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Spain

La travesía del Pacífico

Cuando la pericia de Magallanes logró la salida del estrecho al Pacífico, el capitán general ordenó de inmediato poner rumbo norte «para salir presto de aquellas frialdades». Y cuando acarician temples más amables dispone enfilar el rumbo del Oeste, perdiendo la costa y enfrentándose abiertamente al océano.

La travesía del Pacífico ha quedado registrada en los anales de la navegación como una inconcebible proeza náutica, porque nadie hasta entonces había navegado sin divisar tanto tiempo otros horizontes que el mar y el cielo. Ciento tres interminables días bajo un cielo calmo, sin viento, sin tempestades, que hicieron merecedor al océano del nombre de Pacífico con el que le bautizó Magallanes, sin saber que se trata del océano más violento del planeta.

Las naves apenas avanzan, los marineros sufren bajo un calor de asfixia, con el agua y el alimento al mínimo, haciéndose buena la profecía de Magallanes de que comerían el cuero de las vergas. Así lo escribe el gran cronista de la expedición, Pigafetta, gracias al cual contamos con la narración de tan extraordinaria epopeya:

«Nos adentramos en el mar pacífico, donde permanecimos tres meses y veinte días sin víveres ni ningún refrigerio, comiendo solo galletas rancias reducidas a un polvo lleno de gusanos y que hedía a la orina que las ratas habían dejado en ella, después de comerse la mejor parte. Y bebimos un agua amarilla y podrida. También comimos pellejos de reses, que estaban muy duros debido al sol, la lluvia y el viento. Y los dejamos cuatro o cinco días remojándose en el mar y luego los pusimos un rato sobre las brasas. Y aun así no nos saciábamos de ellos».

Como tampoco se saciaban de las ratas, que alcanzaron una altísima cotización entre la marinería, y que demuestra hasta qué límites puede llegar el ser humano, al fin y al cabo un mamífero, cuando le asedia el hambre. Se trataba de una prueba extrema de resistencia humana, a través de aquel océano que parecía no tener fin. Y para colmo de males irrumpió una enfermedad desconocida, que hinchaba las encías hasta impedir por completo ingerir alimentos. Se llamaba escorbuto, y fue un verdadero azote para las navegaciones españolas del siglo XVI, porque martirizaba a las tripulaciones hasta la muerte. Y eso que España contaba con el mejor antídoto posible para haber conjurado tan terrible enfermedad: la naranja y el limón, que contienen vitamina C, cuya ausencia produce el escorbuto, en unos hombres sometidos al monopolio de la galleta y los frutos secos. Por llevar carne de membrillo, que contiene la vitamina, Magallanes no padeció escorbuto. Pero eso es algo que no se descubrió hasta el siglo XVIII.

Las Marianas

Tras la larga jornada que consume la vida de diecinueve hombres, avistan un ramillete de islas con propicio aspecto. Hacen feliz aguada y comen frutos, pero están habitadas por unos curiosos personajes, que suben a los barcos y roban cuanto les viene en gana ante la vista de la tripulación, e incluso roban un bote el Trinidad, que desamarran y llevan a su isla. Cuando se marchan llaman justamente a las islas de Los Ladrones, nombre que persistirá largo tiempo hasta que sean rebautizadas como Las Marianas, en honor a doña Mariana de Austria, esposa de Carlos IV. Las Marianas serían en lo sucesivo importante escala intermedia en las navegaciones españolas del Pacífico.

Pocas semanas después, los expedicionarios hacen otro descubrimiento, unas islas de mayor empaque a las que llaman de San Lázaro, por haberse avistado en esa onomástica. Siglo y medio después recibirán el nombre definitivo de Filipinas. Y allí, desorientados como estaban, tienen un encuentro trascendente: un sirviente de Malaca, región portuguesa del Índico, que viajaba desde el principio con la tripulación magallánica, logra entenderse en el dialecto de aquellos indígenas. Ello significa de modo inequívoco que están rondando el destino perseguido, y que las Molucas no están lejos. Están llegando a las Islas de las Especias por el rumbo opuesto al de Portugal, dando la vuelta al mundo.

No tardan en advertir que las Filipinas son mucho más que un pequeño grupo de islas. Es un poderoso archipiélago plagado de ellas, y se encuentra habitado por numerosos grupos indígenas que de continuo rivalizan entre ellos. Magallanes pretende granjearse la amistad del reyezuelo más notable de la zona, Humabon, al que gana mediante regalos y promesas, y previa observación por parte del cacique de que aquellos blancos blanden poderosas armas. Pronto sellará la amistad con Magallanes, e incluso accede a convertirse al cristianismo con todos sus súbditos.

En las Instrucciones entregadas por la Corona, figuraba la recomendación a los jefes y capitanes de firmar tratados ventajosos, pero nunca bajar a tierra si eso suponía exponerse a daños y peligros, si estos acechaban. El incumplimiento de esta recomendación marcaría el destino de Fernando de Magallanes.

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