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Historia de un naufragio

La historia comienza el pasado mes de noviembre en Barra, un pueblo de unos 8.000 habitantes en el norte de Gambia que se asoma al río y cuyo ritmo está marcado por el ir y venir del ferri que lo une con la capital, Banjul. Allí, el joven bombero Suleimán Manjang, de 25 años, esconde algo. Desde hace días se ha corrido la voz de que varios cayucos saldrán hacia Europa, una oportunidad al alcance de la mano, el sueño de construirse una casa para él y su esposa, Fatou Darbo, a tiro de piedra. Con los 50 euros mensuales que gana no se lo puede permitir. Él y su hermano Ismaïla, vigilante de seguridad, empiezan los preparativos con discreción. El Backway, como se conoce en Gambia a la emigración clandestina, es la opción. Su familia no lo sabe.

A pocos metros, en una calle cercana, Jojo Bojang, de 27 años y madre de un niño de siete, masca su frustración. Trabaja como camarera en Kololy, un barrio de la capital, pero vive en condiciones miserables. Pide un visado para el Reino Unido, pero se lo deniegan. La historia de siempre. Así que decide intentarlo. Tina Gomes, de 29 años, también se va. Se lleva consigo a su pequeña de dos años, Dia Sarr. El 27 de noviembre envía un mensaje de audio a su amiga Ngou Ogechuko. “Estoy escondida, no te puedo decir dónde, reúne el dinero y vente conmigo”, le dice. Pero no pudo ser. “Lo vendí todo, la ropa, mis collares, todo. No fue suficiente, me faltaron 100 euros. Lloré y lloré, pero no pude irme con Tina”, asegura la joven nigeriana residente en Barra. Ahora da gracias a Dios por ello.

Suleimán, Jojo, Tina y su hija Dia murieron en el accidente. De hecho, al menos 60 de los fallecidos son de este pueblo donde un día hubo una fábrica de hielo y un casino pero que hoy languidece apenas sostenido por el trasiego de viajeros camino de Banjul. Sobre la arena de las calles de Barra flota estos días una pena pesada que casi se puede tocar. Cabezas bajas. Miradas tristes. Y rabia. Horas después de que llegaran las primeras informaciones sobre la tragedia, la Policía se posicionó en la gasolinera propiedad de Alhagie Baboucarr Fall, el alkalo —jefe tradicional del pueblo—, a quien muchos señalan como el cabecilla de la red que organizó el viaje.

El naufragio ha sacado a la luz las miserias de Barra. El alkalo y su hijo Abdoulie han sido interrogados por los agentes durante días. Y otros supervivientes hablan también de un exluchador llamado Os, conocido como Mopho y en la actualidad en paradero desconocido, como el enlace que se encargaba de reclutar candidatos para los viajes. Porque fueron varios. En las últimas semanas al menos cuatro cayucos partieron hacia Canarias; dos llegaron, el tercero naufragó y un cuarto fue interceptado por la Marina mauritana. En este último iba Emil Bass, de 21 años, que pagó unos 600 euros por su plaza. “Nos engañaron. Nos dijeron que serían cuatro o cinco días, que no había problema, que era fácil. En realidad, fue un infierno”, asegura.

Una alle de Barra, localidad en el norte de Gambia.
Una alle de Barra, localidad en el norte de Gambia.

La cita era en la isla de Ginak, cerca de Barra, el 27 de noviembre por la noche. Tras navegar durante varias horas llegaron a Niodior, al sur de Senegal. Allí montaron en una embarcación más grande que estaba escondida entre los vericuetos de la desembocadura del río Saloum, al amparo de miradas indiscretas, protegidos por el manglar. La expedición estaba completa y pusieron proa a Canarias. Tras cuatro o cinco días de singladura comenzaron los problemas. Se les había acabado la comida, “arroz y galletas” recuerda el joven superviviente Cheikh Diuf, y el combustible escaseaba. Estaban a una veintena de kilómetros al norte de la ciudad mauritana de Nuadibú, en aguas del Sahara Occidental.

4 de diciembre

Tras varios días de navegación, naufragan frente a la costa de Nuadibú.

El cayuco se dirige hacia las Canarias.

27 de noviembre

Sale de Ginak.

Después de varias horas llega a Niodior, donde cambian de embarcación.

4 de diciembre

Tras varios días de navegación, naufragan frente a la costa de Nuadibú.

El cayuco se dirige hacia las Canarias.

27 de noviembre

Sale de Ginak.

Después de varias horas llega a Niodior, donde cambian de embarcación.

4 de diciembre

Tras varios días de navegación, naufragan frente a la costa de Nuadibú.

El cayuco se dirige hacia las Canarias.

27 de noviembre

Sale de Ginak.

Después de varias horas llega a Niodior, donde cambian de embarcación.

Historia de un naufragio

Mahmud Fall, guía turístico en paro y con largas rastas, está muy enfadado. “Se han dicho muchas mentiras sobre el naufragio”, asegura. “Éramos 195, lo sé porque nos hicieron contarnos antes de partir. Aquel miércoles por la mañana nos encontramos dos barcos de pesca, pequeños cayucos”, asegura. “Les preguntamos dónde podíamos repostar y ellos nos advirtieron de que si nos pillaba la policía nos meterían en la cárcel y nos harían pagar una multa”. Según su relato, que coincide con el de otros supervivientes, los pescadores mauritanos les condujeron hasta un lugar apartado de la costa. Pero no era una playa, sino un acantilado.

“Echamos el ancla a unos diez metros de las rocas”, explica Diuf, estudiante de bachillerato. Ismaïla Manjang, también a bordo, insiste en que estaban muy cerca. “Cinco metros, poco más, pero era muy profundo”, relata. Todo pasó muy rápido. Una gran ola golpeó el cayuco, que se dio la vuelta, y los jóvenes cayeron al agua. “Muchos quedaron debajo de la embarcación y se golpeaban contra ella en su intento de salir a flote. Los que no sabían nadar se agarraban de los que intentaban salir y los hundían con ellos”, cuenta Manjang, “estaba aterrorizado pero conseguí encaramarme a las rocas”. Mahmud Fall muestra arañazos en el hombro y las rodillas. “Las olas nos zarandeaban y algunos fuimos empujados hacia afuera y logramos salvarnos”, explica.

Mientras tanto, los pescadores mauritanos emprenden la huida. No quieren problemas. “Los que íbamos saliendo del agua fuimos recuperando los cuerpos”, asegura Fall. Poco antes del mediodía, un grupo de emigrantes echa a andar y consigue llegar a la carretera principal, dando aviso de lo sucedido. “Vinieron los militares mauritanos y las autoridades. Trajeron un gran camión, nosotros mismos les ayudamos a meter los cuerpos. Nos preguntaron si éramos musulmanes y los enterraron esa misma noche en una fosa común después de lavarlos siguiendo el rito musulmán”, explica el superviviente.

El propietario agrícola Alhagie Njai Manka junto a jóvenes del pueblo Madina Serigne Mass.
El propietario agrícola Alhagie Njai Manka junto a jóvenes del pueblo Madina Serigne Mass.

Entre ellos estaban 15 jóvenes de un pequeño pueblo llamado Madina Serigne Mass, 13 de ellos miembros de la misma familia, no lejos de Barra. “Mis hijos Dodou y Pa Jagne, de 18 y 17 años respectivamente, se quedaron sin casa por las lluvias y habían comprado 50 sacos de cemento para construir una nueva. Habían hecho los bloques, pero no tenían más dinero. Por eso se fueron”, asegura un apesadumbrado Mamat Yaw Jagne, su padre. Ambos habían dejado la escuela y trabajaban en el campo. El propietario agrícola Alhagie Ndiaye Manka se lamenta. “Tenemos tierra pero no acceso al agua. Cada vez llueve menos. Sin maquinaria ni fertilizantes es difícil”. Muestra unas sandías recién recogidas. Pequeñas, escasas, insuficientes.

A apenas cinco kilómetros, Fass Omar Saho es un pueblo en duelo. Siete chavales de la localidad perdieron la vida en el naufragio. En casa de Alhagie Mbaye, uno de ellos, reina el desconsuelo. “Tú mismo puedes verlo. No tenemos luz, no tenemos agua corriente, solo nuestras manos para trabajar la tierra”, asegura Alhagie Mass Saho, padre del joven de 26 años. “Solía decir que su sueño era mejorar nuestra vida. Su tío está en España y manda dinero, eso nos ayuda mucho. Él quería hacer lo mismo”, explica su madre, Ami Drame. “Era amable, sociable, generoso”. En la única habitación de su hogar familiar se hace un silencio espeso.

Nuadibú. En la ciudad mauritana tampoco están muy locuaces. Los 87 supervivientes son enviados a Nuakchot menos de 72 horas después del naufragio. Tienen prisa. En 2006 y 2007 ya vivieron varios accidentes, pero ninguno tan dramático y en ninguno fueron tan opacos. El alcalde, Khassem Bellali, destaca los esfuerzos de Mauritania en la lucha contra la emigración clandestina, pero dice que no se puede visitar el cementerio donde fueron enterrados ni el lugar de la tragedia. “Nosotros cumplimos enterrando a los muertos según nuestros ritos. Para lo demás, hay que pedir permiso al hakim (gobernador)”. Nadie comenta nada de los pescadores mauritanos que supuestamente condujeron a los emigrantes hacia la costa y luego se dieron a la fuga. Fundido en negro.

El sábado 7 de diciembre, los 87 supervivientes son repatriados. Los gambianos son subidos a un autobús y enviados a Nuakchot, la capital mauritana. “Ni un bocadillo nos dieron”, asegura Mahmud Fall. De allí siguieron viaje hacia Rosso, en la frontera entre Mauritania y Senegal. “Tuvimos que mendigar para comer, así nos han tratado, como animales”, explica, “mientras que a los senegaleses les dieron dinero para sus gastos”. Tras pasar la noche, siguieron viaje hacia Gambia. En total, 1.100 kilómetros de viaje de siniestra vuelta. Después, más silencio. Nadie les ha contactado, ninguna ayuda, ninguna asistencia.

“Ir en un barco no es un crimen, el crimen es todos estos jóvenes sin trabajo”, asegura Fall. El chófer Babacar Diakhaté, otro superviviente de la tragedia, asiente con la cabeza. “Si no nos lo impiden, iremos a Europa por docenas. Ahora conocemos el viaje, los peligros, cómo hacerlo. Necesitamos ayuda aquí, en nuestros pueblos”, remata Fall. “¿Dónde está todo ese dinero que Europa envía para impedir la emigración clandestina?”, se pregunta Keba Bojang, padre de la joven camarera Jojo Bojang. Su pequeño de siete años entra en la habitación. Aún no le han dicho que su madre no volverá. En esta humilde casa de Barra también se hace el silencio.

Luto en el Young Barcelona

Le gustaba que lo llamaran Semedo, pero su verdadero nombre era Yunusa Cissé. El apodo es por el jugador portugués de origen caboverdiano del FC Barcelona, Nelson Semedo. “Ambos ocupan el puesto de defensa lateral”, asegura Cheikh Omar Sow. “Bueno, ocupaban”, añade con una mueca de disgusto. Cissé, de 20 años, era el capitán del equipo junior de la Rising Star Football Academy FC Barcelona de Barra, “nuestro jugador con más futuro, el mejor”, dice Sow, pero murió en el cayuco naufragado junto a dos compañeros, Dauda Fall y Pa Usmane Diop. Para él ya no hay futuro.

En un campo situado a las afueras de Barra, un descampado de arena enmarcado por dos porterías sin redes, un grupo de niños corre detrás del balón. Son los infantiles de la academia, la única actividad visible de un club de luto estos días. “Se llama Barcelona porque nuestro mánager, Idi Sonko Faye, es un gran aficionado del equipo catalán”, añade Sow. El sueño de todos ellos es jugar en Europa siguiendo los pasos de sus ídolos, jóvenes africanos como ellos que han logrado triunfar. Ansu Fati, Sadio Mané o el propio Semedo han sustituido a los Eto’o, Drogba o Weah, adorados por una generación anterior.

Emil Bass, compañero de Yunusa Cissé, es un enamorado de Messi. También se subió a un cayuco, pero su embarcación fue interceptada por la Marina mauritana. En casa de Cissé están de funeral. Los familiares y amigos vienen a dar el pésame a Samba y Aida Diuf, los padres del joven, y dejan dinero en una bandeja, como dicta la tradición. “Estaba estudiando pero su obsesión era el fútbol”, explica Samba Cissé, “le había prometido que cuando terminara intentaría arreglarlo para que fuera a Europa legalmente, pero él insistía en irse ya”, recuerda. Su madre esconde la cara entre sus manos para que no la vean llorar. Ella le dio el dinero para el viaje.

“Tenemos unos 200 inscritos en la Academia”, prosigue Sow, “pagan unos dos euros al mes y con eso financiamos el transporte para los partidos y el equipaje. Botas no, para eso no nos llega”. La conversación vuelve a Yunusa, Semedo para los amigos. “Era un líder, nos ayudaba con los más pequeños, un modelo a seguir. Estoy en shock, estaba con nosotros desde que tenía 12 años”, añade. Aba Hydara, miembro de la sociedad civil de Barra, pide ayuda. “Tenemos que apoyar a este equipo, a estos jóvenes. Aquí hay talento pero no tienen medios, con uno de ellos que llegue a Europa, ese podría contribuir para mejorar la vida de todos los demás”, dice.

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