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La estrategia que debes cambiar para que tu hijo obedezca

«Te quedas... sin salir, sin el móvil, sin ver la televisión». «Fuera de mi vista, no quiero verte hasta que yo te diga». «Pues ahora te pones a leer hasta que acabes todo el libro»... Los castigos son el arma más recurrente de los padres para imponer la autoridad y suponer que con esta fórmula los niños aprenden rápidamente que han actuado mal y que tienen que obedecer. Pero realmente, ¿sirven de algo?, ¿aprenden de verdad a rectificar y a no volver a repetir lo que han hecho?

Óscar González, profesor, autor de 'Educar y ser felices' y director de la Escuela de Padres 3.0, explica que los llamados castigos tradicionales suelen reunir una serie de características que los hacen contraproducentes, puesto que son desproporcionados en muchos casos —«castigado un mes sin salir»—, incoherentes —le pegamos para decirles «¡no se pega!»—, humillantes —«ya no te quiero, vete»—, no se cumplen —«hasta el verano no ves la tele»—... Además, asegura que actuar de este modo conlleva una serie de consecuencias negativas en los hijos al fomentar en ellos sentimientos de rabia, frustración, inseguridad, falta de autoestima, odio y resentimiento, ganas de venganza, mentir para evitar los castigos, gritos, etc.

Por este motivo, Óscar González se muestra partidario de apartar los castigos y utilizar las consecuencias para lograr que los niños capten de verdad el mensaje y sean obedientes. «Las consecuencias deben ser naturales al acto concreto que se ha producido, nunca artificiales porque serían igualmente castigos. Al utilizarlas se respeta la dignidad del niño, siempre están relacionadas con la conducta, con lo que el niño ha hecho, por lo tanto tienen todo su sentido. De esta forma, el niño se responsabiliza de sus acciones. Además, se fomenta el diálogo y la reflexión conjunta».

Reconoce este profesor que las consecuencias no siempre enseñan una lección al instante, «no tienen el efecto inmediato de los castigos, pero a largo plazo le permiten al niño crecer y prepararse para diversas situaciones que se le irán presentando. Por eso —matiza— son necesarias grandes dosis de paciencia».

Insiste en que el castigo impide que haya un aprendizaje, puesto que los niños se sumergen en el enfado, miedo o dolor. «No deja de ser un parche que puede funcionar a corto o medio plazo, pero que al final tiene consecuencias negativas».

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