El 14 de agosto de 2019, en Vallecas hacía un calor soporífero, mientras en el centro de la capital se iniciaban las tradicionales fiestas de La Paloma, limonada fresca vendían las chulapas. Ese día, Isabel Díaz Ayuso era proclamada presidenta de la Comunidad de Madrid en la Asamblea de Entrevías (casticismo por todas partes) tras varios meses de negociaciones (o de sainete madrileño, mejor dicho) en las que parecía que las tres derechas y ultraderechas (PP, Ciudadanos y Vox) no se iban a poner de acuerdo. Pese a sonados desencuentros entre Ignacio Aguado y Rocío Monasterio, hubo pacto. ¡Sorpresón!

Aquel día, como premonitorio, Pablo Casado no acudió a la coronación. Ayuso había pronunciado un discurso que anticipaba que su labor no era tan solo la de presidir una comunidad autónoma, sino la de dibujar una alternativa desde las derechas a Pedro Sánchez y a la entente que había surgido un año atrás en el Congreso para echar a Mariano Rajoy de la Moncloa, la conocida como mayoría de la moción de censura, de carácter progresista y con tintes plurinacionales.

Quizás Casado empezaba a comprender que había construido un monstruo capaz de devorarle y por eso no apareció por Vallecas. Ayuso se confabulaba para ser garante de la verdadera España, punta de lanza de la confrontación política y cultural contra la izquierda y los soberanismos periféricos, en un momento en el que todavía no había entrado Unidas Podemos en el Consejo de Ministros. Faltaban otras generales, las de noviembre, para ello.

"Casado empezaba a comprender que había construido un monstruo capaz de devorarle y por eso no apareció por Vallecas"

Aquella atípica candidata del PP en las elecciones autonómicas de mayo de 2019 (Casado había escogido por sorpresa a su vicesecretaria de comunicación y portavoz en Madrid para el reto), de la que buenistas y progres se reían por sus excentricidades y meteduras de pata en campaña, iniciaba una carrera meteórica que en menos de dos años le ha convertido en una de las dirigentes con más poder y futuro político del país. Para ello, ha de reeditar la presidencia madrileña tras el 4M, algo que, según las encuestas, parece fácil, pero no está asegurado.

El 26 de abril del año pasado, lágrimas negras se deslizaban por las mejillas de la presidenta hacia el suelo. Ayuso rompía a llorar en la misa que el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, oficiaba en la catedral de La Almudena por las víctimas de la covid-19 y el maquillaje hizo el resto. ¿Farsa o mito? Difícil de adivinar, pues unos meses antes, en enero, Miguel Ángel Rodríguez (MAR) entraba a ser su jefe de gabinete ante el evidente cabreo (o temor) de Aguado, el vicepresidente.

MAR, quien fuera portavoz y secretario de comunicación con José María Aznar, maneja la comunicación política a la perfección con una constante falta de consideración hacia la ética y deontología periodística. Se mueve como pez en el agua en estos tiempos en los que la actividad política valora casi todo del aspecto comunicativo y casi nada de la gestión pública. Manejar el marco, dictar el compás de los debates públicos en consonancia con una corte mediática madrileña escorada a la derecha o más allá, permanecer en la polémica constante que saque de la agenda los temas cotidianos, polarizar sin tregua… En definitiva, que la actualidad política vaya por derroteros alejados de los problemas reales de la sociedad. Ficción, pura ficción.

Tres días después del llanto de Ayuso en la catedral, la presidenta respondía a la oposición desde la tribuna de la Asamblea: "Yo no lloro por entrar en una iglesia, porque no voy a una iglesia desde los nueve años, lloro por pensar en la cantidad de gente que se nos ha muerto, que no se ha podido despedir de los suyos, por aquellos que con su fe religiosa no han podido estar con el familiar". "Perdí la fe a los nueve años, pero comparto los valores católicos", ha explicado en distintas entrevistas. Isabel (la Católica) Díaz Ayuso esboza una concepción de España unificadora, como si de la esposa de Fernando II de Aragón se tratara: "Madrid es España dentro de España". Una España madrileña, en la que el problema no son tanto los musulmanes ni los judíos como la mitad de los catalanes y buena parte de los vascos.

"Si se para Madrid, se para España".  Vale la pena regresar al discurso pronunciado en su investidura, en aquel verano del 2019, cuando ni se intuía este coronavirus que ha contagiado al mundo entero. Como una premonición, Isabel (la Católica) auguraba que sería la Comunidad de Madrid la que marcaría el ritmo del Estado, y así ha sido durante la pandemia: el ritmo de los contagios y sus consecuencias para la salud pública y el de las políticas para pararla. A rebufo, el resto de las comunidades autónomas no han podido dejar de observar cómo desde la Puerta del Sol frenaban las decisiones de Moncloa, las retrasaban o eclipsaban las del resto de territorios.

Cuando hicieron falta rastreadores, no los hubo; cuando se reclamaba un confinamiento estricto, cercaron los barrios populares en los que la incidencia de covid-19 era ostensiblemente mayor; cuando la tragedia llegó a las residencias de mayores, se puso en evidencia el desmantelamiento de los servicios públicos que durante años se ha desarrollado en esta comunidad por gobiernos del PP. De igual modo se demostraba esto cuando el foco pasó de los hospitales a la necesidad de una reforzada atención primaria, la cual, tan maltratada, no podía hacer frente al reto a pesar de la heroica dedicación de sus profesionales. El colofón fue el mandato de no enviar a los ancianos de las residencias a los hospitales.

Primero Ifema y después el Isabel Zendal, modelos faraónicos que restaron protagonismo a las condiciones laborales de sanitarios para dárselo al ladrillo. La colaboración público-privada (un mantra que la líder de la Puerta del Sol repite una y otra vez) tuvo su mejor exponente cuando los menús de comida rápida de Telepizza o Rodilla fueron los que sustituirían en las mesas de niños pobres a los de las cocinas de escuelas contra el criterio de nutricionistas. Desde su estancia en una habitación de lujo de un hotel de Kike Sarasola, gestionó los momentos más trágicos de la pandemia, una gestión que derivó en sonadas dimisiones: su directora general de Salud Pública, Yolanda Fuentes; el consejero de Política Social, Alberto Reyero; los responsables de Atención Primaria y Hospitales…

"Isabel sumaba apoyo social a golpe de suavizar el confinamiento para una población cada vez más harta de la pandemia"

Sin embargo, Isabel sumaba apoyo social a golpe de suavizar las medidas de confinamiento para una población cada vez más harta de la duración de la pandemia. Aglutinaba adeptos al enfrentarse con salero contra el Gobierno de coalición. Libertad, hoy en Madrid, significa poder ir a un bar a echar una cañita. Y la hostelería (buena parte de ella) le ama, a pesar de que el Ejecutivo madrileño evita destinar dinero público para ayudas directas al sector. Una libertad que también vincula a pagar el mínimo de impuestos, lo que considera una intromisión del Estado en la vida de la gente. Volviendo a su discurso de aquella investidura estival, ya anunció "la mayor rebaja fiscal de la historia". Menos impuestos, mayor desigualdad, una región que se desvertebra por las diferencias de rentas y esperanza de vida entre un sur y un este empobrecidos y un norte ricachón.

"Dumping fiscal", denuncian otros líderes autonómicos, que comprueban cómo empresas marchan de sus territorios a este agujero negro que es Madrid, profundizando en la enésima crisis territorial del Estado que toma el nombre de "España vaciada". Pero todo está escrito en los designios del señor, y es que Isabel (la Católica) Díaz Ayuso ya lo pronunció en su coronación. Aquel agosto de 2019 advertía de que Madrid sería garantía de la unidad de España "frente a los que quieren romper el orden constitucional". Garantía de la unidad de España o de la uniformidad de España: "Madrid es la casa de todos los españoles". Madrid rendiría, ya lo advirtió entonces, devoción y respeto a la monarquía, la rojigualda y al himno.

Así, con estos dos estandartes (neoliberalismo radical en lo económico y nacionalismo –nacionalcatolicismo- español en lo cultural), Isabel (la Católica) arrasará en los comicios de mayo, robándole votos a diestro y siniestro a Ciudadanos, que corre el riesgo de desaparecer, y a Vox, que no parece fácil que quede fuera de la Asamblea. Y ahí está la clave y la esperanza para las izquierdas: puede rozar la mayoría absoluta sin conseguirla, puede debilitar tanto a sus compañeros de las derechas como para hacerles insignificantes.

"Grandes". Así agradecía la presidenta madrileña el ofrecimiento de los ultras de Atlético de Madrid, Frente Atlético, para colaborar con las instituciones madrileñas durante el trágico mes de marzo del 2020. El Frente Atlético aglutina a diversas facciones de ideología ultraderechista y neonazi. Así es Isabel (la Católica) Díaz Ayuso, quien tiene todas las papeletas para reeditar su cargo de presidenta de la Comunidad de Madrid, quien puede insertar por primera vez a los ultraderechistas de Vox en un gobierno autonómico, quien puede lograr que el PP madrileño vuelva a ser la casa común de las derechas arrasando entre exvotantes de los otros partidos, quien puede poner en un serio aprieto a Casado, que tras afeitarse la barba y dejársela crecer varias veces, ya no sabe si será moderado, radical o lo que diga la jefa de Madrid.