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La muerte del fútbol

El anuncio de la creación de la Superliga Europea capitaneada por el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, guarda el viejo interés de gestionar los derechos económicos del fútbol de manera absolutamente cerrada, virando desde el modelo de gestión público-privada tradicional a otro al estilo de la NBA estadounidense, concebida a modo de gran industria del entretenimiento totalmente ajena a la transmisión de los valores saludables del deporte, que se articulan por las autoridades competentes por otros cauces distintos.

Confluyen en la iniciativa factores que van desde la falta de capacidad económica de los clubes para retener o fichar a los futbolistas más apreciados hasta la temida competencia con los jeques de países lejanos (por decirlo en la jerga del presidente Aznar, madridista confeso) que amenazan con reventar la débil estructura de sus economías. Detrás de esto se intuye también una cierta concepción aristocrática del mundo del fútbol, donde unos pocos que dominan el mercado se creen con la legitimidad suficiente para manejarlo a su antojo amenazando con crear una brecha insalvable entre ellos y el resto. ¿O no tiene algo de clasismo excluyente eso de llamar "invitados" a los pocos agraciados que tengan la oportunidad de entrar en su selecto club?

El disparate de la Superliga, aparte de dejar sin sentido ese sentimiento identitario, mucho más asentado aquí que en otros deportes, del pez chico comiéndose al grande (ya nadie podrá decir eso tan futbolero de "no hay enemigo pequeño"), supone además un auténtico golpe a la línea de flotación de las estructuras mismas del deporte base, que (mal) viven de los de los recursos que obtiene la Federación de la organización de los torneos del fútbol profesional. Por eso no extraña la inmediata reacción contraria que se ha producido en casi todos los países europeos, a todos los niveles.

Posiblemente todo esto quede en un amago que en el corto plazo busque aumentar los ingresos de los clubes más poderosos dentro del sistema establecido para calmar las ansias megalómanas de algunos, pero los vientos de la globalización y la progresiva deslocalización del entretenimiento no auguran nada bueno. Para nuestra concepción del fútbol, heredada más que aprendida que diría el poeta, lo local siempre se ha impuesto a lo global, y el día que eso deje de ser así habrá muerto tal y como lo hemos conocido.

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