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La hora de China

El Gobierno de Pekín trata de que se olvide su responsabilidad en el origen y propagación del virus distribuyendo sus vacunas

Hace unos trece meses, a principios del año de la Rata en el calendario astrológico de China, desde la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, nos empezaron a llegar preocupantes noticias de un misterioso virus que provocaba una extraña enfermedad que conducía en muchos casos a la muerte. Al principio, apenas nos preocupamos a pesar de que las noticias eran cada vez más alarmantes: el virus se extendía silenciosamente por el país y los chinos tomaban medidas contundentes confinando a la gente sin miramientos y con altas dosis de brutalidad, cerrando ciudades, villas y aldeas. Se limitaba la entrada a los extranjeros y los desplazamientos por el interior también se limitaban o prohibían.

A pesar de todo, pensábamos que aquello estaba muy lejos y no iba a afectarnos a nosotros. China estaba muy lejos como para inquietarnos lo que allí sucedía. Desde China, históricamente, nos habían llegado noticias de catástrofes como grandes inundaciones, monzones furiosos, lluvias interminables o terremotos mortíferos. Todos estos violentos fenómenos de la naturaleza se quedaban allí y por eso pensábamos que el extraño virus también se quedaría. No fue así. El virus saltó de continente en continente y lo que iba a ser epidemia local, pronto se convirtió en pandemia mundial con los dramáticos resultados y el cortejo de muertos que todos conocemos. Con unas medidas extremas, China logró controlar el coronavirus, aunque sin eliminarlo del todo, ya que de vez en cuando aparecen nuevos brotes que reprimen y eliminan con la misma violencia y efectividad que lo hacen con los enemigos del régimen comunista. 

Ha pasado más de un año, el de la Rata ha terminado y hace unos días los chinos celebraron con un colorido entusiasta la llegada del año del Buey, un animal mucho más fuerte para ilustrar los tiempos de optimismo que se abren en el viejo Imperio del Medio. Claro que oficialmente se hacen algunas trampas con los números para disimular los efectos devastadores del azote. El balance oficial de muertos es de 4.829, una cifra muy inferior a la realidad. En otros países también se dieron cifras inferiores a las reales, pero no tan exageradas. Creo que los chinos lo hacen como contrapeso a los 500.000 muertos que reconoce Estados Unidos. China ya ha declarado el fin de la pandemia en su territorio y ahora comienza el análisis y la propaganda. 

No en vano China celebra el próximo 1 de julio el primer centenario del Partido Comunista de China y quiere conmemorarlo por todo lo alto, por encima de las nubes y más allá de las estrellas como se dice en un poema atribuido a Mao Zedong, su mítico fundador y Gran Timonel durante más de 60 años. A lo largo de los verdes tiempos de Mao, el partido dio varios clamorosos bandazos tanto en los planteamientos económicos como en los ideológicos. Basta recordar el fracaso del Gran Salto Adelante en lo económico y la histeria ideológica de la disparatada Revolución Cultural.

El presidente Xi Jinping vive momentos de gloriosa euforia y así lo proclamó en el discurso del pasado fin de año, cuando dijo: “Después de haber superado peligrosos vientos de fondo, después de afrontar tempestades y torbellinos, nuestro Partido, se ha revelado un barco fiable que conduce a China por un desarrollo regular y duradero”, En la mayor parte de ese discurso se dedicó a resaltar los logros económicos y tenía razones para ello. China ha sido la única gran economía desarrollada que tuvo un crecimiento positivo del 2,3% en el año 2020, en los demás todas cayeron. Estados Unidos bajó un 3,4% y la media de la Unión Europea descendió un 6,8%. 

Según los cálculos del Centro de Economía e Investigaciones de Negocios de Londres, China se convertirá en líder de las economías mundiales en el próximo 2028. Basándose en esos datos, la maquinaria de propaganda de Pekín atribuye los logros a la eficacia del “glorioso Partido Comunista” en la celebración de su simbólico centenario. A partir de mayo hasta el 1 de julio, China se convertirá en un permanente show de desfiles, músicas, verbenas de colores, películas de ficción, documentales y series históricas para gloria del régimen y de su “inigualable” líder, Xi Pinjing. El orgullo del régimen se sustenta en que de país pobre haya pasado, en solo tres décadas, a ser la primera potencia económica mundial. Enfervorizada por estos éxitos, la diplomacia china rechaza las acusaciones de no respetar los más elementales derechos humanos, ni las violentas represiones contra los que luchan por la democracia y la libertad en Hong Kong así como las sangrientas persecuciones contra la etnia aigur en la región de Sinjian. Los aigures son una etnia curiosa que suma 11 millones de personas en China, practican la religión musulmana y poseen una lengua propia de orígenes inciertos.

Paralelamente la diplomacia china exhibe su altruismo con el apoyo a países subdesarrollados o emergentes construyéndoles grandes estructuras como las de la recuperación de la Ruta de la Seda. En esta época de pospandemia, con el planeta sufriendo la mayor recesión después de la Segunda Guerra Mundial, China está exportando como nunca. El coronavirus fue para el Imperio Medio una gran oportunidad y la aprovechó enviando para el extranjero 220 mil millones de mascarillas quirúrgicas, 2,3 millones de equipos de protección, aparte de una enorme cantidad de aparatos tecnológicos de los tipos más diversos. En los puertos de Shanghai, Ningbo-Zhoushan y en otros de menores dimensiones se mueven con un ritmo trepidante miles de barcos y millones de contenedores con cargamentos destinados a los Estados Unidos, a la Unión Europea y para otros muchos puntos de la tierra. Los precios del transporte marítimo subieron como globos en aires tranquilos. Crecieron en el último año un 150%. 

El Gobierno de Pekín trata de que se olvide su responsabilidad en el origen y propagación del virus distribuyendo sus vacunas Sinofarm y Sinovac de una manera generosa por los países más necesitados. Se está vacunando con vacunas chinas en Marruecos, en Argentina, en Hungría y en otros 53 países del planeta donde se presentan como benefactores. La operación pone de relieve la capacidad científica y tecnológica de los investigadores chinos. 

En los próximos años veremos un duelo dramático entre la América de Joe Biden y la China de Xi Jinping disputándose el cetro mundial de la primacía económica. Los dos se temen. Con Trump era distinto, facilitó la importación con aranceles bajos y no le importaba lo que hicieran los chinos con los derechos humanos y las represiones en Hong Kong y Xinjian. Con Biden es diferente. 

Los dos se temen y se respetan. El pasado día 12 de febrero, los dos líderes mantuvieron una conversación telefónica de  dos horas. Se conocen muy bien de los tiempos en que ambos eran vicepresidentes. Los primeros minutos fueron para el recuerdo y la nostalgia como el sabor de los raviolis a la pekinesa que habían degustado juntos en 2011. Recuerdos de viejos amigos. Ahora Biden sabe y así se lo ha dicho al circulo más intimo de colaboradores: “si no hacemos las cosas bien nos aplastaran”. Xi Jinping teme que si Joe Biden aglutina las democracias en torno a los Estados Unidos la posición de China será más difícil. Pekín utilizará su enorme peso económico para evitar el aislamiento. 

Veremos un apasionante combate entre los dos enemigos estratégicos. 

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