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Las desigualdades de género se agravan con el confinamiento

Durante los últimos dos meses, la crisis del coronavirus ha puesto mucho más en evidencia las desigualdades persistentes entre hombres y mujeres. Las mujeres presentan unas tasas más elevadas de contagios de COVID-19 que los hombres pero, en cambio, se ha detectado una mayor mortalidad en el caso de los hombres en todos los grupos de edad. Es una de las conclusiones del estudio «Desigualdades socioeconómicas en el número de casos y la mortalidad por COVID-19 en Cataluña», que demuestra que el impacto también es más elevado en personas de un nivel socioeconómico más bajo. De acuerdo con un informe del sindicato UGT, el 75,53 % de personas ocupadas en actividades sanitarias y de servicios sociales son mujeres. En las residencias de ancianos, la presencia de las mujeres llega a ser del 83 %. Así pues, las cifras muestran que las mujeres han sido las más expuestas durante la crisis sanitaria del coronavirus. Las desigualdades también se han puesto de manifiesto en el confinamiento en los hogares, donde buena parte de la carga del trabajo doméstico y familiar recae habitualmente sobre las mujeres. La profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC Ana Gálvez considera que lo que ha hecho el confinamiento «es acentuar estos aspectos de desigualdad en la distribución de roles».

A pesar de este desequilibrio, la profesora también considera que «el confinamiento ofrece una oportunidad para que la distribución de tareas sea más igualitaria». Gálvez considera que la situación ofrece «oportunidades pedagógicas» que no deben menospreciarse: «en numerosas ocasiones, tanto el hombre como la mujer han tenido que teletrebajar con los niños en casa, y los hombres han podido participar de forma más activa y equitativa en el cuidado de sus hijos e hijas y en las responsabilidades domésticas», señala.

El confinamiento toca de lleno uno de los aspectos más preocupantes de la sociedad, que es la separación que se establece entre el trabajo de cuidados y el remunerado. Según Gálvez, esta es una situación que «rige nuestras dinámicas sociales y laborales y que hay que romper». Hay que tener en cuenta que «el trabajo remunerado está tradicionalmente asociado a lo masculino y el no remunerado y de cuidados, a lo femenino», añade la profesora, que es coautora del artículo «Work-Life Balance, Organizations and Social Sustainability: Analyzing Female Telework in Spain», que también firma María Jesús Martínez, directora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC.

La «desvaloración» de lo femenino

En la misma línea, Maria Rodó de Zárate, investigadora del grupo GenTIC de la UOC, también señala esta situación en un artículo publicado en Pensem. «Todo lo que forma parte del mundo reproductivo se considera secundario: ni es trabajo, ni es político, ni debemos encargarnos de ello colectivamente», afirma. Para la investigadora, «esto va directamente relacionado con la desvalorización de lo femenino». De hecho, «los trabajos que desarrollan las mujeres y que se dan en el ámbito privado no están ni reconocidos ni valorados, y se dan en condiciones de extrema precariedad o sencillamente no se consideran ni trabajo».

Esta situación también centra la atención de las organizaciones de defensa de los derechos humanos, como es el caso de Amnistía Internacional, que estas semanas ha estado haciendo campaña para denunciar las desigualdades de género que la crisis del coronavirus ha puesto en evidencia. La organización subraya que muchas mujeres se han visto afectadas por el cierre de los comercios y de la hostelería. Además, la precariedad laboral no da acceso a ayudas, como es el caso de las mujeres que trabajan limpiando domicilios. Las mujeres que se dedican a labores de cuidados han estado más expuestas al virus y las que se han confinado, además de teletrabajar, han tenido que hacerse cargo de sus hijos porque las escuelas han cerrado.

El confinamiento muestra «el desprecio que se evidencia hacia el trabajo de cuidados», sostiene Maria Rodó de Zárate. La investigadora apunta que «se propone, como excepción, que se habiliten las escuelas de etapa de infantil para las familias que acrediten que deben trabajar presencialmente», pero que «las que tienen que teletrabajar deberán cuidar a sus hijos mientras trabajan en casa». La investigadora destaca que «si las dos cosas fueran consideradas como trabajo, veríamos que es imposible hacerlas al mismo tiempo durante siete meses» y, en cambio, «no se ha propuesto ninguna ayuda ni ninguna medida para aliviar la carga que eso implica».

Efectos en la salud de las personas

En la misma línea que Rodó de Zárate, Mayo Fuster, investigadora principal del grupo DIMMONS, que forma parte del Internet Interdisciplinary Institute (IN3) de la UOC, hace una advertencia sobre el teletrabajo: «en estos momentos, el teletrabajo se lleva a cabo en unas condiciones extremas y difíciles de combinar que no son las habituales y, como consecuencia, conlleva una sobrecarga enorme», señala. Esta situación presenta riesgos en caso de que se alargue durante mucho tiempo: «afectará inevitablemente la salud de las personas que llevan a cabo el cuidado en estas condiciones y debemos conseguir evitarlo. Es muy importante saber cuidar de quien cuida», afirma Fuster.

El conjunto de situaciones que con la COVID-19 hacen aún más profunda la distancia entre las condiciones que viven hombres y mujeres lleva a pensar que debemos hacer algunos cambios. La profesora Ana Gálvez considera que una de las lecciones que debemos aprender de la crisis actual es que «el trabajo de cuidados, en todas sus dimensiones, y todo lo que tiene relación con la conciliación de la vida laboral y familiar, debe ser el centro de nuestras preocupaciones como sociedad, de las políticas públicas y de las estructuras de nuestras organizaciones».

La realidad, sin embargo, es que esta necesidad choca con el hecho de que, por ejemplo, ni siquiera se hacen políticas públicas sobre los hogares, como ha apuntado Maria Rodó de Zárate. «Los hogares son cocinas, comedores y habitaciones donde hay relaciones de poder que también configuran, y de forma fundamental, la vida en las ciudades. Son espacios donde suele haber un reparto muy desigual del trabajo, y también un reparto desigual del descanso, del ocio o de la posibilidad de uso de los espacios», afirma. Sin embargo, la investigadora señala que «los hogares, más allá del derecho a la vivienda, difícilmente se consideran como un espacio político», porque «suelen ser entendidos como espacios no problematizados y, por tanto, como un agujero negro que ni se estudia, ni se narra, ni es objeto de políticas públicas».

El papel de la ONU

Una de las posibles soluciones para la dignificación del trabajo de cuidados podría implicar la entrada en juego de una estrategia internacional. Ana Gálvez opina que «el trabajo de cuidados, en general, y la conciliación de la vida laboral y familiar, en particular, deben ser uno de los principales objetivos de desarrollo sostenible». En este sentido, «debería ser clave en la agenda de los diecisiete objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido la ONU», afirma. Para la profesora, potenciar medidas y políticas de conciliación entre vida laboral y extralaboral «es un pilar fundamental para lograr la sostenibilidad social», porque implica «la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores y las trabajadoras, una mayor integración de la organización en la comunidad, una lucha directa contra las diferencias de género, la promoción de la igualdad y una apuesta por el futuro de la comunidad y la organización, porque que se respeta la atención a las personas dependientes».

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