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La mano en la boca del lobo

No se le piden medias tintas ya a este Sevilla de Julen Lopetegui que necesita salir del bache en el que ha entrado y que tiene al que puede considerarse su peor enemigo enfrente, un Getafe que amenaza con comerle la tostá y que además anda recibiendo elogios tras su exhibición –a su manera– ante el Ajax. Quizá es lo mejor que le pueda pasar a los intereses del Sevilla, que los de Bordalás, no acostumbrados al piropo, anden descentrados y por ahí puedan meter mano los nervionenses.

Pero ojo porque se trata de meter la mano nada menos que en la boca del lobo, en un escenario históricamente antipático y esquivo para el Sevilla y con un tipo de fútbol al que cuesta adaptarse. Aquí perdió la temporada pasada gran parte de sus opciones de Champions con Caparrós en el banquillo. Aquel 3-0 junto a otras espantás como el 0-3 ante el Leganés en casa con exhibición del hoy sevillista En-Nesyri devolvieron a la realidad al proyecto del utrerano, que poco después de estas fechas ya se había cobrado la víctima de Pablo Machín para ponerse él mismo a las riendas del carro.

Aquí también se esfumó una Champions (igualmente con Caparrós) con aquel gol fallado por Renato, aunque de aquello hace ya mucho tiempo y lo que cuenta es que este Sevilla busca un golpe de efecto que bien sería lograr una victoria que le haría recuperar la tercera plaza con permiso del Atlético de Simeone, que recibe hoy al Villarreal, con lo que todos estaremos de acuerdo en que sería darse con un canto en los dientes tal y como están los presupuestos y los repartos económicos en la competición.

El Sevilla se ha desaplicado en el último mes. Es cierto, aunque quizá tampoco merezca el volumen de críticas –al menos la ferocidad de algunas– que ha recibido. Lopetegui necesita volver a ajustar determinadas cuestiones para que se vuelva a ver a ese Sevilla reconocible que fue como un cohete en el arranque liguero.

La imagen en Rumanía no ha ayudado, está claro, pero en estos casos hay que quedarse con el resultado y éste permite que las cosas acaben como tienen que acabar al calor y el empuje del Sánchez-Pizjuán. Pero eso será otra historia y antes deben los de Lopetegui meterle mano a esta especie de final que requiere una adaptación especial. La presión fuerte de Bordalás, ese juego físico y en largo, las disputas, los duelos individuales... son cuestiones que tendrán su importancia y que en muchos casos dependerá de la pericia, intensidad y actitud de los jugadores y no tanto del entrenador.

Éste, evidentemente, debe acertar en tres o cuatro cuestiones que están haciendo que le duela la cabeza. Recuperar al mejor Ocampos sin sacrificar lo que está aportando Suso es una de ellas, reajustar el sistema defensivo y mover alguna pieza en la defensa –quién sabe si dejar ya a Koundé en el lateral derecho de salida– son puntos calientes que debe acometer un Lopetegui que, si bien nunca tuvo el cariño pleno de la afición, se está despegando demasiado de ella.

No es una final, pero a nadie se le escapa que llega una época en la que los partidos empiezan a perecerse a finales, mucho más con la falta de temple que cada vez más se ve en el fútbol, donde las prisas y los nervios a veces nublan el horizonte.

El Sevilla tiene que enderezar su rumbo ya. No puede esperar más porque la afición se desespera pese que el tercero, precisamente el Getafe, está a dos puntos.