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La sobrina de Azaña y un nieto de Chaves Nogales rebaten a Iglesias: "Exilio es miedo e injusticia"

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Es de noche en París. Manuel Chaves Nogales (1897-1944) pide a su hija Pilar que prenda fuego a los papeles antes de que lleguen los alemanes. Envuelto en una gabardina, se marcha para no regresar. El equipaje cabe en un maletín. Desde la ventana, su familia le ve por última vez. Exilio.

5 de febrero de 1939. Manuel Azaña (1880-1940) cruza la frontera en dirección a Francia. No volverá a pisar España. Las tropas enemigas se encuentran a menos de veinte kilómetros. Está a punto de cumplir 59 años, pero parece un anciano. Si le cogen, piensa, le pasearán con una soga al cuello por la calle Alcalá antes de fusilarle. Exilio.

Carles Puigdemont proclama la República de Cataluña. Incumple la ley y varios preceptos de la Constitución. Consciente de que puede acabar en la cárcel, huye de la justicia. El territorio que deja atrás es una democracia. Pronto tendrá a su servicio una mansión en Waterloo. Paseos por platós, restaurantes de postín y entrevistas por doquier. ¿Exilio? Sí a ojos del actual vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias.

"Lo digo claramente". Así reiteró su equiparación en La Sexta. Días después, ante una avalancha de cámaras y micrófonos, rehuyó la rectificación. Atribuyó el revuelo a la "ultraderecha" y se autoproclamó republicano.

Hoy, la enmienda a la totalidad -ya conocidas la del grueso de asociaciones de la Memoria Histórica y la de Pedro Sánchez- nace de los mismos cimientos de la República. Rebaten al líder de Podemos la sobrina nieta de Azaña, María José Navarro; y uno de los nietos de Chaves Nogales, Antony Jones.

La primera sabe lo que es perder una casa. De niña, acompañaba a su padre al Tribunal de Responsabilidades Políticas para recuperar el hogar de la calle de la Imagen -Alcalá de Henares- donde nació su "tío Manolo".

El segundo nació en Reino Unido consecuencia directa del exilio. Pilar, su madre, escapó del franquismo -el régimen persiguió el apellido hasta la saciedad- en cuanto dejó atrás la adolescencia. Los Chaves huyeron de Madrid primero y de París después. El periodista murió en Londres. Solo y enfermo.

Sin exabruptos, ideologías a un lado, rebaten a Iglesias con sus vivencias. Con hechos. Coinciden en que lo sufrido por sus familias nada tiene que ver con Puigdemont. En sus respuestas, el exilio va anclado a estos dos términos: "miedo" e "injusticia".

María José Navarro Azaña

"La comparación choca. Puigdemont no tiene problemas económicos. Se ha ido a un sitio estupendo, pacífico". Un lugar que contrasta sobremanera con los tumbos que dio Azaña tras cruzar la frontera.

El todavía presidente de la II República viajó a París. Decidió presentar su dimisión en cuanto Francia e Inglaterra reconocieron a Franco como jefe del Estado español. Pronto, todo se torció. La invasión nazi y la cobardía del gobierno de Vichy le convirtieron en un caramelo apetitoso para la Gestapo.

"Por la noche, mi tío y su familia tenían que cerrar todas las ventanas para que no se viera luz desde fuera. Sabían que iban a por él. Los nazis colaboraban con el franquismo para intentar cogerlo", resume María José en charla con este diario.

El exilio, para Azaña, fue persecución. Quedaron probados esos contactos germano-españoles. Llegaron a trazar un plan para detenerle, pese a ser el prohombre republicano un señor enfermo, a punto de morir.

"Le contaré una anécdota para que vea si son distintas las circunstancias -expone en relación a Iglesias y Puigdemont-. Mi madre, que vivía en la casa de enfrente, vio cómo unos alemanes borrachos intentaban entrar en casa de mi tío. Llamaron a la policía y aparecieron agentes franceses. Se armó una tremenda, pero no lo cogieron".

La enfermedad y la consolidación en Francia del ejército alemán recluyeron cada vez más a Manuel Azaña. Así llegó a Montauban, donde tuvieron que encerrarle en una habitación de hotel. Lo custodiaban su mujer, Dolores Rivas Cherif, y algunos amigos de confianza, entre ellos un militar -por si acaso-.

Aquejado de sus problemas neurológicos, se levantaba de madrugada. Sudando. Con una pesadilla recurrente: los nazis habían conseguido prenderle. Allí murió. Delgado y consumido.

"El señor Iglesias tiene todos mis respetos. Puede decir lo que quiera donde quiera, pero creo que no pensó mucho antes de hablar", concluye María José. Recientemente, tal y como informó este periódico, los Azaña -sus sobrinos nietos son los descendientes más cercanos- se postularon en contra de repatriar los restos, tal y como propuso el Gobierno. Sí están dispuestos a negociar la creación de una fundación, proyecto que Pedro Sánchez también tiene en la cabeza.

Antony Jones Chaves

Si Manuel Azaña -para los aciertos y los errores- fue conocido como el "hombre de la República", Chaves Nogales fue su cronista más influyente. Encargado de la redacción del diario Ahora, reunió en sus páginas a los mejores escritores del momento: de Baroja a Valle-Inclán pasando por Unamuno.

En su casa de la Cuesta de San Vicente -los Chaves vivían en el mismo edificio donde estaba el periódico- cenaba con frecuencia Azaña, que le decía al periodista: "Tienes que ser alcalde de Madrid". Una oferta que el narrador sevillano siquiera contempló.

Chaves dejó la capital casi al mismo tiempo que el Gobierno de la República. Se asentó con su familia en Francia. Primer exilio. De ahí, perseguido por la Gestapo, a Londres. Esa vez él solo, como único modo de que la familia preservara su seguridad.

"Un exilio es difícil de imaginar para el que no lo ha vivido. Hoy, la movilidad y la migración son aspectos más corrientes. Cambiar de residencia es habitual. Pero en aquella época no era tan fácil viajar, y menos en plena guerra", introduce Antony Jones Chaves, nieto del periodista, en conversación con EL ESPAÑOL.

Ya en relación a Puigdemont, señala: "Es importante distinguir entre los individuos obligados a tomar la terrible decisión de abandonar su país y los que lo hacen libremente. La esperanza del regreso también es determinante para definir el exilio".

Jones menciona las "pocas cartas" que Chaves logró enviar -camuflando la identidad- desde Londres a los suyos: "Expresa su tristeza y su desolación por estar separado de su familia".

No obstante, como bien indica Jones, el miedo a la vida arrebatada puede acabar empujando al exiliado a ver la luz en su forzado viaje: "Hay momentos en los que mi abuelo percibía que era mejor afrontar el exilio". Y acude al prólogo de A sangre y fuego:

Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que partieron España (...) Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea este un lujo excesivo. Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria (...) Es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.

-¿Cómo cree que se percibe hoy el exilio de su abuelo?

-Pienso que se reconoce como una tragedia y una injusticia. Un exilio forzado por ser honesto, por mantener su integridad periodística. Fue muy duro para él y su familia. Chaves estaba comprometido, por su oficio y su carácter, con la búsqueda de la verdad y el relato de la realidad. Recordará su frase: "Un hombre como yo, por insignificante que fuese, había cometido méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos o por los otros".

-¿Qué le respondería a Pablo Iglesias?

-No es bueno, ni siquiera razonable, comparar un caso con otro. No creo que nadie pueda, tras reflexionar, afirmar que se puedan comparar ambas situaciones. La vida de Chaves y de su familia fue precaria. Mi abuelo murió solo en Londres. Mi abuela, mi madre y sus hermanos lo pasaron fatal para salir adelante.

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