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Las guerreras del Bon Pastor

Tras la segunda neumonía de su hijo dijo basta. La situación se había vuelto tan insostenible que la ropa le criaba moho guardada dentro de los armarios y ni la lejía borraba la humedad de las paredes. Con un informe del pediatra pidió que adelantaran su realojo y se lo concedieron. Lourdes habla frente a la casita en la que se crió, la que le dio tan mala vida en los últimos años, pero de la que guarda recuerdos de una infancia en la calle ahora impensable. Una casa hoy completamente tapiada, puertas y ventanas, como todas las vacías en la conocida como cuarta fase; las últimas en pie de las Casas Baratas del Bon Pastor. El margen del margen de la ciudad. “Barcelona acaba en La Maquinista. Esto es tierra de nadie”, señala Analía, compañera de cafés con leche mañaneros -en vaso, de los de bar de barrio- de Lourdes. De cafés y tertulias que se vuelven terapias y proyectos.

Lourdes tiene 37 años y vive en una de las promociones de pisos nuevos del barrio con su marido, sus dos hijos y su madre, de casi 80. Una de las promociones que, de forma desesperadamente lenta (el todavía inacabado proceso se inició hace más de tres lustros), han ido sustituyendo a las viejas casitas que daban carácter al lugar. Su situación -dos generaciones compartiendo una misma vivienda- es muy común entre los antiguos habitantes de esta parte del Bon Pastor en extinción. Es también el caso de Jeni -“de la tercera fase”, se presenta-, quien vive con sus padres, su marido y sus tres hijos. Jeni es otra de las fijas de los cafés y el parque; una de las más guerreras, con evidente madera de líder. Desde sus 34 años recuerda la hermandad que se vivía en las casas cuando eran niñas. Plantaban la piscina hinchable en medio de la calle, en la puerta de casa, donde también hacían barbacoas. “Y si alguien te decía algo le preguntabas si quería un trozo de panceta”, bromea. Y, sí, también jugaban a perseguir y a matar ratas.

Lourdes, en la puerta de su antigua casa.

/ JORDI OTIX

La abuela de Jeni, madre de nueve hijos, le explicaba que hacía de madre de leche del hijo de una vecina, para que esta pudiera ir a trabajar. Recuperar esa comunidad, esa tribu, es uno de los empeños de Lourdes, Jeni, Analía y el grupo de mujeres, todas madres, que se encuentran todos los días en la puerta del colegio. “Nos gustaría disponer de un espacio para poder crear una especie de cooperativa. Poder hacernos canguros mutuos para que podamos conciliar y trabajar, poner un marco legal a este espacio de confianza, que ya funciona de forma informal entre nosotras, para ofrecer servicios como la planificación familiar, muy necesarios en el barrio”, expone con las ideas muy claras Jeni; cuyo referente son los "yayos" que protestan todas las semanas frente al reformado pero recortado CAP del barrio. 

La pérdida de las urgencias nocturnas y del servicio de ginecología en el CAP es uno de los temas recurrentes en los cafés mañaneros en los que estas mujeres se escuchan y arropan y se dan cuenta de que no están solas y de que lo que le pasa a una también le pasa a la otra. 

Otro de los temas estrella es el trabajo. La falta de trabajo; pese a vivir rodeadas de fábricas. Revertir esa situación es otro de sus objetivos, y tienen varias ideas sobre cómo hacerlo. “Sería imprescindible una guardería pública de verdad, gratuita, un espacio en el que poder dejar a nuestros hijos para poder conciliar. Algo como el Concilia, que hacen en Trinitat Vella”, apuntan. Reivindican también extraescolares asequibles para sus hijos. Elisabet, madre de tres, explica que su hijo de 14 años se ha quedado sin ir a fútbol porque no tenían los 200 euros para avanzar la matrícula antes de que les llegara la beca. “Y ahora mi hijo está en la calle cada tarde, que era justo lo que no quería”, cuenta desde la mesa de al lado en la misma terraza. "Yo no hablo tan bien como ellas, pero sé muy bien lo que quiero", remata. Trabajo, un futuro para sus hijos y un hogar. 

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Desdoblamiento familiar

Ese, la vivienda, es el otro gran tema. La falta de ella, también. “Nos dijeron que los pisos sobrantes después de terminar con todos los realojos serían para hacer desdoblamiento familiar. Veremos. De momento esta obra lleva meses paradas”, afirma Jeni señalando el esqueleto frente al CAP, efectivamente parado. La empresa adjudicataria de la construcción de dos de los cinco bloques que conforman la cuarta fase de la transformación urbanística abandonó la obra por problemas económicos y esta se ha tenido que volver a licitar y adjudicar (el ayuntamiento calcula que los trabajos se retomarán a principios del año que viene). Detrás, sí avanzan otras tres promociones, que en principio estarán listas también el primer trimestre del año próximo, para acoger a los vecinos de Lourdes que siguen aguardando en las cada vez más decadentes casitas. El desdoblamiento familiar es el gran deseo. Es decir, poder dejar de vivir dos y tres generaciones, siete y ocho personas, en un mismo piso y poder disponer de su propio hogar. “A mis padres les costó una revolución tener el piso. No vamos a permitir que ahora especulen con ellos”, advierte Jeni. La revolución a la que se refiere se vivió hace 30 años, cuando ella era una cría y en el barrio se produjo una “ocupación masiva” -así la define- de casas vacías. Una experiencia que intentaron repetir sin éxito 20 años después, tras los primeros realojos. “Tiraron los tejados para que no las ocuparan y eso empeoró todavía más la situación de las casas colindantes, en las que todavía vivía gente”, concluye Jeni, quien, eso sí, solo tiene buenas palabras para los trabajadores del Plan de Barrios: “Todo el mundo les conoce. Están aquí, pisan la calle y tienen mucha paciencia”.

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