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Juan Carlos I y el cadáver guillotinado de Jayne Mansfield

Este miércoles, 3 de marzo, se cumplirán 25 años del triunfo electoral de Aznar sobre González que puso término al felipismo. Pablo Casado debería conmemorarlo porque una cosa es abandonar la embarazosa sede de la calle Génova y otra olvidarse de lo mejor de un legado del que cabe enorgullecerse.

Yo bauticé aquel hito como Amarga Victoria, titulando así mi libro sobre la llegada de Aznar al poder, porque el propio líder del PP y su esposa, Ana Botella, acogieron con desolación lo escueto del resultado, muy por debajo de las expectativas de todas las encuestas.

A pesar de la tonelada de escándalos acumulados por el felipismo, con delitos de sangre de por medio, de la mala situación de la economía -no cumplíamos ninguno de los requisitos para formar parte del euro- y del infatigable “viaje al centro reformista” de Aznar, González estuvo a punto de ganar por quinta vez. Toda una advertencia para las ansiedades del presente.

En el vibrante artículo que hoy publica en EL ESPAÑOL, Miguel Ángel Rodríguez recuerda cómo, media hora antes de que se cerraran las urnas, el pronóstico del equipo que recopilaba los datos en la sede cayó como un jarro de agua fría: “Vamos a perder”. Al final ganaron por algo más de un punto y quince escaños de margen.

Los 156 diputados del PP -quién los pillara, podrían decir los vencedores de las cuatro últimas generales- sirvieron, sin embargo, para abrir una nueva etapa y cambiar para bien el rumbo de España. Se han analizado mucho las claves de la prosperidad económica y la estabilidad política aportadas por Aznar y también los errores del final de su segunda legislatura. En cambio, hay muy poca información sobre su tensa relación con el Rey Juan Carlos.

Aunque todo quedaba engullido siempre en su discreción impenetrable, poco después de llegar a la Moncloa, Aznar empezó a dejar traslucir su sorpresa y desacuerdo con la condescendencia e incluso complicidad que González y sus gobiernos habían mantenido hacia lo que Juan Carlos reivindicaba como su “vida privada”. La expresión “El Rey no puede hacer lo que le da la gana”, surgió entre sus labios a modo de susurro.

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El nuevo jefe de Gobierno no podía ser, en concreto, insensible al papel desempeñado por el CESID en la cobertura logística de las aventuras del Jefe del Estado en el chalet de la calle Sextante y, menos aún a las atrabiliarias operaciones de los servicios secretos para destruir las pruebas de su relación con Bárbara Rey y comprar el silencio de la actriz.

Todo ello, unido al escándalo de la implicación del Centro en episodios tremendos de la “guerra sucia” contra ETA, contribuyó a que fraguara en su cabeza una de las decisiones más importantes que tomó como presidente: la reestructuración y cambio de denominación del CESID -desde entonces CNI- y el nombramiento de su primer director civil, Jorge Dezcallar, en sustitución del turbio general Calderón.

Aznar empezó a dejar traslucir su desacuerdo con la condescendencia que González había mantenido hacia lo que Juan Carlos reivindicaba como su “vida privada”

Ya en 1997, en la entrevista que me concedió con motivo del primer aniversario de su investidura, Aznar habló de “unos servicios de inteligencia reformados que se llamarán de otra manera”. Eso provocó la consternación de la cúpula militar del CESID, incrementando, como pronto se vería de la peor de las maneras, su proverbial inquina hacia el mensajero.

Al mismo tiempo y, como refleja Fernando Ónega, en su libro Juan Carlos I. El hombre que pudo reinar, de manera harto eufemística, “Aznar siempre albergó dudas sobre la conveniencia de que el Rey actuase como jefe de una misión comercial”. Algo se revolvía en su sentido de la integridad pequeño burguesa, cada vez que el radar de su desconfianza detectaba algún movimiento equívoco de Juan Carlos.

Fueron de hecho unos años valle entre Marta Gayá y Corinna, entre los cien millones de los kuwaitíes y los cien millones de los saudíes, en los que el monarca pareció extremar su cautela bajo la mirada escrutadora de un antipático bigote.

Este contexto es el que explica el lapidario veredicto con que Aznar se ha despachado ahora ante Évole: “Si el que representa a la institución, no cree en la institución, ¿por qué van a creer los demás?”. No cabe más sucinto y rotundo alegato contra el cínico egoísmo que, cuanto más sabemos, más parece anudar las edades del hombre coronado como Juan Carlos I.

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He escuchado últimamente, con frecuencia, la tesis de que una especie de “maldición de los Borbones”, por la que el hijo se revuelve contra el padre, reproduce entre Felipe VI y Juan Carlos I, lo que ya ocurrió en 1969 entre el entonces “Juanito” y don Juan. Pero la pauta no es esa, sino la de que quien primero traicionó a su padre -dejándose utilizar por Franco para usurparle la Corona-, ha traicionado a su hijo, medio siglo después, al desestabilizar el trono con su conducta corrupta.

En el camino entre ambas hazañas, sigue sumergido entre la bruma ese 23-F, cuyo cuadragésimo aniversario acabamos de celebrar. Y hay que decir que ha sido una suerte para el Rey Emérito que, en el acto institucional en el Congreso, el “ni está, ni se le espera” le fuera esta vez de aplicación a él. Porque su presencia habría amplificado el foco del escrutinio en lo equívoco de su comportamiento.

Por si la vivencia de Sabino Fernández-Campo, reflejada en el documento que exhumé el domingo pasado de mi archivo, frustrando a base de aspavientos la disposición de Juan Carlos a recibir al general Armada en la Zarzuela, no fuera suficiente, una persona muy allegada al entonces gobernador militar de Valencia, Luis Caruana, recordaba el otro día, cómo Milans del Bosch le apuntó con un revólver y le hizo oír a continuación su enésima conversación telefónica con el Rey.

Ha sido una suerte para el Rey Emérito que, en el acto institucional en el Congreso, el “ni está, ni se le espera” le fuera esta vez de aplicación a él

La memoria no le fallaba a esta persona, pues exactamente eso hizo constar el general Caruana en su declaración ante el juez togado, seis meses después del golpe: “¿Cómo iba yo a arrestar al Capitán General si acababa de hablar con Su Majestad?”.

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Todo esto no empece para que el pirómano que había alentado el ruido de sables contra Adolfo Suárez actuara in extremis de providencial bombero. De igual manera que nada de lo que hemos descubierto en los últimos años borra los servicios erogados por Juan Carlos I a las instituciones del Estado y a todos los estamentos de la sociedad en la transición a la democracia.

Pero, por mucho que nos duela a quienes lo tuvimos como mascarón de proa de una meritoria travesía de la que nunca dejaremos de enorgullecernos, esta segunda regularización fiscal de descomunal cuantía, no viene sino a corroborar lo que, bajo el título Toda la verdad sobre Juan Carlos, escribí hace ocho meses: “Su pauta de conducta obliga a revisar el conjunto del reinado, a la luz del afloramiento de un código de valores propio de un tramposo”.

Porque de nuevo queda constatado que “el jefe del Estado decidió engañar al Estado, que el refrendatario, sancionador y firmante de las leyes escogió incumplir sus obligaciones legales, que nuestro más alto cargo público optó por estafar al público”.

Así es como, según Aznar, “se rompen las sociedades”. Con el agravante, en esta ocasión, de que ni siquiera la musa del escarmiento o la de la precaución vinieron a visitarle, cuando ya se había visto obligado a abdicar y había perdido el blindaje de la inmunidad.

Hay algo tan suicida, en la loca huida hacia delante del Juan Carlos I de los últimos años, que cualquiera diría que ha sentido el “horror narrativo” de quien percibe que le aguarda un terrible final y ha decidido arrojarse en brazos de ese destino, sin freno ni restricción alguna.

Hace falta, desde luego, ser muy temerario para, después de todo lo ya anotado, Suiza y Corinna mediante, presentarse ante la Agencia Tributaria, por segunda vez en menos de tres meses, con una presunta colecta de casi cuatro millones y medio de euros, por rentas no declaradas de más de ocho, empleadas en viajes de placer.

Queda constatado que "el jefe del Estado decidió engañar al Estado"

Es don Giovanni acudiendo, impenitente, a la cena del Comendador: “Ho fermo il cuore in petto, non ho timor: verro!”. (“El corazón está firme en mi pecho, no tengo miedo, ¡iré!”). Sólo le queda zambullirse en las llamas del infierno.

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El “horror narrativo” quedó descrito por Javier Marías, en su novela Tu rostro mañana, como “el temor a quedar marcado para siempre por la forma de terminar, desvirtuado, y a que la vida entera parezca haber sido sólo un trámite, un pretexto, para llegar a un acabamiento chillón que nos retratará eternamente”.

El paradigma de una biografía absorbida y diluida en un patético final era, según uno de los personajes de esa novela, el caso de Jayne Mansfield, la sensual rubia platino, de pechos voluminosos, que murió en un terrible accidente de coche, empotrada contra un camión y envuelta en el rumor de que había sido víctima de una maldición satánica.

Realidad o efecto óptico, fruto del desplazamiento de su peluca, entre un amasijo de hierros, el caso es que en la imaginación popular prendió la especie de que la actriz había muerto decapitada, con su cabeza y su tronco volando por separado, por la extrema violencia del impacto.

La idea de que hubiera terminado “grotescamente descabezada y con la cabeza en el fango” era “demasiado irresistible para la malignidad popular”, escribe Marías. “A la gente le gustan los castigos crueles y los giros sarcásticos de la fortuna y la desposesión repentina de quien lo tuvo todo”. Esa era la magia macabra de la guillotina, erigida junto al jardín mismo del Palacio de las Tullerías, bajo la advocación de Sant Just de que “no se reina impunemente”.

Siempre he discrepado del diagnóstico de Pérez-Reverte de que “en España nos faltó la guillotina” para “sanear y limpiar” la cúpula del Estado y la clase dirigente. Soy más bien de Tocqueville, en la tesis de que la reforma del “viejo régimen” siempre produce más bienestar que la revolución.

Esa fue la sustancia de la Transición que nos ha permitido llegar hasta aquí. Pero las circunstancias hoy son tales que, en el plano simbólico, sólo el merecido sacrificio ritual de quien, a la postre, tanto daño ha hecho a la Corona, permitirá preservar una institución tan conveniente y útil para la España actual.

Es necesario que la cabeza honorífica del Emérito quede virtual y metafóricamente separada cuanto antes, por su obscena falta de ejemplaridad, del busto del ex Rey de España Juan Carlos de Borbón. Un ciudadano que, como él mismo prescribió, debe ser “igual ante la ley” a cualquier otro. Y parece llegado, por eso, el momento de que la fiscalía del Tribunal Supremo le cite a declarar para que vuelva de Abu Dabi y aporte, voluntariamente, como todos hemos hecho siempre, su imprescindible versión sobre los hechos. Nada más puede hacerse “inaudita altera parte”.

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