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Gloria Swanson o el olvido como forma de contar

¿Es posible volver del otro lado del espejo? Puede que ser arrollados por el olvido sea una de las mayores angustias del ser humano. Una actriz existe como tal cuando es recordada, cuando vuelve (o puede volver) a ser vista.

“Empezaré por el momento de mi vida en el que creí que ya no podía ser más feliz. En ese momento me di cuenta de que aún no había podido asimilar todo lo que había vivido hasta entonces. Ya no podría volver a ver nunca más mi vida o mi carrera del mismo modo”. Gloria Mae Josephine Svensson tenía entonces 25 años. Acababa de casarse con el marqués de La Coudraye en París y había trabajado como actriz en más de treinta películas exitosas, seis de ellas habían sido dirigidas por Cecil B. DeMille.

Había trabajado con grandes estrellas del cine mudo como Charlie Chaplin o Rodolfo Valentino. Ganaba 7.000 dólares a la semana en la Paramount y se rumoreaba que acabarían ofreciéndole un millón para renovar su contrato. Contaba también con una oferta extraoficial de la United Artists, la compañía que fundaron Mary Pickford, Charlie Chaplin, Douglas Fairbanks y D.W. Griffith. Le pagarían mucho más de lo que podría haber ganado trabajando para cualquier otro estudio. Había sido la primera estrella estadounidense en rodar una película de gran presupuesto en el extranjero y también sería la primera en casarse con un noble europeo. Los medios de comunicación de la época se referían a ella como Gloria, “la Cenicienta que se había casado con el príncipe”.

Cuando deja de ser una Cenicienta

Gloria Mae Josephine Svensson era ya Gloria Swanson. Acababa de empezar el año 1925 y estaba embarazada de dos meses. No lo sabía nadie, ni siquiera su marido Henri. El marqués de La Coudraye no tenía dinero. Gloria decidió contárselo a una amiga cercana para que la acompañara a abortar. La intervención no fue bien y Gloria cayó inconsciente durante varias semanas. Estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte en un hospital de París. Los admiradores de Swanson siguieron la evolución de su enfermedad con devoción. No sabían por qué estaba en el hospital, pero los diarios publicaban crónicas a diario sobre la temperatura con la que amanecía cada día. Cuando recobró el conocimiento, Gloria Swanson ya no era solo la Cenicienta que se había casado con el príncipe. “También fui Lázaro resucitado”, sonríe Gloria con amargura. Así empieza el primer capítulo de su autobiografía, Swanson on Swanson, publicada en 1980. 

Gloria Swanson en Photoplay, 1922 / WIKIPEDIA

Gloria Swanson en Photoplay, 1922 / WIKIPEDIA

No hubiera sido su primer hijo. Ya había tenido una niña, Gloria, con su segundo marido, el productor Herbert K. Somborn, además de un niño, Joseph Patrick, al que había adoptado por su cuenta. Tampoco fue su primer aborto. Su primer marido, el actor Wallace Beery, la violó en la noche de bodas. Luego la engañó y le hizo tragarse un brebaje que acabaría con la vida del niño que llevaba dentro. El marqués Henri de La Falaise era su tercer marido, aunque no fue el último. Swanson estuvo casada seis veces. Los mentideros de Hollywood no tardaron en tildarla de “femme fatale”. Como persona inteligente que domina la ironía que era, Gloria decía de sí misma que era una Why girl: Why that? Why there? (Una chica por qué: ¿Y eso por qué? ¿Y por qué allí?).

La cuarta opción para Billy Wilder

La llegada del cine sonoro en 1927 fue un verdadero vendaval para toda aquella generación de estrellas. Muchos de los grandes actores y actrices del cine mudo tenían voces que no acababan de resultar suficientemente armoniosas para lo que pretendía la industria hollywoodiense en aquel momento. Les recomiendo que vayan a ver Singin’ in the rain (Cantando bajo la lluvia, Gene Kelly y Stanley Donen, 1952), nada mejor para explicar lo que sucedió en aquel momento. Nuestra Gloria Swanson no tenía mala voz, pero las películas sonoras en las que trabajó fueron un auténtico desastre en taquilla. Se retiró temporalmente del mundo de la interpretación a los 35 años.

El cine mudo imponía que los actores se comunicaran únicamente a través de los gestos de su rostro y del resto de su cuerpo. De hecho, muchas de las mejores interpretaciones de la historia del cine pertenecen al mudo. Como bien decía Robert Bresson, “el cine sonoro inventó el silencio”.

Gloria Swanson se ofendía ligeramente cuando le preguntaban por la llegada del cine sonoro: “Yo no tengo miedo a mostrar mi voz. Puedo cantar igual de bien que un pájaro”. Así lo demostró en Indiscreet (Indiscreta, Leo McCarey, 1931), cuando cantaba If you haven’t got love. Cada vez que escucho esta canción, recuerdo el viejo casete en la radio del coche de mi padre. Aquella fue la primera vez que escuché la voz de Gloria Swanson. No sabía todavía que aquella voz se correspondía con la mirada que más fuerte me golpearía en toda mi vida. Los ojos de Norma Desmond. 

Gloria Swanson volvió del olvido siendo Norma Desmond en Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, Billy Wilder, 1950). Ni Cenicienta ni Lázaro, Gloria Swanson sería la cuarta opción para Billy Wilder. Vino recomendada por George Cukor, pero Wilder quiso que pasara un casting, un screen test como dicen en Hollywood. Swanson se negó. Ella no se consideraba una actriz más. Ella era la estrella. Cuando se estrenó la película, Gloria tenía 51 años.

Gloria Swanson en la película Why Change Your Wife / WIKIPEDIA

Gloria Swanson en la película "Why Change Your Wife" / WIKIPEDIA

La primera opción para interpretar a Norma Desmond fue Mae West, que rechazó el papel por considerarse a sí misma demasiado joven. Cuando se lo propusieron, West tenía 55 años. La segunda fue Mary Pickford, que alegó que ese personaje perjudicaría su imagen. Pola Negri sería la tercera. Ella entró en cólera cuando supo que le ofrecían interpretar a una vieja gloria.

Cuando la vida se nos antoja lo más irreal, la ficción acude para rescatarnos del olvido.

Y es que ésta última no podrá ser nunca desmentida. En una ocasión, le oí decir a Javier Marías que nadie podría afirmar nunca que la historia de Madame Bovary fuera irreal. Y tenía razón. La vida de Gloria Swanson puede ser explicada desde muchos puntos de vista diferentes, pero el relato de Norma Desmond no podrá ser nunca desmentido. El cine permite que experimentemos una sensación de continuidad en un universo discontinuo. Cada imagen, impresa sobre cada fotograma, pasará delante de la luz a una velocidad determinada. Sigue habiendo movimiento en el reino de la muerte.

Una transformación

Swanson levanta la mirada. El personaje de Norma Desmond se somete a un tratamiento de belleza extenuante cuando intuye que volverá a trabajar a las órdenes de su adorado Cecil B. DeMille.

Un tal Gordon Cole, cuarto o quinto asistente, ha estando llamando por teléfono. Lo que Desmond había interpretado como un interés por producir su película era, en realidad, una propuesta para alquilar su viejo coche como decorado. En el 10.086 de Sunset Boulevard, todo es pasado. Del mismo modo en que Judy se sometía a una transformación para volver a ser Madeleine a los ojos de Scottie en Vertigo (De entre los muertos, Alfred Hitchcock, 1958), Norma Desmond se prepara para su gran retorno.

Parece ser que cuando Gloria Swanson empezaba a despuntar, siendo adolescente, llegó a decir: “Cuando sea una estrella, todo el mundo lo sabrá. Hasta el guardia de la entrada”. No deja de ser irónico que el personaje de Norma Desmond acceda a los estudios de la Paramount gracias a ser reconocida por el viejo Jonesy, el guardia de la entrada. “Sin mí, ustedes no tendrían trabajo. Sin mí, los estudios de la Paramount no existirían”, dice Norma. “Tiene usted razón, Srta. Desmond”, responde Jonesy.

Gloria Swanson en la portada de El Gráfico 1921 / WIKIPEDIA

Gloria Swanson en la portada de "El Gráfico", 1921 / WIKIPEDIA

Al entrar al estudio, un viejo ayudante de iluminación reconoce a Desmond y dirige la luz del foco hacia su rostro. Todos los actores reconocen a la vieja estrella y corren a saludarla. “Devuelvan esa luz al lugar que le corresponde”, sentencia DeMille. El viejo cineasta la acompaña hasta la puerta con dulzura, pero ya no volverán a verse. DeMille no quiere tener nada más que ver con Desmond.

“Ahora me doy cuenta de que escribir la historia de tu propia vida es una experiencia agónica. Es como si perforaras tus propios dientes”, escribiría Gloria Swanson en su autobiografía. La veo de lejos, está empezando a bajar las escaleras, en la maravillosa secuencia final de Sunset Boulevard.

“Moriré con las botas puestas, aunque también puede ser que me muera en estos zapatitos”, le oigo decir a Gloria Swanson en una entrevista que le hicieron pocos años antes de morir. La miro de cerca y pienso que la actriz y la mujer se enfrentaron a sus fantasmas. Y salieron victoriosas. Los ojos a punto de salirse de las órbitas, el peso de unos gestos excesivos, Norma Desmond llega delante de la cámara. Gloria dice: “Solo quiero decirles lo feliz que me siento de volver a hacer otra película. No saben cómo les he echado de menos. Les prometo que no volveré a abandonarles. Después de Salomé haremos otra película. Y otra y otra. ¿Saben? Ésta es mi vida. Siempre lo será. No hay nada más. Solo nosotros. Y la cámara. Y las maravillosas personas que nos miran desde la oscuridad. All right, Mr. DeMille. I’m ready for my close-up”.

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