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La década perdida de Egipto: de las revueltas a la contrarrevolución más brutal

25 de enero de 2011

El país más poblado del mundo árabe fracasó en su ruta hacia la democracia y alcanza el décimo aniversario de las revueltas contra Hosni Mubarak bajo un régimen militar que ha suprimido todas las libertades y esperanzas

La plaza de Tahrir, durante las protestas de 2011.
La plaza de Tahrir, durante las protestas de 2011.KHALED ELFIQIEFE

El 25 de enero de 2011 un régimen enfermo y corrupto se encontró en la calle con lo inesperado: decenas de marchas, procedentes de todos los rincones de la megalópolis cairota, enfilaron el camino hacia la plaza de Tahrir. Por primera vez en años el número de manifestantes superó al dispositivo policial. El primero de los muros cedió aquel mismo día. La ira dormida hizo combustión en un cruce de caminos que durante los 18 días siguientes fue el centro del mundo.

Hosni Mubarak, un dictador octogenario y terco, fue obligado a abandonar el trono pero -enredada en jornadas de violencia, traiciones políticas y rifirrafes entre militares e islamistas y sus respectivas jerarquías- la transición democrática terminó descarrilando. "Ha sido una década muy dura", reconoce a EL MUNDO.es Zahra Said desde el exilio. Su hermano, Jaled Said, es aún el símbolo de una primavera truncada salvajemente. Jaled agonizó meses antes de las revueltas, linchado hasta la muerte por dos agentes en la mediterránea Alejandría. Su rostro desfigurado por la brutalidad policial fue el aldabonazo que colmó la paciencia de muchos compatriotas. "Si estuviera vivo hoy, Jaled diría lo mismo que entonces. Él habría pensado que este Gobierno actual es extremadamente corrupto", desliza Zahra, afincada en Estados Unidos.


Egipto alcanza la efemérides sin nada que celebrar más allá del hito de haber derribado a un autócrata tras tres décadas en palacio y haber frustrado la sucesión en su hijo Gamal. La fugaz presidencia del islamista Mohamed Mursi acabó abruptamente en 2013 en un golpe de Estado que alumbró la dictadura del mariscal de campo Abdelfatah al Sisi. "Aquella fue una revolución contra el despotismo, las injusticias sociales y la corrupción y todas esas enfermedades siguen hoy extendidas por el país", señala Hasan Nafaa, profesor de ciencias políticas de la Universidad de El Cairo, excarcelado el pasado año tras meses entre rejas por sus dardos contra Al Sisi y la élite militar. "El régimen actual es incapaz de resolver los problemas de la gente. El 60% de la población está bajo el umbral de la pobreza. El aparato de seguridad controla por completo los medios de comunicación. No existe oposición política ni división de poderes. Las elecciones son una farsa porque la intervención del aparato de seguridad es tan intensa que hasta escogen a los aspirantes. Ni siquiera hubo candidatos reales contra Al Sisi en las presidenciales", desgrana Nafaa, que meses antes del levantamiento de 2011 fundó la Asociación Nacional para el Cambio junto al premio Nobel de la Paz Mohamed el Baradei.


Todos los sueños que abrieron el mutis de Mubarak se han desvanecido por completo. El Baradei, que llegó a ser vicepresidente del país tras la asonada, huyó despavorido un mes después de su designación tras el sangriento desalojo gubernamental de las acampadas islamistas, que segó un millar de vidas. Las violaciones de derechos humanos, desde las pruebas de virginidad a activistas hasta las desapariciones forzadas y las draconianas condiciones de las cárceles, gozan de absoluta impunidad. Los episodios más oscuros de la historia reciente del país, ocurridos durante esta década, están huérfanos de rendición de cuentas. La cúpula militar ha blindado por ley cualquier escrutinio público a sus intervenciones y la generación que protagonizó el clamor se halla hoy dividida entre la cárcel -víctimas de abultadas condenas por su participación política y pacífica-, el exilio interior y el destierro.

"Egipto es hoy una prisión al aire libre. El régimen siguió una metodología muy precisa: probó primero todas las herramientas de represión a su alcance con los islamistas. Cuando no llegó la condena internacional, se sintió envalentonado para usarlas contra otros miembros de la sociedad, desde activistas hasta periodistas y opositores liberales, e incluso contra quienes una vez fueron parte del régimen", relata Mohamed Sultan, un activista de derechos humanos que fue condenado a cadena perpetua en Egipto y logró la deportación tras 16 meses en huelga de hambre.

Tragedia y esperanza

Con un estamento militar que ha expandido su emporio económico a golpe de megaproyectos, la competencia política ha sido purgado de la escena pública. Más de 60.000 disidentes se hallan en las prisiones mientras miles han desfilado por tribunales castrenses. "Queríamos establecer una democracia y disfrutar de libertad y dignidad. El eslogan de la revolución fue 'pan, libertad y justicia social' pero no hemos logrado nada. Ni siquiera hay libertad para participar en política", replica Basem Kamel, vicepresidente del Partido Socialdemócrata, una formación que batalla en los márgenes frente a los partidos creados y financiados por el "establishment". "Algunos de nuestros miembros están entre rejas porque representan las aspiraciones de la revolución. No existe ninguna prueba de que la situación vaya a cambiar pronto", lamenta.

A juicio de Michele Dunne, politóloga estadounidense del centro Carnegie, "Egipto está hoy sumido en una forma de autoritarismo más dura y militarizada que antes del alzamiento de 2011". "La principal razón del fracaso del intento de transición democrática fue la incapacidad de las fuerzas políticas y sociales para unirse en torno a un amplio programa de cambio. Sabían contra qué estaban, el estancamiento del gobierno de Mubarak, pero no habían trabajado en lo que coincidían. Existía tan poca confianza entre los partidos políticos que la cúpula militar pudo dividir y vencer", detalla Dunne.


La electricidad que aquel enero atravesó Tahrir, transfigurado en un insólito ejercicio de reunión entre sectores sociales y políticos de Egipto que jamás habían coincidido, se extinguió en una amarga década de disputas y tragedias personales y colectivas, al ritmo de un nuevo caudillo que aprendió todas las lecciones de la primavera sepultando las libertades en nombre de la moral pública o la seguridad nacional. "La gente sigue muriendo, es encarcelada o tiene que abandonar el país por el régimen. Yo siento que el sistema es incluso peor que antes. Dedicaré el 25 de enero a rezar por cada vida que perdimos durante la revolución. Mantengo la esperanza de que los derechos de las personas que fueron brutalmente asesinadas e injustamente encarceladas sean resarcidos. El futuro puede ser brillante si hacemos justicia por todos los que fueron agraviados y murieron", murmura Zahra, la hermana del primer mártir de la revolución.

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