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La gruta de Las Encantadoras

Por estar protegidos por tres inmensas penínsulas; Luchana, La Atalaya y el Peñón del Castillo, Castro está inmerso en la historia de la mar. Sin estas tres penínsulas, que nos dan cobijo a los tempestuosos y violentos temporales del noroeste, en Castro no habría historia. Ni siquiera Roma se hubiese atrevido a atracar sus naves en nuestra zona y sin estos peñones, Alfonso VIII nunca hubiese osado darnos los fueros de Logroño en el 1163 y, si no es por estos peñones, que penetran a la mar, Castro no hubiese estado en las más grandes batallas y conquistas navales y muchísimo menos hubiese sido parte de las Cuatro Villas de la Costa. Simplemente en la actualidad, sería una costa sin nombre tal vez «La Costa de las Ondas» y lugar deseado por los grandes surfistas y desde luego, puedo asegurar que sería uno de los lugares del mundo más prestigiosos para coger olas y me sobran razones para afirmar esto, dado mi conocimiento del lugar y mi trayectoria profesional en la mar durante casi cincuenta años en donde durante varias décadas viví de los frutos del Cantábrico y hendí sus aguas con la proa de mis barcos, en los más duros temporales, de los que Gracias a Dios y después de mucho orar salí airoso.

Los viejos lobos de mar comparten recuerdos.
Los viejos lobos de mar comparten recuerdos. / Colección jesús garay

El Cantábrico azota y erosiona la roca a la velocidad de la dinamita y penetra por aquellos lugares de piedra más endeble, haciendo y formando farallones, covarones, ensenadas bucarones, callejones, calas, playas y grutas. Ese es el tributo que la costa del Cantábrico, toda ella, paga a la mar y nosotros en nuestra zona no íbamos a ser menos y por eso la costa castreña esta penetrada como un gigantesco queso de Gruyere, siendo grandes ejemplos el Portillo de Cotonera y Peña Cercada, el de Cerdigo y Portillo, la Ínsula o el Castro, la Lastra, la Punta del Rebanal, la Cala de la Piedra que se anda, la Pepina y el Hornillo hasta el fangal de la dársena de Urdiales, donde las grutas dieron cobijo a todas las procelosas olas oceánicas. Cotolino, Arciseri, Dícido, la Tejilla y sus grutas, Ontón con sus lastras, el Piquillo y sus cavernas, la punta de Lamié o punta las Brujas y sobre todo nuestras grutas y covarones como el del pedregal de la señora Santiaga, los bufaderos de la Atalaya y los más crueles para el pescador, para él y para todo el comercio marítimo en general que se practicó a través de la historia; los boquetes de Santa Ana o la Gruta de las Encantadoras, que las llamaban los niños de entonces al rugido de la mar, cuando penetraba por esos gigantescos boquetes.

La Grieta Mayor que aparece en este plano de Castro de 1874 es la gruta de Las Encantadoras.
La Grieta Mayor que aparece en este plano de Castro de 1874 es la gruta de Las Encantadoras. / Colección jesús garay

Hablo con experiencia y conocimiento de causa y esto que escribo, antes nunca se había dicho así, con esta contundencia. Castro nunca fue ese puerto que pudo ser, a consecuencia de esas grutas y escritos y documentación hay, del temor que existía a estar fondeado en la concha de Castro y que recalase mar de fondo. Fue un puerto fantástico con tiempos bonancibles y nada más. Sin rompeolas y los boquetes no había barco que pudiese permanecer seguro en el puerto y por mucho que se diga, la gran decadencia de Castro tuvo mucho que ver con el estropicio y miedo que producía a las armadas la furia que entraba por esas grandes grutas, que hasta los castreños las temían, y las temían tanto, que hasta le daban el misticismo de grandes males, hechizos y brujería, como así contaba Marcial Acebal Sertucha en un Fray Veras desde Rosario de Santa Fe en 1895: «La peña del Matiquiti, las Imeas, la de los Mallones, el Pedregal de San Guillén, la Cueva de las Encantadoras, la de la Virgen… Y estando durmiendo en la trainera del Pucho a Gabancho «alias» Manzanita, le sacaron las brujas y se lo llevaron a San Guillén, donde le obligaron a bailar con la más vieja del aquelarre».

«Hasta los castreños las temían, y las temían tanto, que hasta le daban el misticismo de grandes males, hechizos y brujería» javier garay

De siempre y por siempre, hasta que no se cerraron a cal y canto, los boquetes de Santa Ana, estos fueron la gran penuria de la mar en Castro. Entre los peñones que protegían Castro, varias grietas causadas erosiones milenarias, daban entrada a furiosas corrientes de agua que penetraban desde San Guillén a la dársena, donde a veces volcaban las embarcaciones, creando calamidad y miseria en el puerto de Castro. A pesar de que Castro Urdiales era un buen lugar de recalada cuando las galernas azotaban el Cantábrico, no lo eran tanto el pernoctar, el permanecer fondeados en la concha, aquí solo se venía a salvar la vida y hablamos antes de que se hiciese el rompeolas y se cerrasen los boquetes de Santa Ana. Sí, que con vientos del Oeste y sudoeste se podía fondear en Castro, pero nunca con los del noroeste y menos con nortes, que son los que hacen arrastre y resaca, sobre todo cuando por los boquetes de santa Ana entraba el agua como un cañón, imposibilitando la permanencia en la concha. A tal efecto se cerraron estos boquetes, por fin, en 1873, después de dejarse los castreños durante cientos de años: sangre sudor y lágrimas. Los boquetes, grutas, pasillos, entradas, bufaderos o coladeros de que hablamos eran grandes fisuras, gigantescas grutas naturales, por las que se introducía el agua y pasaba del Norte al Sur con ímpetu inusitado, diezmando a veces a las flotas.

Paisaje de la colina sagrada en 1894.
Paisaje de la colina sagrada en 1894. / Colección jesús garay

Esto dice de los boquetes un estudio de la época, echo por los ingenieros de de Santander y publicado en la Revista de Obras Publicas del año citado: «Son unas rocas que en dirección Este, se destacan en la punta del Castillo, que arrancando en el fondo de una misma restinga, se levantan considerablemente sobre la pleamar equinoccial, formando dos peñascos aislados, de los cuales el ultimo es el más considerable y sobre el cual esta edificada la ermita, que les da nombre. Esta última peña está atravesada por dos minas o pequeños túnele en dirección Norte, Sur, asi resultan ser cuatro los llamados boquetes de Santa Ana. La peña central está unida desde antiguo con el continente y con la peña exterior por medio de bóvedas cilíndricas, sobre las cuales se halla establecido el paso desde la costa a la ermita, cuyo paso no está en horizontal. La altura de intradós de la primera bóveda (gruta) está al nivel de la pleamar equinoccial a 11 con 6 metros y el segundo boquete es de 13 metros la altura, con una anchura de 15,60 y altura 5,84 y el otro boquete 6,68 metros y 2,50 metros. A través de estos canales, estaban en continua comunicación el mar exterior y la concha y en los grandes temporales las olas que venían con potente fuerza a estrellarse contra las peñas de Santa Ana, penetraban por el abocinamiento que formaban los boquetes, en cuyo transito adquirían una espantosa velocidad y desembocaban con gran fuerza en el interior de la concha, se corrían a lo largo del paramento exterior del dique Norte de la dársena y chocaban con el oleaje que rebasaba la punta nordeste de la peña de Santa Ana, produciéndose en esta zona, una agitación extraordinaria, que se extendía hasta la boca de la dársena. Ante tamaños perjuicios era unánime el deseo de los habitantes de Castro para que se cerrasen los boquetes y justificada la propuesta de los ingenieros para que así se verificase y por esto la obra en cuestión había de ser parte principal de cualquier mejora para la concha, se propusiera el cerramiento. Antiguamente parece que habían estado cerrados estos boquetes habiéndose establecido la obra con este objeto en la extremidad interior de los canales que constituyen los boquetes. La nueva obra se levantó más al Norte…» Los boquetes eran enormes y el dosier dice que a la fuerza de mar que entraba por ellos, se unía la resaca que entraba por el Cantu de Santa Ana, produciéndose una resaca que influía dentro de la dársena. Por eso dejo escrito, que en Castro solo se podía ejercer comercio durante los días de poca mar o nada, vamos con bello, pues según entraba la resaca, dentro de la concha, las naves bailaban de lo lindo.

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