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La promesa de Netanyahu de incorporar el Jordán a Israel indigna a los árabes

El mundo condena los afanes expansionistas de Beniamin Netanyahu. Pero el mundo no vota en las elecciones israelíes del próximo martes. El conejo en la chistera de Bibi no es del todo nuevo. Su promesa de anexionar el margen occidental del Jordán ya había sido insinuada antes de las elecciones de abril, que terminaron en tablas. Pero ahora lo explicita como parte integrante del “plan de paz” en ciernes de Jared Kushner, que además de yerno de Donald Trump es hijo de uno de los mejores amigos de Netanyahu en la comunidad judía de EE.UU.

Así que el plan de Netanyahu y Kushner choca con la legalidad internacional y entierra Palestina y, con ella, cualquier posibilidad de concordia. El presidente palestino, Mahmud Abbash, ya ha advertido que, de llevarse a cabo el atropello, todos los acuerdos suscritos con Israel quedarán en papel mojado.

Netanyahu lanzó lo que para algunos es una bomba y para otros pirotecnia electoral, con preaviso y ante un mapa. “Anuncio mi intención de aplicar, en un futuro gobierno, la soberanía de Israel al valle del Jordán y el ­norte del mar Muerto”. Un portavoz de la UE ha advertido que esto “pondría en peligro las perspectivas de una paz duradera”. Francia, en concreto, no apoyará “nada que atente contra la solución de dos Estados, con capital en Jerusalén”. Rusia se ha manifestado en los mismos términos y en contra de “una escalada de tensión”. Hoy, por cierto, Netanyahu se reúne en Sochi con Vladímir Putin.

La Organización para la Cooperación Islámica y la Liga Árabe, por su parte, convocaron reuniones de urgencia. Mientras que el Consejo de Cooperación del Golfo habla de “provocación peligrosa”. Pero está por ver hasta qué punto la solidaridad verbal con los palestinos va acompañada de acciones. En los últimos años, Israel ha trenzado una alianza implícita con los regímenes de Arabia Saudí, Egipto y Emiratos Árabes Unidos, con Irán en la diana.

Control

Los cultivadores de dátiles del valle dicen que es como si ya fueran colonia israelí

De hecho, los países que más alto hablan en nombre de los palestinos –Turquía e Irán– ni siquiera son árabes. Ankara condenaba ayer lo que califica de “racismo”. Mientras que Hizbulah, aliado libanés de Teherán, culpa a los países árabes del Golfo “por envalentonar a Netanyahu”.

Asimismo Jordania, un firme aliado de EE.UU., se ha mostrado singularmente duro con el anuncio de Netanyahu sobre el río que comparte y que le da nombre. A Ammán le preocupa su empeño por hacer inviable, no ya Palestina, sino la permanencia de los palestinos en su tierra natal. Teme una nueva ola de refugiados, que se añadiría a otras más antiguas –que cambiaron el reino– y a la más reciente de sirios.

“Arrastrará a la violencia a toda la región”, ha dicho el ministro de Exteriores de Jordania. Mientras que el presidente del Parlamento ha avisado de que el acuerdo de paz suscrito con Israel hace un cuarto de siglo –Egipto es el otro país árabe que lo ha hecho– quedará en agua de borrajas.

En realidad, el oeste del valle del Jordán hace cincuenta y dos años que está bajo control israelí. No lo está Jericó ni lo estará: sólo todo lo que la rodea. Los palestinos, que cultivan dátiles, ni siquiera tienen acceso al 85% de las tierras. En cambio, los diez mil colonos israelíes están de fiesta.

La fanfarronería colonizadora del primer ministro israelí en funciones no consigue tapar su disgusto por la patada en el trasero propinada por Donald Trump a John Bolton, ya ex Asesor Nacional de Seguridad de EE.UU. Bolton era su más estrecho aliado en el actual asedio a Irán.

El Jordán, que discurre entre el lago de Tiberíades y el mar Muerto, es poco más que un riachuelo. Pero Netanyahu ha logrado canalizar el debate hacia su terreno. Las legislativas están muy reñidas y anexionarse la campaña es ya un logro. Ahora el Jordán centra el debate y corre un tupido velo sobre su próximo juicio por corrupción y malversación.

Aun así, la página oficial de Netanyahu en Facebook ofrecía anteayer un mensaje desquiciado: “Los árabes quieren aniquilarnos a todos, hombres, mujeres y niños. No entreguéis Israel a la izquierda y a los que quieren destruirnos”. El Likud dijo luego que era un error del gestor de redes.

Pero Netanyahu ya no es imbatible. Tan militarizado como fracturado, Israel vota tras una larga etapa de crecimiento. Aunque ha dejado rezagados a uno de cada cinco israelíes. 1,8 millones viven bajo el umbral de la pobreza. La carestía y la desigualdad son la otra cara del milagro israelí. Y estas sí que votan.

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