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Las cuatro estaciones fílmicas de Éric Rohmer, la película estival definitiva y el mundo de ayer

De manera más o menos similar a lo que ocurre con otros maestros del cine, como Michelangelo Antonioni, Ingmar Bergman o Carl Theodor Dreyer, la recepción popular de la obra de Éric Rohmer está condicionada por algunos tópicos. Los filmes del realizador francés tienen fama de ser muy verbales (lo son) y lentas, potencialmente plomizas (algo muchísimo más discutible). El director Arthur Penn contribuyó al tópico al incluir un diálogo punzante en su neo-noir La noche se mueve: uno de los protagonista afirma que ver una película de Rohmer era parecido a observar cómo la pintura se seca (en el doblaje español, la referencia se adaptó a "ver crecer la hierba").

Más de una vez se ha asumido que Penn, un admirador de las nuevas tendencias del cine francés de finales de los años 50 y la década posterior, atacaba a su colega. Eso suponía mezclar la opinión del personaje con la del autor, pero ciertamente la frase no ha contribuido a abrir las puertas del público masivo a Rohmer. Aún así, más de un aficionado a su cine estaría dispuesto a resignificar la cita. Porque ese cine hace un uso libre de las tomas largas sin convertirlas en dogmas, que no teme los tiempos muertos, aunque raramente deje de suceder alguna cosa dentro del plano, por pequeña que esta sea. Y permite paladear el paso del tiempo de una manera imposible en muchos productos audiovisuales que tienden al ritmo frenético y a las imágenes fugaces, atropelladas por nuevas imágenes que se alternan rápidamente en montajes sincopados.

Más allá de su tendencia a la austeridad formal y a la preparación meticulosa de la escena, el Rohmer veterano era un narrador más bien juguetón, que hacía un uso desacomplejado y astuto de las elipsis y los saltos cronológicos. Anticipaba situaciones y demoraba su estallido, lanzaba todo tipo de hilos cómplices con aquellas audiencias que quisiesen entrar en sus juegos. Las historias de amoríos llegaban a rozar la tradición del vodevil y sus confusiones, a menudo gracias a la aparición de personajes celestinescos. Y aunque las ficciones fuesen a menudo agridulces como la vida misma, no se descartaba la posibilidad del final feliz (véase Cuento de invierno, por ejemplo).

En pleno centenario del nacimiento del autor, A Contracorriente Films ha apostado por lanzar el pack Cuentos de las cuatro estaciones, que recoge el conocido ciclo fílmico formado por Cuento de primavera, Cuento de invierno, Cuento de verano y Cuento de otoño, presentado en formato Blu-ray. Las películas han sido restauradas en alta definición. Y se presentan generosamente acompañadas de un cortometraje y un mediometraje firmados por el mismo Rohmer, de un libreto de 76 páginas obra del crítico Carlos Heredero, de un largometraje documental sobre el rodaje de Cuento de verano y de varias entrevistas a colaboradores habituales.

Darle vueltas al amor bajo el Sol

El cine francés tiene su pequeña tradición de películas sobre las vacaciones de verano, sobre ese momento en que la vida cotidiana queda en suspenso y es sustituida por el descanso y por escarceos amorosos que suelen tener fechas de caducidad. El rayo verde o Pauline en la playa, del mismo Rohmer, o la mucho más reciente Les combattants, de Thomas Caillley, son ejemplos de ello. Y autores de otras latitudes, como el Felipe Vega de Nubes de verano o el Pere Vilà de Pas a nivell, han retomado esos códigos. El director de The Florida project, Sean Baker, también ha reconocido su influencia.

La última narración estival dirigida por el director galo fue Cuento de verano. Su autor empleó un esquema repetido en el cine, desde la alleniana Recuerdos a Cinco hombres para Lucy: una persona se encuentra con diversas parejas posibles, representativas de diferentes modelos de hombre o mujer. Gaspard es un joven con inquietudes musicales que se desplaza a la costa para encontrarse con su supuesta novia de temporada, Léna, a pesar de que esta no le ha asegurado el encuentro. Mientras espera, coincide con Margot, una encantadora etnóloga empleada como camarera, con quien emprende largos paseos. Pero Gaspard también conoce a Solène, que se muestra dispuesta a vivir un romance con él.

Durante largas charlas, Gaspard da vueltas a los deseos, anhelos y contradicciones que le generan estas tres mujeres. Léna es la chica etérea y esquiva para vivir un amor romántico de perspectivas frágiles. Solène, más sexual, más taxativa, reclama y ofrece una relación clara. Y Margot podría ser la amiga-amante, mentora por momentos del immaduro antihéroe que, en compañía de ella, se libera parcialmente del registro seductor para mantener unos intercambios de ideas más francos.

El espectador acompaña a Gaspard en su odisea, a ratos exasperante, de egocentrismo y pequeñas mezquindades recubiertas con mil teorías y racionalizaciones que abrazan desde la autocompasión hasta el narcisismo. Su comprensivísimo referente ético, Margot, llega a abochornarse y enfadarse ante la actitud del protagonista, tan deseoso de vivir su amorío estival que hace promesas incompatibles a todas esas mujeres a las que no quiere rechazar por el miedo a quedarse solo. Aunque su sensibilidad sea diferente, Gaspard coincide con la heroína romántica de Cuento de invierno en la tendencia a valorar y criticar a sus ligues desde una posición demiúrgica no exenta de una cierta crueldad: el otro pasa a ser el instrumento necesario de vivencia de la aventura.

Entre este relato de amores potenciales, y con la excusa de los estudios de la joven etnóloga y de la melomanía del chico, aparecen guiños a la cultura marítima bretona. Tamiza el recorrido algún amago casi budista sobre la indeseabilidad del deseo, y alguna reivindicación explícita (entre varias reivindicaciones implícitas) de la amistad como "algo serio, quizá más que el amor". El resultado es un precioso cuento (¿moral?) sobre los deseos no demasiado bien digeridos, sobre la impaciencia de querer amar a toda costa y sobre los egocentrismos propios de la adolescencia y más allá. Quizá es, también, una advertencia sobre la poca atracción que puede despertar la posibilidad de una relación basada en el compañerismo y la honestidad sin los ilusionismos de la seducción.

El mundo de ayer, o de nunca

En algunos aspectos, el cine de Rohmer no traslada a un mundo paralelo donde domina la vida personal y social de sus personajes. Donde el amor es el tema centralísimo de las conversaciones entre unos personajes que son filósofos, psicoanalistas, soñadores y charlatanes en proporciones variables. Y donde el componente material de las rentas y los trabajos apenas parece tener importancia en las vidas de los ciudadanos.

Puede subyacer una visión algo aburguesada en estas ficciones, porque ni siquiera los lugares de trabajo son espacios de gran dedicación o cansancio: todos parecen disponer de un momento para charlar durante la jornada laboral, o de un jardín donde tomar el Sol cuando esta acaba. Más allá de un posible sesgo rohmeriano en su manera de mirar el mundo, o en las reglas de creación de su propio universo ficticia, sus Cuentos de las cuatro estaciones son historias donde las mezclas de lo personal y lo profesional no devoran la vida íntima. Las últimas obras de ambientación contemporánea del cineasta exploraron los últimos momentos de una sociedad donde los teléfonos móviles todavía no eran omnipresentes, donde todavía no asomaban las esclavitudes de la disponibilidad permanente.

Desde nuestro presente social y audiovisual, la obra de Rohmer nos ofrece la posibilidad de una escapada. De hecho, de varias escapadas. Podemos disfrutar, por ejemplo, con unas imágenes de la naturaleza presentadas sin la forzada admiración propia de nuestro audiovisual contemporáneo, intoxicado de las inercias promocionales del lenguaje publicitario y sus inercias hipster. El autor de La rodilla de Clara filma un viñedo sin los marcadores de admiración algo boba del urbanita sorprendido por el mundo rural.

Además, sus películas conjuran un mundo de ayer, todavía cercano y algo idealizado. Una época donde no teníamos tanta prisa, aun con la trampa que sus pobladores solían ser profesionales de clase media con privilegios en este ámbito. Como opina el crítico Jean Douchet en una de las entrevistas incluidas en la edición videográfica de Cuentos de las cuatro estaciones, Rohmer llegaba a lo verdadero a través de un cierto artificio. Aun con sus diálogos poco coloquiales, más o menos inverosímiles, estas obras tardías nos ofrecen una antropología (atravesada por la imaginación) del mundo de veinticinco o treinta años atrás, cuando el capitalismo tecnológico todavía no había subido una marcha más en la aceleración neoliberal.

Sin aspavientos, sin forzar o subrayar una mirada documental, Rohmer inmortalizó los escenarios de ese pasado. Simplemente mediante la filmación de los personajes en su contexto, nos regala una cartografía de lugares que fueron y ya no son, previos a la mundialización casi total del hecho turístico más uniformizador. El cine rohmeriano, nada dado a la proclama ideológica, puede servirnos para pensar otra vida posible donde la vida personal no está completamente infestada por la dedicación laboral y donde todos tenemos derecho a momentos de pausa. Y de amor, también de amor.

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