La pandemia de covid-19 ha conseguido algo que no logró ni siquiera la guerra civil: cerrar por completo el Rastro de Madrid. Desde el pasado 8 de marzo no se monta ningún puesto y los comerciantes aún no saben cuándo lo volverán a hacer. La estatua de soldado Eloy Gonzalo (1868-1897) situada en la Plaza de Cascorro no tiene nada que otear los domingos desde su privilegiada posición. Hoy, de nuevo, las asociaciones de comerciantes han convocado una concentración en este histórico espacio para pedir que se reabra con el 50% de los puestos después de rechazar la nueva oferta del Ayuntamiento, que llegaba hasta un tercio. Detrás del símbolo cultural viven unas mil familias que llevan semanas sin trabajar. Charlamos con ellos sobre cómo han llevado la pandemia.

El Rastro de Madrid forma un callejero irregular de comercios particulares en los que se puede encontrar todo tipo de objetos, desde artículos de segunda mano hasta artesanía, antigüedades, revistas viejas o cromos. Sigue siendo un respiro de autenticidad en una ciudad que tiende a la estandarización con la extensión de las cadenas de tiendas. ''Allí se encuentra de todo, menos lo que se busca", llegó a escribir Arturo Barea sobre los ''vendedores de cosas viejas'' de las aceras. Esa diversidad se refleja también en los vendedores. Mayka Torralbo, portavoz de El Rastro Punto Es, la asociación que representa al 60% de los titulares de puestos, asegura que conviven ''muchos perfiles diferentes de vendedores'', desde aquellos autónomos que se trabajan el puesto solos hasta los que tienen un titular pero del que vive la familia entera, desde las economías desahogadas hasta aquellos puestos de ''subsistencia'' cuyos ingresos no llegan al salario mínimo. La portavoz asegura que este verano ha habido familias que han tenido que endeudarse o recurrir a bancos de alimentos.

Pero desde que el pasado 14 de marzo se decretó el estado de alarma, toda la venta ambulante se paró: ''Recibimos una notificación de que estaríamos dos domingos con el Rastro cerrado. Lo compartimos, era lógico porque estábamos en pleno auge de la pandemia'', recuerda Arturo, un joven comerciante, sobre los primeros días en los que reinaba la incertidumbre. Las primeras medidas del Gobierno lograron contener la preocupación. Él tiene un puesto propio de ropa desde 2015 y pudo acogerse a la prestación por cese de actividad, pero la renovación ahora se le complica. Las exigencias del Gobierno son diferentes y cree que en esta ocasión no podrá acogerse. Al menos durante los meses de pandemia, la prestación suponía menos dinero que su facturación, pero ha podido ''ir sobreviviendo'' tirando de ahorros.

La covid-19 se ha llevado los mejores meses de venta

El puesto de Arturo tiene un handicap añadido. La ropa va por temporadas y lo comprado en febrero para la primavera sigue en un almacén, del que también paga un alquiler. La covid-19 se ha llevado los mejores meses de venta (de abril a junio) y le ha dejado a cambio incertidumbre. Se plantea ''un verano difícil'', con las restricciones que plantea el Ayuntamiento de Madrid y la bajada de turistas en julio y agosto. Además, recuerda que la apertura supone un reclamo turístico y la reactivación económica de la zona, donde los visitantes aprovechan para hacer unas compras en las tiendas aledañas o tomar unas cañas con los amigos tras un día de compras.

Rastro de Madrid / CARLA BONNET / EUROPA PRESS
Rastro de Madrid / CARLA BONNET / EUROPA PRESS

Una negociación difícil

Los comerciantes consultados por Público no entienden que los centros comerciales, que son espacios cerrados, abrieran hace días mientras el Rastro, al aire libre, no tenga fecha aún. Tampoco el empeño de no abrir en la Plaza de Cascorro, una referencia incluso cultural. ''El Rastro es un mercado diferente y especial, con historia y con un ambiente moderno'' evoca Arturo, que se siente en la obligación de cuidar del legado de esos hombres que subían por la Ribera de Curtidores o de los que se la jugaban con el estraperlo durante el franquismo. Además del sustento de un millar de familias, este gran mercadillo es patrimonio cultural de la ciudad de Madrid. ''La madre de todos los mercadillos'', en palabras de Torralbo.

El pasado domingo ya se concentraron contra la propuesta del Ayuntamiento de abrir solo con 145 puestos, el 12% del total. Hoy lo volverán a hacer tras rechazar por votación la última propuesta, que ampliaba el número hasta los 335.​ Este miércoles, la Junta Municipal del Distrito de Centro, encargada de autorizar la apertura, se reunió con asociaciones de comerciantes y puestos para plantear las soluciones de cara a la apertura del Rastro. Es​ ​la quinta vez que lo hacen, pero no logran llegar a un acuerdo satisfactorio que haya permitido reabrir este domingo.

Según la portavoz de la asociación, llevaron una propuesta sencilla al Ayuntamiento: abrir al 50% y perimetrar con baliza o cinta adhesiva, permitiendo que se respete la distancia de seguridad al haber un puesto sí y otro no. Así, cada comerciante acudiría dos veces al mes a su puesto fijo y se respetarían las medidas sanitarias al no tener otro puesto al lado.''Es muy sencilla cuando hay voluntad política'', apunta Torralbo.

En cualquier caso, el consistorio asegura que el Rastro no va a desaparecer y que ''volverá a recuperar toda su actividad'' cuando sea seguro.

Víctor: “La situación es muy dramática”

El Ayuntamiento también suspenderá la tasa de ocupación que los puestos tienen que pagar por vender en suelo público durante la pandemia. Se les descontará de la matrícula anual. Sin embargo, estos comerciantes han seguido pagando el resto de sus gastos. Víctor tiene una tienda de complementos desde hace tres décadas y calcula que pierde al mes más de 1.000 euros desde que comenzó el estado de alarma. Ha tenido que seguir pagando almacén, algún crédito personal y los gastos de su familia: ''La situación es muy dramática'', asegura. En su caso, también ha gastado sus ahorros, pero pronostica que no podrá aguantar así más de tres meses.

Víctor es óptico de profesión y tiene un puesto desde hace 30 años. Al principio compatibilizaba sus dos trabajos, pero hace algo más de 20 años se quedó a cargo de su hijo de dos y apostó por la conciliación al ver que lograba sacar un sueldo modesto. Comenzó a mimar su negocio, incluso llegó a fabricar sus propios productos, pero luego llegó el coronavirus y fue ''una hecatombe''.

Esta incertidumbre se cuela en todas sus decisiones. Con la cartera a cero, da miedo afrontar ''gastos imprevistos''. Víctor ejemplifica de manera muy gráfica: ''El otro día se me rompió una muela. Yo ahora no puedo hacer frente a la reconstrucción'', explica sobre los efectos secundarios de sentirse en la cuerda floja. Simplemente, no puede ir ahora al dentista.

Tania: “Es muy difícil siendo madre”

Tania lleva dos años y medio vendiendo artesanía en el Rastro de Madrid. Su trabajo le da sentido a esa fama de autenticidad que lo distingue de otros mercadillos. Tiene 35 años y se formó como integradora social. Tuvo varios empleos que le otorgaban un salario similar al que ahora gana en el Rastro, así que decidió apostar por una nueva pasión. Ahora no tiene pareja y afronta la crianza de su hijo sin apenas ingresos. Como buena parte de jóvenes de su generación, ella no tiene ahorros, pero sí cargas familiares. ''Tuve que hacer un replanteamiento vital. A partir de entonces, yo me he empezado a endeudar y a pedir ayuda familiar''. Además de talento, su oficio exige ''disciplina, mucha terquedad, ser bueno, tener un buen producto y saber vender''.

En su caso, aprovechaba los meses de abril a octubre para ahorrar y compensar la bajada de la caja del invierno. El abril volvían a remontar sus ingresos. La covid-19 le ha obligado a replantearse el futuro. Para complementar, se ha planteado intentar trabajos anteriores, pero ahora es responsable de una vida más: ''Es muy difícil siendo madre''. En su caso, conciliar es un malabarismo. Tiene que buscar un trabajo lo suficientemente rentable como para que merezca la pena contratar cuidados, algo realmente difícil.

Marcelo: el miedo al futuro

El día que decretaron la emergencia sanitaria a Marcelo ''se le vino la noche''. Este artesano de 61 años fabrica juguetes de madera con los que se saca un ''sueldito'' los domingos desde hace 20 años y que complementa con algún mercadillo navideño o alguna feria. Quiere volver a trabajar cuanto antes porque el Rastro representa el 60 o 70% de los ingresos de su familia.

El coronavirus le ha pillado a pocos años de la jubilación, con una hija dependiente a cargo y con pocas expectativas de encontrar un nuevo trabajo. Confiesa estar muy preocupado: ''A pocos años de jubilarme, ¿de dónde voy a sacar para pagar autónomos?'', se pregunta poniéndose en el peor de los escenarios.

Este veterano comerciante teme que estas restricciones acaben con la verdadera magia del Rastro: ''Lo más importante es el estilo. Aquí encuentras juguetes de madera, ropa, bolsos, cuadros, ropa andina, al estilo italiano. Ese es el Rastro''.