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La curva que sí baja

En comunicación política se mide a un Gobierno en función de tres factores: eficacia, imagen y credibilidad. En época de análisis gráficos de curvas, el desfase de uno de ellos respecto a los otros dos siempre es salvable mientras esos dos continúen al alza. Un Gobierno puede ser eficaz y creíble, pero sufrir graves carencias de imagen sin mayores problemas, y prolongar una legislatura sin más falla que la mercadotécnica. Incluso, el desequilibrio en dos de esas curvas podría sostener artificialmente a un Gobierno sin en una de ellas destacase con nota. Bastaría, por ejemplo, con ser creíble aunque en términos de imagen y eficacia fallase. O simplemente, sobraría con ser eficaz. Hay ejemplos extremos de ello, pero bastante habituales en este periodo de globalización del populismo.

Sin embargo, cuando las tres curvas se hunden, la tendencia ni siquiera suele ser revertida por un CIS animoso o por la infalibilidad de un periodismo afín, comprensivo ante unas tragedias y agresivo frente a otras en función de la ideología de quién gobierne y las gestione. España seguirá siendo país de odiadores profesionales y de generosos complacientes a tiempo parcial, incluso cuando lo prioritario sería sumar sin excusas ante un drama colectivo. Lástima.

Pero a estas alturas, este fenómeno patrio capaz de ideologizar hasta los virus es ya fase superada por la envergadura de la tragedia. Las técnicas propagandísticas al uso para rescatar a un Gobierno de una catástrofe han quedado obsoletas. Como el planeta, tendrán que reinventarse porque la mera empatía social o la simple afinidad ideológica con un gobernante desbordado, capaz de diseñar engaños masivos para ocultar los errores de gestión, ya no le eximen de un deterioro irreversible y altamente contagioso, en la medida en que la incertidumbre socio-económica y la desesperación emocional se agraven más.

Hoy, en las tres variables, y por primera vez desde que regresó a la secretaría general del PSOE hace tres años, Sánchez cae a plomo, víctima del síndrome «burnout». De una primera fase de negación, Sánchez pasó a una segunda etapa típica de control de daños en las clásicas soluciones para situaciones de crisis. Un presidente al frente, de gesto severo, locuaz y artificialmente tranquilizador quiso preservar su imagen de estadista. Pero la ocultación de información, la bilocación comunicativa de un Gobierno de coalición roto en dos, y la errónea construcción de un relato de exención de culpas y su derivación a los «recortes» de Gobierno anteriores, tampoco le ha ayudado a mitigar el espanto.

A Sánchez solo le falta completar la fase de autocrítica y de petición de perdón para que los españoles conserven ánimos para seguir sumando con generosidad. Solo le falta el reconocimiento de que su gobierno era artificial, producto de una coalición forzada repleta de ministros inexpertos y de gestores cosméticos cuyo único mérito era forjar la ideologización perpetua de una ingeniería social radical. Un Gobierno sostenido sobre la impotencia y sorprendido -como lo habría sido cualquier otro presidente-, pero incapaz de reaccionar, rehén de una terca pasividad y preso de un complejo ideológico anacrónico frente a una enfermedad.

Por eso, si a la mentira y la falsa humildad une ahora un neo-populismo antiempresarial, comete el enésimo error. Sería ofensivo que esta catástrofe estuviese siendo observada incluso en términos electoralistas por Sánchez e Iglesias, porque ya será muy difícil que el virus no empuje también a la legislatura por una cuarta gráfica: la del encefalograma plano.

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