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Spain

La zanahoria del timonel

En todo este sainete de la no investidura, el mendicante Iglesias ha persistido en un error y Sánchez ha cultivado pétreo e impasible la misma virtud. Iglesias pensó al principio que la negociación sería fatigosa pero iría en serio. O sea, que había algo que negociar. Sospechó que Sánchez iba de farol cuando le señaló como obstáculo. En ese momento dispuso de la mano y la perdió en seguida. Contumaz en su creencia y equivocación, ha vuelto de vacaciones recitando la versión de Sánchez: admite que hubo una oferta socialista de tres ministerios y una Vicepresidencia en julio. Desde que propuso retomar en ese punto la negociación está perdido, pues ignora que era un señuelo.

Sánchez no pensó nunca conceder algo que Iglesias pudiera aceptar. Es decir, ese 3+1 estuvo en vigor -en la tele, no en el Parlamento- mientras en el PSOE tenían la certeza de que Unidas Podemos la rechazaría. Sánchez se ha dedicado a bailar la zanahoria delante de Iglesias. Nada que ofrezca Iglesias doblegará el ánimo de Sánchez porque, con cada menesterosa propuesta, Iglesias capitula, sostiene y refuerza el libreto de Sánchez, que expresa compungido: «No quiero elecciones». La potencia de Sánchez radica en que su trama no tenía giro: vasallaje o urnas. Iglesias estuvo de moda a costa de explotar el dolor porque dotaba de cinematográficos virajes a sus guiones. El prestidigitador que fue arrastra hoy sus pies con el pañuelo, la chistera y la paloma al aire.

Sánchez ha jugado al desgaste con todos. Vapulea a Iglesias y prepara la pira para Rivera. He aquí su virtud. Combina sus registros -tersura, contracción, crispación, victimismo, gravedad, parsimonia, solemnidad, desencanto, determinación, vanidad, fiereza...- y consigue que su estado de ánimo y gestos describan por sí solos los hechos, los que son o los que vienen. Lo cual le permite permutarlos y piruetear sobre ellos con sólo mudar su rictus. Fue presidente y pareció que había ganado unas elecciones; puso los recursos del Estado a disposición de su plataforma electoral y lo justificó como viernes sociales; ganó pírricamente las elecciones generales y simuló que arrolló; a partir de entonces se afanó en mostrar que su aclamación es inevitable: todos los demás son escollos. Su puesta en escena le resulta suficiente para crear un clima de opinión. Bien es cierto que ningún otro presidente ha dispuesto de semejante batallón mediático a su favor.

Gracias a su energía ha recuperado el orgullo socialista herido. Ha devuelto al PSOE el vigor y autoestima perdidos: «Con toda la humildad, antes [de] que ustedes llegaran a la política hubo otros gobiernos socialistas que ampliaron derechos y libertades», lanzó a bocajarro a Iglesias. Es una sentencia: después del 10-N, sugiere, Podemos será irrelevante porque su jugada es otra, timón a estribor.

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