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La odisea de ser músico 'jevi' en Irán: letras supervisadas por el Gobierno... y nada de bailar en los conciertos

Como el chaval de mi lado siga cabeceando tan enérgicamente, va a dislocarse el pescuezo. El joven agita su cabeza con cada baquetazo de Puyá Shitré, cuernea manos al cielo cuando Alí Karimí zarpa un riff de guitarra y berrea al alimón con Soheil Avaj, vocalista de la banda de rock Artamene.

Esta noche, los músicos han desbloqueado tres logros casi inalcanzables en Irán: obtener una licencia del Gobierno para actuar en público, llenar el auditorio municipal de la torre Azadi de metaleros desatados y que, a pesar de todo ello, nadie entre el agitado público -entregado tanto o más que mi eléctrico vecino de butaca- haya cometido la peligrosa osadía de levantarse del asiento durante el concierto.

Porque, al fin y al cabo, esto es Irán, ahora bajo el foco mediático internacional tras la escalada de tensión con Estados Unidos por el asesinato del general Qasem Soleimani, hombre fuerte del sistema. En la rigorista República Islámica un género musical como el rock puede ser acusado de «intoxicación occidental», las letras de sus temas o la simbología asociada a ciertos subgéneros como el heavy metal puede ser juzgada por blasfemia, y en los recitales de música, está terminantemente prohibido ponerse en pie para bailar. Además, no superar el severo proceso de escrutinio del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica, que no reconoce el estilo metal por sus estereotipos negativos, supone no poder pisar un gran escenario.

Los Artamene son astutos. Han logrado recibir la aprobación oficial unas pocas veces, tras sortear obstáculos que en nuestro país serían inconcebibles, para llegar en directo a su legión de camisetas negras, chupas de cuero y tejanos raídos. Han sabido sobreponerse a cancelaciones de última hora por motivos de lo más variopintos. «Lo último que nos han dicho es que debemos rebajar el tono de nuestros conciertos, porque la guitarra eléctrica es demasiado excitante», recuerda con una media sonrisa Puyá, el fornido señor de la batería, de mirada bonachona y cabellera atusada.

Pedram, el fundador de la banda, explica cómo comenzó su aventura hace cinco años. Sin fondos ni permiso, no les quedó otra que darse a conocer ofreciendo pequeñas sesiones underground para un puñado de fieles. Dos años después, en busca de abrir la escena al gran público, se aventuraron a obtener el permiso de las autoridades, que les exigieron presenciar audiciones previas, someterse a una revisión ética y revisar al detalle las letras de sus temas, así como las de las versiones que planeaban tocar en salas, traducidas al persa.

Un tema de Taburete fácilmente pasaría la censura; uno de Metallica, no tanto: Mi madre era una bruja, fue quemada viva / Zorrita ingrata, oh, la de lágrimas que vertí, arranca la canción Am I Evil de la formación de Los Ángeles. Un gran dolor de cabeza para los Artamene, el día en que quisieron tocarla. «Tuvimos que evitar cantarla y, en su lugar, hacerla instrumental», dice Alí. Aunque se da por hecho que referencias religiosas, políticas o reivindicativas pueden activar la alarma de los censores, la línea roja es, en verdad, difusa. «Nunca podemos saber de antemano qué letras podrían causarnos problemas», zanja Pedram. «Tratamos siempre de ser fieles a la versión original, pero a veces toca hacer arreglos para no perder el permiso».

En los últimos años, el ejecutivo centrista de Hasan Rohani ha rebajado cierta presión sobre la industria cultural, lo que ha permitido que artistas locales e internacionales cosechen grandes aplausos del siempre agradecido público iraní. Un buen ejemplo son los Gipsy Kings, convertidos en unos ídolos que han reventado taquillas cada vez que han pasado por Teherán. Pero, mientras estilos como el pop se han ganado el favor de las autoridades, el heavy metal es desfavorecido a la hora de facilitar salas de concierto y generar ganancias, pese a llenar salas cada vez que tiene la oportunidad de escucharse desde un escenario. La razón es que, ante los obstáculos políticos y económicos, Instagram y un tímido circuito alternativo, extendido por cada vez más ciudades de provincia, han pasado a ser el gran caladero de fans millennial.

Sin embargo, hubo un tiempo en que internet no era más que una idea en mentes como la de Asimov. Y que la teocracia iraní, establecida tras la Revolución de 1979, vivía completamente de espaldas a Occidente. Por aquellos años, el músico Farshid Arabí, a quien muchos consideran el padre del heavy metal patrio, debía procurarse cintas de casete de artistas como los Bee Gees o Pink Floyd, traídas de contrabando desde Irak, y escucharlas furtivamente en su hogar. Aquella generación de chavales iraníes, que trataban de iniciarse en la música, hacía un pan con unas tortas.

«No teníamos nada. ¡Nada!», recuerda Arabí. «Tocaba compartir las cintas entre amigos. Quienes pertenecían a la generación anterior -bajo la monarquía Pahleví- nos enseñaban a tocar la guitarra eléctrica. Pero teníamos muy pocos instrumentos. ¡Incluso, si se nos rompía una cuerda, necesitábamos repararla!», dice. Otros tiempos. Arabí enseña guitarra en una academia teheraní. «Muchos jóvenes hoy aprenden repitiendo una y otra vez riffs de guitarra hallados en Internet. Pero todavía nos falta una escena musical amplia, que motive la creatividad».

Farshid Arabí fundó un estilo propio agarrando de ahí y de aquí. Su último álbum combina el gracejo de las letras e instrumentos tradicionales iraníes, como el tar, con la energía de bajos, guitarras eléctricas y baterías. Una senda que siguieron hace 20 años, con éxito, grupos como Ohum. La piedra angular de su propuesta es el poeta y místico Hafiz de Shiraz, cuyas obras, escritas hace 700 años, expresan la esencia del pueblo persa. Pasarlas por el cedazo del rock ha parecido una genialidad a la mayoría y un insulto a unos pocos.

«Aunque los poemas de Hafiz no requieren de permiso para ser recitados, antaño no lo obtuvimos», matizan los Ohum, en aras de sacar su disco con licencia oficial. En su proceso de creación, la música viene antes que la letra. «A veces, oír una melodía actual o antigua en la radio, o hallar un simple ritmo de batería, desata nuestra inspiración. Luego, encontramos un poema adecuado», explican.

Ohum cree que su música ha servido para que los iraníes más jóvenes echen la vista atrás y aprecien su legado cultural. Aunque sea a ritmo endiablado y usando instrumentos nacidos en lo que hoy muchos aquí siguen describiendo como el Satanás de Occidente. «Nuestro trabajo ha alentado a la próxima generación para que no tema y se arriesgue a probar cosas nuevas. Hemos hecho del rock un estilo respetable en Irán, donde aparecerán figuras audaces e innovadoras. Tengo muchas esperanzas vertidas en el rock iraní».

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