemático. «El modelo español tiene algo muy interesante frente a otros países, una primera base, que son CDTI y, sobre todo, Enisa. Están muy bien porque permiten que startups pequeñas, en una fase muy preliminar, por lo menos puedan lanzarse. Luego están los ‘business angels’ (inversores privados), que se han profesionalizado bastante», empieza por destacar Nacho de Pinedo, CEO de la escuela de negocios digital ISDI. Donde suspendemos, dice, es en el siguiente nivel: «En España hay un trozo de la escalera de valor que no está bien cubierto todavía, que es el salto de los ‘business angels’ a los ‘venture capital’ (capital riesgo) medianos, ahí hay empresas que recorren una travesía en el desierto y muchas se quedan por el camino», explica.

Un diagnóstico en el que coincide Diego Arroyo, cofundador y CEO de Laagam, startup española especializada en venta de ropa online que funciona bajo el modelo de stock cero. El joven conoce bien los entresijos del emprendimiento, ya que antes pasó por Glovo. «Es un hecho que España, para su PIB, tiene muy poco acceso a financiación para startups, no tanto en la primera fase, que estamos en línea con mercados maduros, sino cuando empiezas a crecer y necesitas un poco más para llegar al siguiente punto. Nosotros, en la próxima ronda que hagamos, es probable que tengamos que ir fuera, a fondos internacionales, porque aquí cuando la empresa empieza a estar madura y se necesita mayor capital sí que cuesta más», cuenta, aunque es optimista de cara al futuro. «Los fondos españoles que se lanzaron hace unos años y eran pequeños cada vez consiguen a su vez levantar fondos más grandes precisamente para cubrir este hueco», asegura.

Golpe del Covid

A este escollo estructural se suma una dificultad coyuntural, la irrupción de la pandemia, que ha causado estragos. El volumen de inversión en startups españolas se redujo en 2020 un 11,3%, hasta los 1.105 millones de euros, debido a la inferior cantidad de rondas en fases más maduras. El número de operaciones, por su parte, creció un 36% respecto al ejercicio anterior, según el informe anual de Tendencias de inversión en España 2020 de la Fundación Innovación Bankinter. Barcelona y Madrid lideraron la inversión, aunque cayó más de un 20% el porcentaje que representan.

En comparación con Europa, los envites del Covid afectaron con especial dureza a las startups de nuestro país. Mientras que el capital invertido en 2020 en el continente creció un 1,2% interanual, en España se desplomó un 56%, hasta los 636 millones de dólares, según datos del informe sobre la situación del Sector Tecnológico Europeo 2020, elaborado por la firma de capital riesgo londinense Atomico. Una cantidad que nos sitúa en la décima posición en el ranking de países europeos con mayor financiación, pese a que somos la cuarta mayor economía del euro.

«La gran referencia en Europa es Reino Unido. Fiscalmente ofrece a los inversores unas ventajas bastantes relevantes respecto a lo que se ha conseguido en España. Además, hay un sistema que facilita que cuando entren inversores pequeños en una empresa se organicen entre ellos y creen una estructura que, de cara a la empresa, es como si entrara una sola personalidad jurídica. En ese aspecto hay trabajo pendiente en España», señala Fernando Zallo, director de Esade BAN, la red de business angels de Esade Alumni. Para que nuestro país dé el impulso definitivo al universo startup estima necesario mejoras fiscales para los inversores, la creación de los referidos vehículos de inversión conjunta para atajar el gap que se produce cuando las compañías tienen una valoración de entre cinco y diez millones de euros pero todavía están en pérdidas y les cuesta obtener capital y, a partir de ahí, constituir instrumentos para escalar las empresas una vez han demostrado su viabilidad.

Nacho Ormeño, CEO de Startupxplore, plataforma de financiación participativa que cuenta con 25.000 inversores registrados, piensa que hace falta ponerse las pilas en la captación de fondos extranjeros que invierten en territorio patrio. «Mientras que países como Reino Unido aceptan inversores mostrando una prueba de residencia, en España se precisa la obtención de un NIE, algo que no tiene sentido cuando el dinero es cada vez más global», lamenta. La Ley de fomento del ecosistema de empresas emergentes, pendiente de aprobación en el Consejo de Ministros, pretende acabar con esta barrera. Ormeño también menciona la conveniencia de incentivar la participación de los fondos de pensiones en el capital riesgo. En Estados Unidos aportan el 50% del dinero, en Europa en torno al 36%, mientras que en España suponen menos del 3%, de acuerdo a datos de la patronal española de capital privado Ascri.

Pero por encima de todo, Ormeño defiende que la medida más acuciante para el sector es modificar el régimen fiscal de las ‘stock options’, un complemento de retribución a los empleados basado en la entrega de opciones de compra sobre acciones habitualmente con un precio inferior al del mercado. La Estrategia España Nación Emprendedora, presentada este mes por Pedro Sánchez, plantea «mejorar el actual tratamiento fiscal» de las ‘stock options’, aunque no detalla cómo pretende llevarlo a cabo.

Más allá del dinero

A la batería de propuestas para terminar de superar el hándicap de la financiación se unen algunas tareas pendientes a nivel cultural. «No tenemos buenos conocimientos de estructuras financieras o de captación de financiación para crecer de manera exponencial. Con frecuencia es el fundador el que se dedica a eso, cuando lo bueno es dejarse acompañar por personas que sepan más. Es algo que las empresas internacionales hacen mejor», comenta Pedro Muñoz-Baroja, CEO del fondo de capital riesgo vasco Easo Ventures.

Requerirá tiempo, pero España aún puede acercarse a los referentes europeos. «Muchas empresas de los países más potentes ponen los ojos en nuestro capital humano, este es un primer motivo para ser optimistas. Ahora somos los décimos en la clasificación europea, pero en el futuro estaremos más adelante si se dan ciertas condiciones: que los fondos europeos se repartan de manera adecuada, que se creen hubs de innovación al estilo de Reino Unido que potencien la cultura emprendedora; que a nivel de impuestos seamos más amigables a los negocios y que comencemos a ver al emprendedor que se la juega como una figura positiva que trata de crear valor para la sociedad, fracase o triunfe», afirma Álvarez Teruel (Esic). Con una estructura sólida de financiación que respalde este tipo de proyectos, en todas sus etapas, y una cultura emprendedora más consolidada, España podrá entrar a competir en las grandes ligas de las startups.

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