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Héctor Torres "Caracas es una ruleta rusa cotidiana"

Las crónicas literarias de la ciudad en llamas del escritor venezolano son el mejor modo de tomar el pulso a una sociedad a la deriva. 'Caracas muerde' es terrible y delicado

Héctor Torres, autor de 'Caracas muerde'. SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL
¿El miedo se puede olvidar?
Sí, creo que sí. La gente tiene memoria selectiva, quiere olvidar lo malo y puede olvidar los episodios más duros, pero no los que generan trauma. Hay que recordar bien esta etapa porque ha sido muy intensa y corremos el riesgo de no aprender lo que se puede aprender. Miedo es la palabra que signa estos tiempos de la sociedad venezolana.
¿Y qué se puede aprender?
No cometer los mismos errores. Esta es la etapa final de una trayectoria histórica que no supimos aprovechar para bien: la riqueza petrolera, la democracia representativa con sus enormes defectos, ese sentido épico de la historia que nos lleva todo el tiempo a pensar que tenemos que hacer grandes gestas... Hemos descuidado cosas fundamentales.
¿Desde cuándo?
Mucho antes de los últimos 20 años, que se han convertido en un callejón sin salida y que ha producido una gran interrogante: hacia dónde va Venezuela. El clientelismo político empezó en los 70 con el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Y en ese ínterin hay gente viviendo, jóvenes que se activan socialmente, que se inscriben en ONGs, que creen que hay salida. Son los anticuerpos de una sociedad que se enfermó, ellos traen la cura.

Basta unas frases de Caracas muerde (De Conatus) del escritor Héctor Torres (Caracas, 1968) para notar la temperatura del paciente:

- «En Caracas es mejor no dar nada por descontado».

- «El caraqueño vive asesinando su cuerpo, bebiéndose todo el día un cóctel de paranoia, rabia, impaciencia, ansiedad y terror».

- «A Caracas no se la habita, se la padece».

Por el libro surgen taxistas, barrenderos de madrugada, muchachos pacíficos que por miedo al ridículo en su pandilla llegan al crimen, mensajeros, policías, «atracadores que se abren paso entre carros y peatones a contravía», secuestros exprés y perros que perciben presencias en dimensiones paralelas. Y alguien que lamenta con sorna: «Los malandros tendríamos que tener carné y sindicatos».

¿Caracas vive una guerra no declarada?
Sí. Hay ingredientes que la hacen peligrosísima. Hay una altísima impunidad pues los cuerpos policiales se han desbordado, no pueden ni investigar los crímenes que se cometen. Hay, incluso, una gran cantidad de armas en manos de grupos civiles afectos al proyecto político, que fueron armados con ese fin, el de defenderlo. Y hay una enorme inflación. El sueldo mínimo oficial es algo así como siete dólares al mes. Obviamente gente armada, con esa alta impunidad y para poder sobrevivir...
Hay un cuento (Te andan buscando) en que un policía de paisano en moto atraca a un ciudadano para redondear el mes.
Eso es más frecuente de lo que uno cree. Muchos secuestros exprés, por la táctica, a todas luces tienen formación militar. Antes eran muy frecuentes, pero han bajado. No hay estadísticas oficiales porque vivimos en una opacidad permanente. En ausencia de una institucionalidad, hay grupos de crimen organizado que imponen las reglas, como en la cárcel. Hubo zonas de paz, barrios peligrosos donde no entraba la policía, y aquello se convirtió en santuarios del hampa. En medio de todo eso vive el venezolano.
Y en esto llega usted, que cuenta lo que ve en la calle, no hace falta imaginar nada.
Es que el periodismo tradicional, de alguna manera, se ha quedado corto para explicar una realidad que es tan alucinante que es difícil explicarla. Por autocensura o por miedo a la represalia, al querer explicar lo que pasa, descubrimos que es insuficiente. Además de cómo tú traspasas el callo en un lector que se enteró que durante las protestas entre abril y agosto de 2017 murieron 170 personas de forma violenta.
Caracas muerde fue publicado en 2012 en Venezuela, ¿qué ha cambiado?
Ahora es más intenso. Lo que busca este libro es mostrar que hay un círculo vicioso: el miedo que produce violencia que produce miedo que produce violencia... En ese círculo la gente procura llevar una vida normal. Chávez tenía un carisma sobre su electorado que no lo tiene Maduro y eso lo ha contrarrestado con mayor represión.
Pero en estos relatos también hay episodios poéticos, y hasta humor. Y sorna. Deja respirar al lector.
La única manera de contar la realidad cuando la realidad ha superado la capacidad de asombro es ofrecer un tratamiento literario, dar un punto de vista.
¿Cuántos ejemplares vendió de Carcas muerde?
Cerca de 6.000. Pero en 2015 llegó la hiperinflación y se desbarató la industria editorial.
¿Con qué relato ha de abrir boca el lector?
Con ¿Cómo se les llama a los que nacen en Chivacoa?. Luego, Cuando el demonio lo llame a escena, que cuenta cómo se perpetúa el mal. Y, algo menos doloroso, La naturaleza invisible de las cosas. Lo bonito de la crónica y de la literatura cuando van en auxilio de la realidad es que, a diferencia del periodismo, no descartan nada, ni la lectura mágica de los hechos. Como el sitio lavidadenos.com, una página que dirijo con la periodista Albor Rodríguez.
La expresión ruleta rusa aparece varias veces en Caracas muerde. Incluso la ruleta venezolana.
Sí: si pierdes, sigues jugando. Hasta que te salga, como se ve en el dibujo de la portada del libro [el tambor de un revólver con un bala]. Te salvaste de esta pero nadie te dice que te salvarás mañana. Caracas es una ruleta rusa cotidiana.
En Presentimientos, una madre acude corriendo a casa por miedo a que secuestren a sus hijos.
En Venezuela decir «que llegues bien» cuando la gente se despide no es una frase, es una realidad.
¿A usted le ha llegado a pasar algo?
Nada digno de contar [toca la madera de la mesa varias veces]. Bueno, a todos mis hijos les han quitado el teléfono, y a mi esposa... cosas bastante menores. Llegar a casa es digno de celebrarse, según las estadísticas. Ustedes no saben que son privilegiados. Incluso los venezolanos que tienen cierto nivel de ingresos que les permite comer con decencia tienen que rogar para que tengan salud porque los hospitales quedaron devastados y hay que acudir a clínicas costosas.
En una crónica escribe que en un fin de semana hay 50 muertos.
La opacidad de que hablábamos. En la morgue de Bello Monte [de Caracas] la policía hace ver a los deudos que si hablan con la prensa se les van a complicar los trámites para entregarles el cadáver de su familiar.
Pero también ha escrito que ama Caracas.
Es como la familia; sea como sea, la amas. Podría vivir fuera pero... Mucha gente, muchos escritores se han ido y eso ha hecho reforzar mi afecto con los que se quedaron. Tengo que entender la vida más allá de los sistemas políticos que nos han tocado vivir.
Su madre le leía a Oscar Wilde.
En mi vida está la ausencia de mi padre, que murió cuando tenía seis años. Y un jesuita que nos ponía a leer a Allan Poe y a Horacio Quiroga. Y luego Borges. Me pareció que él era la literatura. Esa musicalidad con la que sólo podría escribir un ciego me causó una enorme perplejidad. Después llegaron Carver, Paul Auster, Ishiguro y sus magníficos cuentos de Nocturnos... Cada época tuvo su sacerdote. Ahora Viktor Frankl, Rilke, sus Cartas a un joven poeta... O Joseph Campbell. Gente que me explique cómo podemos convertir el dolor en música, en poesía. Porque si uno se descuida puede enloquecer. Hay que encontrar salida a la angustia. He buscado autores que me calmen o referentes para hacer literatura, como Junot Díaz. Quiero poner al lector realidades lo más acentuadas posibles para que él diga qué piensa. No me interesa hacer panfletos, ni decir lo que yo pienso.
Cuando escribe, ¿se libera, se distancia de la realidad?
La descargo. La realidad hay que transmutarla en poesía.
He leído una frase suya: «Lo que tiene la vida de impredecible es lo que la hace interesante».
Es posible. No me importaría que fuera mía.
En el relato Y de regalo, lo que le queda de vida, un taxista, en la noche previa a su jubilación, pasa de poder ser asesinado a que un cliente le deje mucho dinero.
Así se vive. La vida es un azar, lo bueno y lo malo que te llega. Hace años me intentaron robar el carro, me lo doblaron, pero al final no me lo robaron. Fui afortunado. Hay un dicho venezolano precioso: «Cuando es pa' ti, ni que te quites; cuando no es pa' ti, ni que te pongas». Venezuela es una especie de tráiler de lo que es América Latina: corrupción, desigualdad social, coqueteo con el crimen organizado... Tarde o temprano lo va a pagar. Alguien dijo que Venezuela viene del futuro.
El hombre no soporta demasiada realidad.
Claro. Yo escribí una historia, La noche en que amaneció la vida, en la que dos barrios se mataban entre sí hasta que un día las madres se cansaron, se reunieron, rezaron, se contaron cosas hasta el amanecer y llegaron a una cuerdo, obligaron a los hijos a llegar a un acuerdo. Se redujeron los asesinatos casi a cero.

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