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Las claves del diálogo

Texto elaborado por: Albert Batlle , Josep Maria Carbonell , Míriam Díez , Eugeni Gay, David Jou, Jordi López Camps, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Montserrat Serrallonga y Francesc Torralba

El diálogo tan solicitado ha entrado en escena. Creemos que existe una brizna de esperanza, pero para encauzarla es fundamental recordar algunas condiciones indispensables. Nos referimos a los requisitos éticos del mismo, a las virtudes que los interlocutores deben cultivar para atisbar alguna solución.

La primera condición para dialogar es la delimitación de perspectivas de los interlocutores implicados. Delimitar significa definir, poner límites, pero la definición solo puede tener lugar cuando uno es consciente de lo que piensa, de lo que representa. El diálogo exige interlocutores conscientes de su identidad, pero no solo eso; con voluntad de manifestarla públicamente.

La receptividad es la condición indispensable para el diálogo; la escucha de la palabra del otro incomoda, inquieta porque pone en crisis lo que uno piensa

El diálogo exige alteridad, dualidad, un yo y un tú conscientes de lo que piensan y saben, de lo que creen y esperan, pero que tengan capacidad de reconocer la verdad ajena y, si cabe, audacia para cambiar de perspectiva.

La honestidad intelectual y la humildad constituyen los fundamentos indispensables para el diálogo. Son las dos virtudes que lo lubrifican y hacen posible la fluidez comunicativa. La honestidad es la transparencia con uno mismo y con los otros. Consiste en hallar el lenguaje que exprese lo más fielmente lo que uno cree, sin afectaciones ni hipérboles. Solo tiene lugar en un clima de confianza y de mutuo respeto. Se da la transparencia cuando uno sabe que, diga lo que diga, piense lo que piense, crea lo que crea, será aceptado y reconocido por su interlocutor.

La humildad es, en palabras de san Agustín, la madre de todas las virtudes ( mater virtutum ). Consiste en reconocer la propia fragilidad, la propia labilidad. Es la consciencia de la finitud. Ser humilde significa reconocer los límites tanto en el terreno del conocimiento, como en el terreno del amor o del obrar. La humildad predispone a la escucha, hace posible la receptividad. Si uno parte de la idea que lo sabe todo, que nadie puede ilustrarle, ni enseñarle nada, no se dispone a dialogar, porque no concede al otro la posibilidad de enseñar.

La salida de sí, el movimiento extático, es otra condición fundamental del diálogo. Esta salida de sí, como dice Emmanuel Mounier, supone el movimiento básico de la comunicación interpersonal. Uno sale de sí mismo, para dar a conocer lo que lleva dentro de su intimidad, para revelarlo. Este movimiento requiere, previamente un movimiento ad intra . Solo se puede dar lo que se tiene, solo se puede expresar lo que se sabe. El movimiento hacia a fuera solo es posible, si, previamente, el ser humano realiza otro movimiento paralelamente, el ensimismamiento, el hurgar dentro de sí mismo.

Al salir de sí mismo para revelar su mismidad, uno debe hallar las palabras adecuadas, los gestos apropiados para hacerse entender, tiene que encontrar la forma sintáctica para no traicionar eso que lleva en sus adentros. Cuando uno sale de sí, se olvida de lo que es, para adaptar su mensaje al otro, pero, al hacerlo, no se niega a sí mismo, sino que, precisamente, se da a conocer tal y como es a los demás.

El silencio y la palabra, decía el Papa emérito Benedicto XVI, son “dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas”. El silencio es un poderoso juego de lenguaje que tiene un papel decisivo en el acto de la comunicación, no solo porque predispone a la escucha, a la acogida de su salida de sí; sino porque el mismo silencio es un modo de dar a entender lo que uno cree. Sin silencio interior, no puede existir una atenta receptividad.

No basta con la salida de sí para que el diálogo tenga lugar. Se requiere, junto a tal movimiento, otra operación, tan fundamental, como aquella: la receptividad. La receptividad es la condición indispensable para el diálogo. Es la disposición a auscultar el pensamiento ajeno, a hospedar la palabra del otro, pero también su gesto y todo lo que expresa a través de lo no verbal. La receptividad es el a priori del diálogo, el único modo de poder acercarse a la postura ajena. La atenta escucha de la palabra del otro incomoda, inquieta porque pone en crisis lo que uno piensa y cree.

El cultivo de estas virtudes no garantiza, en ningún caso, el éxito del diálogo, pero lo hace posible. Esta brizna de esperanza que brilla puede albergar un cierto horizonte de futuro, pero también puede apagarse y generar más frustración y desconfianza. La suerte está echada.

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