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La mano de Dios, la mano de Diego

Argentina quedó este miércoles paralizada. Estupefacta como nunca. En sepulcral silencio, sufriendo por la marcha terrenal de un Maradona que creía inmortal. Ahora será su leyenda, que nació hace tiempo y que cobró más notoriedad durante estos últimos años desordenados y desorientados, lo que le situará como la estrella más fulgurante. Los periódicos tenían preparado, quizá desde hace décadas, el epitafio del más grande, que despertó amores y odios por igual. Un Diego Armando Maradona al que se le recordará por ese imborrable Mundial 86, por levantar la Copa dorada con un equipo más que limitado, por vestirse de barrilete cósmico para desparramar a tanto inglés por los suelos y por la mano de Dios. Un gol, el primero a Inglaterra, que le describe de pies a cabeza. Un símbolo que será siempre eterno.

Aquel 22 de julio de 1986, británicos y argentinos buscaban un lugar en semifinales. Y en el minuto 51 de un partido bastante atascado, el de Villa Fiorito cometió quizás la acción más antirreglamentaria de la historia del fútbol, pero que describe la idiosincrasia de un pueblo argentino que sufría en sus huesos todavía la guerra de Las Malvinas como un recuerdo demasiado cercano. En aquel instante, Jorge Valdano intentó devolver una pared al Diez pero Steve Hodge se anticipó y el rebote fue hacia el portero Peter Shilton. El Pelusa, el argentino más argentino de todos cuando de la selección albiceleste se trataba, fue a buscar el balón sabiendo que el mítico guardameta de Leicester era veinte centímetros más alto. Poco le importaban a Maradona esas minucias. Y saltó como nunca, pero tampoco fue suficiente. Y casi en una acción de reflejo, y sacando a pasear su perfil más canalla, extendió ese brazo izquierdo para dar un pequeño toque al balón, que rodó dentro de la red tranquilamente, incluso con cierta elegancia, para decretar el 1-0.

Todo un país se unió entonces en un grito. Maradona, en su festejo, giró en dos ocasiones para ver si el árbitro, un tunecino, Ali Bennaceur, rodeado por ingleses, arruinaba ese momento. Y se salió con la suya. Y con la de todo un pueblo que veía en ese acto ilegal una venganza por aquella guerra inútil a la que muchos jóvenes se vieron arrastrados por una Junta Militar en descomposición. Porque ese gol, que hoy el VAR hubiese invalidado, quizás se gritó más que el posterior, el de la 'apilada', el del siglo, el que inmortalizó en su relato Víctor Hugo Morales. Por todo lo que significó, por lo que unificó, porque solo Maradona podría haberlo firmado. Porque, años después, el propio Pelusa diría que ese tanto fue «como robarle la billetera a los ingleses». Hoy, un país de luto y huérfano de su hijo más pícaro llora su partida y reivindica, más que nunca, ese gol.

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