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La abuela Lola se cuela en la cárcel: videollamadas contra el aislamiento

Desde el confinamiento, los internos de la prisión de Pereiro tienen la opción de comunicarse con el exterior a través de WhatsApp. Durante 10 minutos, ven a sus hijos, padres o novias y afianzan esos vínculos más íntimos que "nos dan vida"

En una de las estanterías del despacho del director hay dos abultadas carpetas en las que se amontonan centenares de solicitudes y algún que otro agradecimiento. Entre las primeras, hombres y mujeres privados de libertad piden una videollamada con el exterior por motivos que unos resumen como "personales" y otros entran en detalle. En tres o cuatro líneas expresan gratitud ante la posibilidad que les brinda el centro penitenciario de Pereiro de Aguiar de comunicar, de lunes a viernes y mediante la aplicación WhatsApp, con la familia o amigos (números previamente autorizados) a través de un smarphone de la prisión. En algún caso, a 5.377  kilómetros. "Aquí tenemos personas que valoran mucho lo qué se hace desde el entorno penitenciario para ayudarlos", dice Sira Feijóo, monitora ocupacional.

El estado de alarma trajo a las prisiones españolas las videollamadas para tratar de compensar el durísimo confinamiento que vivieron los internos e internas. Sin locutorio, sin permisos de salida, sin vis a vis. Aislados en el aislamiento durante algo más de tres meses. La desescalada en las cárceles llegó mucho más tarde en nombre de la salud pública. Los encuentros presenciales (vis a vis) en la prisión ourensana aun se reanudan a partir de mañana.

2.000 llamadas

Algo más de 2.000 conexiones desde mediados de abril avalan el éxito de esta medida en la cárcel ourensana. Y, según asegura el director, Francisco González, la idea es que se quede, porque posibilita otra manera, no la única, de vincularse con ese otro mundo que también se confina y del que algunos se han apeado durante una larga temporada. 

Es el caso de José Manuel (32 años), con siete años en la mochila entre rejas y sin pisar la calle en todo ese tiempo. Este penado vio a su tercer hijo recién nacido a través de la pantalla del móvil el 24 de abril. Esas llamadas a la familia calmaron el enfado sordo que se le metió dentro del cuerpo, a modo de virus, cuando se enteró de las nuevas restricciones. "Estaba muy enfadado porque no sabía cuando iba a ver la niño", reconoce. El ánimo se la apaciguó cuando comunicó con su mujer: ella, aun dolorida, hablaba desde la habitación del hospital. Él, desde un pasillo que da acceso al área educativa de la cárcel. "Fue un momento alucinante", recuerda.

OURENSE (CENTRO PENITENCIARIO O PEREIRO DE AGUIAR). 07/07/2020. OURENSE. Reportaje sobre las videollamadas que se le han permitido realizar a los reclusos del Centro Penitenciario O Pereiro para comunicarse con sus familiares durante la pandemia del COVID-19. FOTO: ÓSCAR PINAL

A esa videollamada le siguieron otras -añade- de forma que incluso ya conoce la casa de alquiler a la que se mudó la familia en la ciudad cuando entró en prisión y que no acaba de convencerle. "Me enseñaron la cocina, las habitaciones, la ropa de los armarios, los peluches...", comenta. Ver para sentir el calor del hogar que ahora se antoja lejano.

En un principio, comenzaron con un móvil y la dirección, vista la demanda, reclamó más a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Ahora tienen tres terminales. Las comunicaciones, generalmente una a la semana, porque, apunta Feijóo, ellos mismos se autolimitan para no abusar, duran 10 minutos. Tiempo que sirve a los internos, según los testimonios recabados por este periódico dentro de la cárcel el pasado martes, para ver despertar a tu hija, afianzar un noviazgo incipiente, llorar -la cárcel puede endurecer y ablandar a partes iguales- o escuchar a la abuela pasando revista al aspecto físico del nieto.

Cristian (28 años) tiene interiorizada esa primera videollamada a su madre, abuela y un hermano de 20 años muy especial para él, que residen en A Coruña. "Fue un chute de energía y motivación en un momento con mucha incertidumbre y aislado totalmente", confiesa. No paró de llorar y de sentir, ahora que ya no está colocado. "Una experiencia intensísima para una persona a la que le cuesta mucho llorar", asegura. En esas conversaciones, les explica, orgulloso, sus progresos en el Proyecto Hombre para dejar las drogas, ahora que se siente capaz de poner el contador a cero. Tampoco falta la charla distendida, como cuando la abuela Dolores se queda más tranquila porque ve al niño algo más gordito -"fibroso", puntualiza Cristian-, y eso solo tienen una traducción posible: está comiendo bien.

 A Bernardo (30 años) el contacto telefónico con imágenes, sobre todo en el confinamiento, le sirvió para comprobar que el noviazgo que se fraguó en prisión va en serio. Conoció en diciembre a la "rapaza" en la escuela de la cárcel y comenzaron a tontear. Al cabo de un mes se fue y, como dice la canción, el amor quedó en el aire. Entre llamada y llamada, ya llevan medio año. "Pensé que se olvidaría de mí pero me demostró que siente algo y eso me aporta seguridad, bienestar ... Me sirve para estar más centrado".

A Sonia (35 años) esta forma de comunicación también le ayuda: a ocultar  su estancia en la cárcel, en donde lleva nueve meses. No quiere que su hija de 10 años sepa dónde está, así que le ha dicho que mamá ha tenido que irse a trabajar fuera una temporada. Por nada del mundo quiere interrumpir el contacto con la pequeña: "A mí me da vida y aliento y a ella le va bien verme". Su última videollamada acaba de ser hace unas horas y, según describe, "fue impresionante; se despertó conmigo". En su caso, es la única forma de ver a la niña y su cuñada, quienes residen en Andalucía.

Estefanía (31 años) sí le ha contado a sus hijos menores que está en prisión, "el lugar de castigo para los mayores cuando se portan mal". Al igual que Damaris (33 años) ver, aunque sea por la pantalla de 5,9 pulgadas del Samsung A40 que les dejan, es "emocionante".

En un principio, las videollamadas se autorizaron por motivos muy tasados (fallecimiento de un familiar, nacimiento de un hijo...), pero pronto, según dice el director, en Ourense optaron por abrir opciones.

Por esta razón, aunque el padre de José Manuel (40 años) ya está mejor, sigue llamándolo una vez por semana. En su caso, ha visto con sus propios ojos la mejoría tras un infarto que lo dejó con 20 kilos menos. "La primera vez, me impactó mucho; preguntaba cómo estaba y me decían que mejor, pero no me lo creía hasta que, al verlo más veces, me fui tranquilizando", confiesa. Aprovecha este sistema para ver a su hijo de 16 meses. "No habla porque es pequeño pero, aunque solo sea verlo comer, da mucha vida".

La bendita tecnología por la que asoman retazos de vida y permite a Damaris ver como a su hija de ocho años le están cayendo los dientes. Y, a veces, entre las conversaciones de todos ellos, según reconocen, se cuela el coronavirus, aunque no demasiado.

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