Spain

La hecatombe

Se nos acaban las etiquetas para clasificar la senda de infortunio económico que hemos emprendido los españoles. Se dijo crisis, depresión, desaceleración, ralentización, recesión, parón, retroceso. Realmente esto es un desastre, un descuajeringue, una catástrofe, o más propiamente una hecatombe. En griego clásico (y luego en latín) significaba "sacrificio de cien bueyes". No era literal, el monto de cien significaba una gran cantidad, algo exagerado, extraordinario o indefinido. Lo hemos heredado en la expresión "ciento y la madre" o "con cien cañones por banda".

Decimos la hecatombe porque las crisis anteriores no fueron tan graves, con serlo: la de 1929 (el desplome de la Bolsa de Nueva York), la de 1973 (la crisis del petróleo), la de 2007 (el pánico financiero). Curiosamente, después de cada una de esas fechas en España ha habido un cambio drástico de Gobierno o de régimen. Cuidado con las coincidencias históricas, que no son azarosas.

Una vez más, y ahora de forma desmesurada, la hecatombe de 2020 es mundial. La causa inmediata ha sido la epidemia mal gestionada del virus de China. En España se ha alcanzado la tasa de mortalidad más alta del mundo; ya es un triste récord. Al final, después de dos meses de epidemia, en España se ha adoptado la solución tradicional del confinamiento, que es la misma a la que se recurría en los tiempos históricos de pestes y epidemias. Ahora es una solución más drástica, pues la economía se basa en la intensa movilidad de personas y mercancías.

La pregunta que nos hacemos los españoles es: si el confinamiento ha sido una medida necesaria, ¿por qué se tardó tanto en adoptarla? Más. Si las medidas de protección clínica (guantes, batas impermeables, mascarillas, etc.) son tan efectivas, ¿por qué no se empezaron a fabricar en masa hace dos meses? Si la curva de la incidencia del virus se está aplanando desde hace un mes, ¿por qué se siguen instalando lazaretos? Todo apunta a una colosal incompetencia de las llamadas ‘autoridades sanitarias’. Por cierto, se nos oculta cuidadosamente la identidad de los expertos que aconsejan a tales autoridades. Convendría saber quiénes son, más que nada, porque habrá que pedirles responsabilidades políticas y aun penales. No se puede dejar pasar, así como así, la tasa de mortalidad más alta del mundo a causa de la pandemia.

Se ha dicho que las consecuencias del confinamiento de la población equivalen a una situación bélica. No es así del todo. En las guerras la actividad económica se desenvuelve al máximo, incluso de manera forzada o extrema, solo que orientada a la producción militar; el consumo se restringe a través de las medidas de racionamiento. Ahora no hay nada de eso. El consumo se hace máximo (especialmente el del papel higiénico o el de cerveza, entre otros artículos) y la actividad fabril y de servicios se reduce a la nada. Al final, lo que se produce es un desmoronamiento de las actividades productivas, especialmente las relacionadas con el turismo y el comercio internacional. Pero resulta que esos dos rubros constituyen la base de la reciente prosperidad económica de los españoles. Así que la ruina resulta inevitable. No la hemos conocido nunca de tal magnitud en la España contemporánea, ni siquiera como consecuencia de la guerra civil de 1936, empalmada con la segunda guerra mundial.

Lo peor es que el suceso nos ha pillado por sorpresa, dirigidos, además, los españoles por un Gobierno que es el epítome de la incompetencia. El dato más impresionante no va a ser solo el ejército de los seis millones de parados que vamos a tener que mantener en unos meses, millón arriba o abajo. La quiebra más sonora va a ser el millón de empresas, también más o menos, que van a declararse en quiebra. Va a ser inútil replantear la ley de presupuestos del Estado y no digamos la ley de eutanasia. Es evidente que el Estado no va a poder satisfacer el monto de las pensiones o de los subsidios de paro. Se acabó el ‘Estado de Bienestar’, si es que el ese sueño alguna vez se cumplió. Me temo que pronto se va a cumplir la maldición que tanto se niega: el desabastecimiento de artículos de alimentación en las tiendas. Volveremos a los mercadillos, el estraperlo y en algunos casos las hambrunas. Creíamos que todo eso había desaparecido de nuestra historia contemporánea. Será una lección de humildad. No hay que descartar una cierta vuelta de la población a las actividades agrarias y pesqueras. Parece una pesadilla y ojalá me equivoque. Por suerte, yo no acertaré a ver el resultado más probable. Pero otros seguirán en la inacabable posesión de las generaciones.

Como es natural, los peores presagios se podrían enderezar si llegáramos a contar con un Gobierno eficiente y responsable. Mas ese no es el caso por el momento. Antes bien, el Gobierno que tenemos padece de una grave asomatognosia, esto es, de incapacidad para saber dónde está, qué lugar ocupa en el espacio y en el tiempo. El presidente del Gobierno manifiesta una inusitada locuacidad, una facundia cantinflesca en sus admoniciones sabatinas, en sus conferencias de prensa, que no son ninguna de las dos cosas. Aunque sea el primer jefe de Gobierno español con un doctorado en Economía, es notoria la ausencia de razonamientos económicos en sus evanescentes homilías. A veces nos tutea y nos tacha de "compatriotas".

Total, que se impone una especie de GUN (Gobierno de Urgencia Nacional), ahora que tanto se prodigan los acrónimos. Lo integrarían los cinco partidos nacionales bajo la dirección del socialista, hasta tanto no se produzcan nuevas elecciones. Es así porque no se trata de un golpe de Estado. Pero, por favor, que no repitan carteras los ministros actuales, manifiestamente incompetentes. Debe ser un Gobierno de gestión, austero, técnico. Su misión inmediata tendría que ser convencernos de que los contribuyentes todos nos hemos de apretar el cinturón, pero con la premisa de una exquisita equidad. Habrán de concluir las generosas ayudas y subvenciones que ahora se dispensan con alegría a toda suerte de chiringuitos ideológicos, incluidos los sindicatos, las patronales y algunos medios de comunicación. El presupuesto del gasto público debe ser sumamente restringido, literalmente de guerra, solo que la campaña bélica es ahora la reconstrucción de la red económica. El panorama mundial va a experimentar una alteración drástica: se inaugura la era del imperio de China. Pero ese es otro cantar.

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