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La grieta eterna del PSOE: 140 años de división interna en perjuicio de España

La última grieta en el Gobierno de coalición presidido por el PSOE la ha desvelado Irene Montero. La ministra de Igualdad y número dos de Podemos ha acusado al presidente Pedro Sánchez de que no haber informado a su formación de la decisión de Don Juan Carlos I de abandonar España. Desconocían, incluso, si había habido una negociación de Moncloa con la Casa Real al respecto, a pesar de que la misma presidencia reconoció ayer que estaba al tanto de la decisión del Rey padre desde hacía semanas.

No es la primera vez que el PSOE da muestras de esta división, ya sea estando en el Gobierno y en perjuicio del buen funcionamiento del país en momentos tan delicados como este, o en la oposición. Hace solo cuatro años de la rebelión protagonizada por la secretaria general del partido en Andalucía, Susana Díaz, cuando encabezó la dimisión en bloque de 17 miembros de la Ejecutiva Federal para forzar la dimisión de Sánchez. Una batalla abierta y aireada en los medios de comunicación por los propios protagonistas, que se lleva repitiendo desde el mismo nacimiento del partido en el último cuarto del siglo XIX.

En el Partido Socialista ha existido la división desde el mismo día de su fundación el 2 de mayo de 1879 en la taberna Casa Labra de Madrid. Allí estaban Jaime Vera, Pablo Iglesias Posse, Antonio García Quejido, Emilio Cortes y un pequeño grupo de intelectuales y obreros entre los que, durante los primeros meses de vida, hubo más diferencias que acuerdos a la hora de definir qué estrategia debían seguir o cómo debía ser su programa. Y a pesar de la fuerte oposición del primero, al final se impusieron los postulados que del líder socialista francés Jules Guesde, que rechazaba cualquier tipo de alianza con las organizaciones republicanas.

¿Con los republicanos o sin ellos?

Y así fue. Al contrario de lo que ocurre hoy con Pedro Sánchez y Podemos en el Gobierno, durante casi treinta años el PSOE se negó a pactar o formar alianzas electorales con los partidos republicanos de Pi y Margall o Nicolás Salmerón. Una primera brecha que queda reflejada en los escritos del propio Pablo Iglesias, donde defiende que las nociones del socialismo internacional no eran aplicables a la realidad de España, porque el concepto de «capitalismo» contra el que luchaba el marxismo aún no estaba implantado en nuestro país.

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias

Esta primera gran lucha ideológica dentro del PSOE duró mucho años y enfrentó a los que querían que el partido utilizara las instituciones oficiales para crecer y los que pensaban que las mejoras de la clase obrera sólo podían llegar a través de la revolución. Al imponerse los segundos, los socialistas se mantuvieron como una pequeña formación sin representación en el Parlamento hasta que, en 1910, decidieron aliarse con los republicanos progresistas para entrar en el Congreso. Fue así como Pablo Iglesias salió elegido diputado, pero eso no trajo la estabilidad deseada.

La revolución rusa se filtró en el PSOE tan solo siete años después y lo alteró todo. Hizo creer a muchos de sus dirigentes, como Daniel Anguiano, Antonio García Quejido, Virginia González, Manuel Núñez Arenas y hasta un Óscar Pérez Solís que después se afilió a Falange y se puso a las órdenes de Franco, que debían adherirse a la III Internacional y abandonar el oportunismo de Iglesias. Al final acabaron escindiéndose en 1921 y fundando el Partido Comunista de España (PCE), una de las grandes quiebras de la historia del partido, pero ni mucho menos la peor ni la más agresiva.

¿Colaborar con la dictadura?

En esa misma década se produjo otra de las divisiones más traumáticas de la historia del Partido Socialista, cuando los partidarios de Francisco Largo Caballero y los de Indalecio Prieto iniciaron una disputa sobre si debían colaborar o no con la dictadura de Primo de Rivera. Llegaron incluso al enfrentamiento físico, pues el primero estaba convencido de que era necesario para que la acción sindical no fuera prohibida. La ruptura se consumó cuando este aceptó entrar en el Consejo de Estado como vocal e, incluso, se comprometió a estudiar la derogación de la Constitución de 1876. Prieto consideró aquellos como una traición y dimitió de la Comisión Ejecutiva.

Largo Caballero
Largo Caballero

Largo Caballero tuvo siempre como prioridad la construcción de un Estado socialista al estilo de la URSS, aunque este tuviera que erigirse en contextos no democráticos como el de Primo de Rivera. Esa fue la cuestión que produjo la división más profunda dentro del PSOE, también durante la Segunda República. «En la base del conflicto se encontraba la caracterización de la democracia republicana que estas tendencias habían preestablecido y que irá poniéndose de manifiesto ahora», aseguran Sergio Valero y Aurelio Martí, profesores de la Universidad de Valencia, en su artículo «División socialista e identidad nacional en el PSOE de la Segunda República».

Parece que no todo el socialismo iba a contentarse ahora con la simple proclamación del nuevo régimen y la salida del Rey Alfonso XIII. El objetivo parecía ahora aplicar todas las medidas que los diferenciaban de los otros partidos políticos de izquierdas. Para Largo Caballero, que fue ministro de Trabajo entre 1931 y 1932, la democracia no era más que la «estación de tránsito hacia el socialismo», según las palabras del historiador Santos Juliá. Por eso llegó a jurar que fundaría en España la versión española de la URSS, a la que bautizaría como la Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas (o Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas, según la fuente consultada), con la que ahondó todavía más la división del PSOE.

«El orden existente va a transformarse»

En 1935, incluso seguía insistiendo en la insurrección armada para tomar el poder en España y declarar los soviets siguiendo el modelo impuesto por Lenin. Todo ello en una época en la que Stalin ya se había convertido en un dictador. Así lo confesó durante una entrevista con Edward Knoblaugh, periodista de Associated Press: «Todo el orden existente va a transformarse [...]. Dentro de cinco años, la República estará de tal forma organizada que a mi partido le resultará fácil utilizarla como escalón para conseguir nuestro objetivo. Nuestra meta es una Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas. La Península Ibérica volverá a ser un gran país. Portugal se incorporará a nosotros, confiamos que pacíficamente, pero utilizaremos la fuerza si es necesario. ¡Detrás de estas rejas tiene usted al futuro amo de España! Lenin ha declarado que nuestro país será la segunda República Soviética de Europa, y su profecía será una realidad. Yo seré el segundo Lenin que lo hará realidad».

Los que se situaban más cerca de la visión de Prieto, sin embargo, defendían que el régimen republicano era un valor en sí mismo que el partido tenía la obligación de conservar. Pensaban que sus reglas jamás debían ser quebrantadas. Este segundo PSOE era más posibilista que revolucionario. Se desenvolvía en la calculada ambigüedad y tenía como línea roja la unidad de España, pero se diferenciaba a su vez de un tercer PSOE encarnado por Julián Besteiro. Este socialista madrileño próximo al sindicalismo tradicional también se desencantó de la revolución y de la propia República, y eso que presidió el partido tras el fallecimiento de su fundador. En total, tres formaciones dentro de una misma en los seis años que duró la Segunda República.

Y por extraño que parezca, el estallido de la Guerra Civil no cauterizó las heridas de la división. Los partidarios de Largo Caballero y Prieto siguieron en lucha sobre el modo en que debían afrontar el conflicto. El primero quería tener como único aliado a la URSS y el segundo apostaba por la extensión internacional de la guerra y la búsqueda de nuevos apoyos. Sobre todo, cuando vio que los franquistas iban ganando terreno y que sólo les llegaban armas de los soviéticos. Pero lejos de solventarse, el enfrentamiento se agudizó con la llegada al poder de Juan Negrín, partidario de seguir la estrategia bélica del Partido Comunista.

Del exilio a la democracia

La pugna continuó durante los años del exilio y la democracia. La unidad del PSOE parecía una utopía, como quedó patente en 1978, cuando se produjo la siguiente división entre los que pensaban que había que continuar con el socialismo autogestionado y de inspiración marxista con el que se habían presentado a las elecciones de 1977 y lo que querían pasar al programa socialdemócrata. Pero no hubo manera. Felipe González hasta renunció a presentarse a la reelección como secretario general del PSOE en su XXVIII Congreso, pues no encontraba consenso a la hora de suprimir el término marxista de la definición de la formación. Y aunque terminó eliminándose y este volvió a su cargo, dentro de la formación nació una corriente crítica que más tarde daría origen a Izquierda Socialista.

Estos se consideraban socialistas puros, fieles a la línea política más tradicional, en contra de la socialdemocracia que también criticaban la UGT y las Juventudes Socialistas. En el congreso de 1988, cuando González llevaba seis años como presidente del Gobierno, el entonces secretario general de la UGT, Nicolás Redondo, pronunció un discurso en el que también expuso sus discrepancias con la política económica del Ejecutivo socialista. En el siguiente Congreso, este le respondió con la famosa frase de «se gobierna desde la Moncloa, no desde Ferraz».

En 1994 el PSOE seguía a la gresca, cuando se abordó lo que llamaron «un nuevo impulso del socialismo», con el objetivo de redefinir sus señas de identidad y producir «un cambio histórico». Los socialistas seguían teniendo pendiente resolver sus disputas internas, esta vez entre el sector renovador de González y el sector liderado por Alfonso Guerra, que se presentó como el garante de las esencias del partido. Para acallar los comentarios sobre sus diferencias, ambos hicieron su entrada juntos en el salón donde se desarrolló el nuevo Congreso.

Tras la derrota electoral de 1996 y finiquitada una etapa de 14 años en el Gobierno, el PSOE se embarcó en un proceso de renovación que ha mantenido a la formación en continuas disputas hasta la turbulenta llegada de Pedro Sánchez, con enfrentamientos tan sonados como el de Joaquín Almunia y José Borrell, que ante la imposibilidad de resolver sus diferencias acabaron por repartirse el poder.

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