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La vida de antes, o algo que se parece a lo de antes, se está despertando

Parece, en este vaivén de previsiones, que cada vez hay menos posibilidades de que el virus vuelva a expandirse con la fuerza de hace dos meses. Cada vez más especialistas se atreven a decir que pasaremos un verano tranquilo. Los datos de contagios y muertos por coronavirus comienzan a ser casi inexistentes en muchos lugares. Un experimentado y reconocido neumólogo ruso, Alexánder Chuchalin, dijo a comienzos de mayo que la epidemia desaparecería en junio y que tardaremos una década en volver a ver algo parecido. Como se apellidaba Chuchalin, no me lo tomé en serio. Tengo, me parece, prejuicios escondidos hacia algunos nombres. Creo que no soy el único, por eso mucha gente se pone uno artístico, para dotar de respetabilidad a su trabajo huyendo de la vulgaridad de un nombre que no despierta apetitos. No sé si los científicos hacen lo mismo para que sus publicaciones parezcan mejores en las revistas de prestigio.

Dato a dato, día a día, se aleja la posibilidad de un nuevo confinamiento. Las gráficas que inundan los periódicos cada vez tienen menos sentido, lo mismo que este cuaderno de excepción. La vida es excepcional siempre pero algún día hay que terminar. Ya tenemos fecha para su cierre. Será el próximo siete de junio, si es que no se suspende antes el estado de alarma. Me quedan doce artículos, me digo. Y así, como el que sabe que está llegando, sigo escribiendo. Las superficies que toco ya no me parecen tan amenazantes como hace un par de meses, cuando al ir al supermercado agarraba el carro de la compra como si estuviese manipulando el corazón de una central nuclear. Intento continuar con mis precauciones, aunque a veces es difícil porque mi mente baja la guardia y vuelvo, casi sin darme cuenta, a las costumbres de antes: tocarme la cara cuando aún no me he lavado las manos o acercarme con naturalidad a los amigos que tengo cerca. Supongo que el estado de alarma dentro de uno mismo es insostenible mucho tiempo, sobre todo cuando se percibe que el riesgo es menor. Si el virus finalmente deja de reproducirse, o lo hace de una manera asumible, ya solo tendremos que ocuparnos de las heridas que este quiebro de la vida nos ha dejado aquí y allá. Tras el daño, la reparación. Para la reparación, tiempo y cuidados. La vida de antes, o algo que se parece a lo de antes, se está despertando. Lo pienso mientras salgo de la ciudad lentamente, al ritmo de un atasco. Los había olvidado. Hace calor pero tengo que subir la ventanilla para no respirar el humo de los tubos de escape. Entre ellos, el mío.

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