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"Lapido es más indie que los indies; se ha regido siempre por absoluta independencia"

José Ignacio Lapido (Granada, 1962) empezó a escribir canciones en el grupo Al-Dar de manera casual. En él recayó la tarea de ponerle palabras a las melodías sin saber muy bien cómo. "Eso nos ha hecho descubrir un letrista inmenso", afirma Arancha Moreno, directora de Efe Eme y autora de Conversaciones con José Ignacio Lapido. El volumen recién publicado abarca los más de 40 años de carrera del cantante: desde sus inicios en fiestas de pueblo y discotecas pasando por su gran aventura con 091, la creación de su sello Pentatonia Records y sus ocho discos en solitario. En el libro, donde aparece una colección de fotografías imperdibles, se habla de su faceta como letrista y compositor, avivada por su pasión por la literatura, el arte y la arquitectura; de sus victorias y sus derrotas en la música (y fuera de ella); de las trabas de la industria y sus tejemanejes; y hasta de lo más íntimo. Una pluma afilada cuya trayectoria ha sabido plasmar por escrito a las mil maravillas la periodista con raíces granadinas (su madre nació aquí y ha veraneado muchos años en Almuñécar).

-Antes de lanzar Conversaciones con José Ignacio Lapido ya había publicado libros sobre músicos como Iván Ferreiro y Coque Malla. ¿Qué tienen en común los tres músicos, su genio creativo?

-Son tres músicos muy diferentes. No les veo demasiado en común. Iván Ferreiro es pura inquietud y evolución. Es una persona que le interesa dotar a las letras de profundidad y a la vez jugar mucho con la tecnología y el sonido. A Coque Malla le gusta también crecer musicalmente, pero lo que está haciendo lo dirige a un lado completamente diferente a Iván. El último disco es muy bailable. El anterior es clásico y orquestal. Tampoco tiene nada que ver con José Ignacio. Son tres estilos distintos.

-El cantante granadino y usted tenían un calendario previsto para las entrevistas, que saltó por lo aires a causa del coronavirus. ¿Cuánto ha influido la pandemia en el resultado final?

-Al final ha trastocado todos los planes. Teníamos la idea de empezar las charlas en marzo de forma presencial en Granada. Tenía un viaje programado para el 11 de marzo. No lo hice porque nos recomendaron que evitáramos los viajes innecesarios. Tres días después declararon el estado de alarma. Estuvimos esperando un par de meses. Empezamos con el Skype, pero un libro ASÍ, de conversaciones, requería el vis a vis. Hice el viaje en septiembre. Nos adaptamos a la situación. La pandemia nos ha cambiado los plazos y los planes. Pero eso no ha impedido que el libro haya quedado como queríamos. Estoy orgullosa del resultado.

-¿Ocupa el artista el lugar que se merece en la música española?

-Lapido es muy respetado entre sus compañeros del gremio y la prensa. Se ha ganado un respeto unánime. Lo que le falta es dar el salto a públicos más grandes. Esa es la reivindicación que siempre le queda pendiente. Con 091 si ha conseguido ese acto de justicia poética de reunir a miles de personas en directo, pero con su carrera como solista le queda un tramo por recorrer. Es lo que a mí me empujó a hacer este libro: que se siga reivindicando su obra. Es uno de los grandes de nuestro país, pero le falta reconocimiento popular.

-¿Cree que hubiera sido más conocido de haber nacido en otro tiempo, en otro lugar?

-Nunca ha tenido mucha suerte con el tema de los tiempos. No sé si por el género que ha ido cultivando, por el rock, o porque ha sido un país difícil. Somos más de celebrar las cosas cuando se han ido o cuando vienen de fuera. Nunca se sabe tampoco a donde llegan las canciones.

-De los 091 siempre se ha dicho que tuvieron poca suerte y muy malas producciones. El periodista Juan Jesús García habla de técnicos pésimos y malas decisiones tomadas por directivos de empresas musicales. ¿Los aficionados del rock de este país pagaron su deuda con el grupo en la gira de resurrección?

-Hubo una gran respuesta del público y a nivel sónico se ha saldado esa deuda. Tuvieron mala suerte con ciertas producciones muy arraigadas al sonido de la época. Basta con escuchar el directo de Maniobra de resurrección que han editado o La otra vida como disco de estudio para darse cuenta de que tienen un sonido que les hace justicia. El tiempo les ha puesto en su lugar. Sería una pena que se hubiera quedado la cosa ahí, con esa gran colección de canciones. La vida de un grupo que tenía mucho que dar. A lo mejor en ese momento no lo veían así, pero se ha demostrado que tienen mucho que ofrecer.

-Cuando 091 empezó, Granada no era tierra fértil para las bandas. ¿La historia del rock granadino no sería la misma sin ellos?

-Hablando con José Ignacio me dibujó un mapa mental de lo que ocurría en su carrera y en la escena granadina, que era un páramo. Fue un páramo que tuvieron que atravesar los músicos de rock en nuestro país en los 80. Ellos fueron pioneros. Era una zona muy árida para empezar y lo tuvieron bastante difícil. Gracias a grupos como 091 tenéis ahora la fortuna de gozar de una escena rica de grupos. El hecho de que rompieran el silencio apostando por el rock fue crucial. Además animaron a muchos grupos que llegaron después.

-Tengo la imagen clavada de Al-Dar tocando a cambio de bocadillos y unos vinos. ¿Cuánto ha cambiado la industria musical desde entonces?

-Jajajaja. Alguno lo hace por amor al arte todavía. Da pena porque la industria no genera la riqueza que se merece. Si fuera un trabajo tan valorado como debería los músicos tendrían muy buenas condiciones laborales, un sueldo. Podrían dedicarse sólo a la música. Ya vemos que sigue siendo un gremio donde se combina con un trabajo estable. Y la música es un trabajo secundario.

-También charlan de los cambios en esa industria: la llegada de internet, el pirateo, las plataformas de streaming, la devaluación del formato físico. ¿No le parece paradójico que teniendo todo a nuestro alcance a golpe de click cada vez se escuche menos música?

-Precisamente creo que es porque lo tenemos todo. Cuando uno lo tiene todo no le da valor a las cosas. Antes comprar un disco suponía un esfuerzo y era un tesoro. Tener todo al alcance y vivir en esta sociedad de consumo rápido hace que la gente prácticamente utiliza las canciones de una manera muy secundaria, quitándole el valor y la mística que tenía para la gente de antaño. Es una pena. La labor que hacemos con los libros con Efe Eme es intentar reivindicar y poner en valor eso. Al final la música es un objeto de culto que hay que saber valorarla, apreciarla, disfrutarla y contextualizarla para entenderla mejor. Muchos no le dedican más de diez segundos a escuchar una intro. La forma en la que consumimos música hoy día es muy tirana con la creación. A mí lo que me gusta de Lapido es que no se presta a esas tiranías. Lapido es más indie que los indies. Aparte de llevar las riendas de su carrera desde 2005 con su sello, siempre se ha regido por absoluta independencia tanto comercial como de modas. No se sube al carro de las tendencias. Ha hecho canciones de las que está satisfecho. Él es una persona muy a reivindicar porque ha mantenido su esencia a pesar de la que cae, de las tendencias, de la dificultad de vivir de esta profesión.

-Al final del volumen se habla de un disco de blues que Lapido nunca grabó. ¿Qué ha descubierto del músico al escribir el libro?

-Él sabe muy bien transmitir en sus canciones. Está la mirada ácida del autor. Yo me he dado cuenta haciendo este libro que al final el autor se parece mucho a su obra: es muy culto, lúcido, descreído, profundo y con un gran sentido del humor. En las canciones y en la vida real. Tiene esa parte poética. Se asocia las canciones de Lapido a la figura del perdedor. Cuando te pones a analizar lo que estás escuchando, esas canciones están llenas de grietas por donde se filtra la luz. Al final es un tío más positivo de lo que pueda parecer en un principio. En temas como Nunca se sabe y Fuera del mundo real hay un montón de luz. 

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