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La cara oculta de las flores

Las plantas se han convertido en un informador póstumo, para que todo el paseo, para que toda la avenida, para que toda la plaza sepa que alguien ha dejado de regar su alma

Balcón repleto de flores. / F. de la Hera

Había muchas flores, flores de todas las clases, en los balcones. Los más cuidados lucían liatris blancos y violetas, llenando parterres que en años anteriores acogieron dignamente begonias y petunias surfinias. Las surfinias, de color rosa, caían por las fachadas encaladas y cuando en primavera el sol de mayo encendía calles angostas y plazas abiertas, las flores se convertían en un tributo a Santa Claudia, quien las regó con sus lágrimas de mártir a mediados del mes de marzo.

Encontraron a un hombre muerto que vivía en un bajo sin balcones donde enseñar su habilidad en el cuidado de las flores. Los bajos son tristes, porque tienen humedades y casi ninguno tiene flores. Le debieron de encontrar varios días después, en su bajo interior de Virgen de la Saleta, con albañiles arreglando el portal, pasando con sus carretas y dando voces, mientras al otro lado de la puerta yacía el cadáver de un hombre solo y sin flores que cuidar.

No muy lejos en el tiempo y en el espacio encontraron a un hombre joven, fallecido en el pasillo. ¡Redondo le encontré, a mi hermano!, me decía una señora en el coche, saliendo de notaría, con el cheque fundido en la carne de su mano. Tampoco tenía flores, ni sitio donde poder ponerlas, porque los pisos nuevos no están ideados para que con flores se alegre la calle. Falleció y le debieron de poner flores, pero él no tuvo jardineras ni tiestos donde colocarlas.

Hay muy poca gente que valore la belleza formal de las flores. Quedan impresionados por los almendros, y hasta van al Jerte a ver los cerezos sin reparar en que su vecina coloreó la calle con un balcón cuajado de gerberas. Leonardo falleció en su casa hace unas semanas, con sus libros, con sus taitantos idiomas que no volverá a pronunciar, tras un pasado en Cuba murió en una casa molinera de las afueras de una ciudad a la que el tiempo dejó morir. Dos semanas en casa, quietecito y solo. Y sin ninguna señal que alertase a los vecinos de su dramático final, porque Leonardo no tenía flores.

La gente joven también muere sola. Se volatilizan, como el cerro en días de niebla, sin que nadie sepa cuales fueron sus últimas palabras, su última comida o su última voluntad. Tan anónimos como aquí arribaron, en fondas céntricas como la chilena desconocida que falleció la semana pasada en la Vianesa, en casas molineras como Leonardo, desde el país de Allende, pasando por el de Fidel, hasta huyendo de un pasado que les persigue porque no lo cuajaron con bonitas flores.

Este virus odioso, tan odioso como desconocido, ha convertido las flores con las que las madres despiertan del parto en alarma de socorro de los viejitos que mueren en la más absoluta intimidad porque sus flores no se marchitan lo suficientemente rápido. La gente huirá de las flores, porque ningún vecino las regará durante su vacación eterna. Como las ordinarias esquelas que son pasto para descubrir edades, las flores se han convertido en un informador póstumo, para que todo el paseo, para que toda la avenida, para que toda la plaza sepa que alguien ha dejado de regar su alma.

Pasear observando ventanas se ha convertido en un acto horrendo. Hacerlo por lo barrios por donde más ha afilado la guadaña el falso ángel es una 'retourné' a tiempos que nunca creímos que volverían, a tiempos de los libros, a tiempos de las historias de viejas, a tiempos que no nos quieren reconocer que una sociedad avanzada, por avanzada, vive. Las flores marchitas añaden otro componente tétrico a la sociedad con el comportamiento más siniestro ante la muerte. Volverán a preguntar la edad, a lamentarse menos si el protagonista puso fin a su vejez, propios y extraños, vecinos y forasteros, ¡nadie querrá tener flores!

La gente vuelve a morir en casa, sin remedio, sin que nadie se ruborice. La gente vuelve a morir en casa, a morteradas, todos los días, pero vivimos mejor si nos conducen a especular con curvas, vacunas, apisonadoras y lírica. No nos podemos permitir saber que ha llegado un cohete a Marte mientras los únicos con sospechas de que el abuelo se sentó a ver Pasapalabra eternamente son Aquavall y el administrador de fincas.

Nunca vuelvan a hablar de primer mundo si en España ven balcones con pelargonios y ranúnculos marchitos porque nos impidieron cuidar de nuestros padres. Se acerca mayo y ya nadie comprará flores aunque Santa Claudia llore el 20 de marzo.

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