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Jeffrey Epstein, miedo y asco en las tripas del capitalismo

Netflix da voz a las víctimas del pederasta y proxeneta multibillonario en la miniserie 'Jeffrey Epstein: asquerosamente rico'

Imagen de la miniserie sobre Jeffrey Epstein en la que unas mujeres protestan durante su juicio en 2019. NETFLIX

La vida de Jeffrey Epstein (Nueva York, 1953-21019) resultó ser tan extravagante como deseada en silencio. Por todos. Él representaba la quintaesencia del sueño no tanto americano como simplemente soñado. Sin familia ni apellido ilustre que le amparara había pasado de modesto profesor de matemáticas sin licenciatura académica (su primer fraude) a una fortuna al calor de la especulación desregulada de los 80 avalada, entre otras propiedades, por una casa en la exclusiva y acorazada Palm Beach de Florida, un rancho de miles de hectáreas en Nuevo México, un apartamento en París, un inmueble de rigor neoclásico en el Upper East Side de Nueva York y, la joya de la corona, la isla entera de Little St. James en el archipiélago de las Vírgenes. A su modo, él representaba el deseo mismo. Ése que, en palabras de Schopenhauer, «nos modela. Nos atraviesa. Nos labra como a la tierra el arado y planta en los pliegues del espíritu la semilla de sus propios males: la tristeza y el miedo». Y el asco, cabría añadir. A él, a su riqueza, a sus modales e incluso a sus favores se rindieron monarcas (el príncipe Andrés de Inglaterra o el también príncipe Mohammed bin Salman de Arabia Saudí), jerarcas (los presidentes de Estados Unidos Bill Clinton y Donald Trump), directores de cine (Woody Allen), actores (Kevin Spacey) y, claro, Harvey Weinstein. Él, que murió en la cárcel el 10 de agosto de 2019, fue pederasta, proxeneta y, ya se ha dicho, rico. Asquerosamente rico. En el más literal de los sentidos.

Netflix, fiel a la tradición reciente de hincar el diente a cuanta carne en estado de descomposición aparece, le convierte en protagonista de su último documental o miniserie administrada en cuatro capítulos de una hora. La película dirigida por Lisa Bryant es producida por el maestro en la materia Joe Berlinger (Paradise Lost o Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy) y atiende al nada confuso título de Jeffrey Epstein: asquerosamente rico. La idea no es volver a contar la increíble y sucia historia del embaucador pedófilo. Ni siquiera se trata de desvelar nada. La posibilidad de la conspiración sigue ahí. Intacta. Y su muerte, supuestamente un suicidio en el Centro Correccional de Nueva York justo antes de la más que probable condena de por vida y después de que se anunciara la posibilidad de un pacto con el fiscal donde quizá se explayaría sobre cómplices y beneficiados, tampoco se mueve del sitio. La novedad se localiza en las perennemente olvidadas. Y por allí desfilan mujeres como Maria Farmer, la más combativa Virgina Roberts Giuffre (la que aparece en la célebre foto con Andrés de York) o Sarah Ransome (refugiada en Cataluña desde hace años) dispuestas a contar su historia. Todas se parecen y, sin embargo, en su desgracia, todas son diferentes y únicas.

Donald Trump y su amigo Jeffrey Epstein.
Donald Trump y su amigo Jeffrey Epstein.

Contaban con 16 o 17, a veces menos, cuando alguno o alguna de los secuaces de Epstein (aquí su pareja Ghislain Maxwell) les invitaban a conocer a un hombre rico. A cambio de lo que parecía un masaje que indefectiblemente empezaba por los pies, ellas se imaginaban con una carrera, unos estudios o un futuro lejos, muy lejos, de lo que su presente podía ofrecerles. Acto seguido, los abusos, la violación o el chantaje. Por entonces, de él se podían escuchar comentarios como éste: «Conozco a Jeff desde hace 15 años. Es un chico estupendo y muy divertido. Le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí, y muchas de ellas son muy jóvenes». Hablaba el actual presidente de EEUU.

La cinta recorre con precisión no tanto morbosa (que también) como doliente cada uno de los escenarios suntuosos y evidentes de sus delitos. Sea en la llamada isla del pedófilo donde tanta veces fuera el príncipe Andrés o Clinton y que se convertía en jaula para que las que se atrevían a volar hasta ella en cualquiera de los dos aviones o el helicóptero privados; sea en el apartamento de la Gran Manzana decorado exclusivamente con desnudos femeninos; sea en el castillo blanco de Palm Beach blindado contra cualquier mirada.

Impresiona la meticulosidad, sorprende el silencio culpable y avergüenza el poder desplegado con una obscenidad lacerante. En 2008, el que luego fuera Secretario de Estado Alex Acosta llegó a un acuerdo con él en calidad de fiscal de Florida que le exoneraba prácticamente de todos sus crímenes a cambio de 18 meses mal cumplidos en prisión. El trabajo de Lisa Bryant consiste en ofrecer voz y hasta un mínimo de justicia a todas las que fueron humilladas por un hombre y un sistema que hace coincidir el éxito con la más absoluta impunidad y que entiende, contra Schopenhauer, el deseo como otra más de las mercancías a la venta.

Durante toda la película, la única declaración de Epstein consiste en una deposición de 2010 en la que repite una y otra vez ante cada pregunta su adscripción a la Quinta enmienda. Lo hace tranquilo, seguro, confiado, convencido de que el problema no es sólo suyo. Y da miedo, porque quizá tiene razón.

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