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La sinestesia

Un joven llamado Wolfang Köler, que con el tiempo terminaría siendo el Presidente de la Asociación Americana de Psicología a mediados del siglo XX llegó a Canarias en 1913 con la misión de dirigir la Estación de Antropoides de Tenerife. Pero el estallido de la I Guerra Mundial provocó el cierre de las instalaciones en 1919 y Köler permaneció refugiado en el Atlántico. Durante tiempo el científico aprovechó para investigar la relación que las personas establecían entre las formas y los sonidos. Se preguntaba si era algo arbitrario, individual o si había una ley universal en la percepción de todos los humanos. Realizó dos dibujos, uno de formas picudas y otro de formas redondeadas. Se las enseñó a cientos de hispano hablantes y todos relacionaban la primera con sonidos chirriantes o desagradables y la redonda con sonidos armónicos y agradables.

Köler publicó las conclusiones de su estudio en 1929 pero nadie le dio importancia hasta que, en 2001, Vilayanur S. Ramachandran y Edward Hubbard, investigadores de la Universidad de California, lo rescataron en su estudio sobre la sinestesia. La sinestesia es una variación no patológica de la percepción humana. Las personas sinestésicas experimentan de forma automática e involuntaria la activación de una vía sensorial o cognitiva adicional en respuesta a estímulos concretos. Por ejemplo, pueden ver un color cuando escuchan una nota musical, o percibir tacto en su mejilla derecha cuando saborean un alimento. Estas percepciones son idiosincrásicas, es decir, cada persona percibe unos colores/olores/sonidos y sensaciones físicas, etc. concretos y diferentes. Aunque en algunas páginas de internet se dice que la sinestesia es una mezcla de sentidos, esto es inexacto: en la sinestesia hay especificidad sensorial, es decir, los sonidos se escuchan como sonidos, el color en el que aparecen escritas estas letras se percibe correctamente (negro) y la sinestesia es una sensación adicional (se percibe un sonido correctamente tal y como es, y además, un color).

Vilayanur S. Ramachandran y Edward Hubbard Trataban de descubrir por qué un sentido muchas veces produce la reacción de otro. Por ejemplo, una imagen puede provocar un sabor (la foto de una playa al gusto de una cerveza fría); un color a un sabor (el ácido de un limón al color amarillo), etc. Repitieron el experimento con individuos de habla anglosajona y los resultados fueron los mismos: llegaron a la conclusión de que los sentidos están interconectados o, dicho de otro modo, la percepción es polisensorial. Aquel experimento rudimentario podrían situarse hoy en día en los cimientos de disciplinas como el diseño sensorial. Por ello, hay que tener en cuenta que retenemos más sensaciones que datos.

Esto nos lleva a deducir que lo visual, el gusto, el olfato, la textura, la temperatura y el contraste son los elementos que construyen las experiencias. Retenemos más las sensaciones que los datos.

Si tomamos un vino que nos guste, quizás con el tiempo olvidemos su nombre, pero recordaremos el placer sensorial que nos produjo. Por ello, al tomar un vino debemos mirarlo, recrearnos en su color y matices, en cómo se desliza en el interior de la copa, llevárnoslo a la nariz y buscar qué sensaciones y recuerdos nos evoca, y al fin llevárnoslo a la boca y notar su sabor, su tacto y su retrogusto, el sabor que nos deja en la boca tras tragar un sorbo.

Daniel Ospina, experto en narrativa de los sentidos opinaba que “es un tema de memorias y asociaciones. Lo primero que percibimos siempre es el tono de las cosas y llegamos al pico de las sensaciones al final de la experiencia”.

Nos falta incorporar el sentido del oído a la cata del vino, pero ya hay científicos trabajando en algunas teorías que asocian una nota musical concreta al sonido de un vino también concreto en una copa. Es decir, que ese vino siempre producirá la nota “do”, por ejemplo, al ser vertido.

Así que, abran su mente y abran sus sentidos.

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