Spain

Feria fallida (III). Patronazgo de la Virgen del Mar

Sin impedir radicalmente la actividad religiosa en la Diócesis (incluso organizaron misas y tedeums en la seo catedralicia; donde, tras intervenir la iglesia de Santo Domingo, se veneraba la Virgen del Mar), los franceses ocupantes de la ciudad en el trienio 1810-1812, sí suprimieron cualquier actividad mercantil o manifestación lúdica relacionada con la Feria agosteña recién concedida. El sometido vecindario tampoco estaba para fiestas y diversiones; el cuerpo no pedía bailes ni trajes a estrenar. En consecuencia, nuestros paisanos tuvieron que esperar a 1815, fecha en la que ya tenemos constancia documental sobre la asistencia del Ayuntamiento a la procesión de la Patrona –eje central en el sentir litúrgico católico-; imagen que desde la Puerta del Mar bendecía las aguas de la bahía.

Los capitanes de barcas y marinería (gremio de mareantes) costeaban los ruidosos fuegos artificiales y la elevación de fantoches y voladores (globos) multicolores. En cuanto a mi primera enumeración de ediciones en los que, por distintas razones, la Feria no se llevó a efecto se me olvidó añadir la de 1824. Año en el que tuvo lugar la fallida intentona de Los Coloraos procedentes de Gibraltar con la intención de derrocar el régimen del déspota Fernando VII y que dio origen en un posterior periodo progresista al monumento a los Mártires de la Libertad que hoy luce como símbolo histórico en la Plaza Vieja, su emplazamiento emocional e idóneo. 

En su primera etapa feriada los puestos y tiendas con complementos de platería, instrumentos de cuerda (guitarricos), paños, sedas y botines o dulces y golosinas, se distribuían entre la primitiva plaza del Juego de Cañas (Plaza Vieja o de La Constitución; aún sin urbanizar ni porticar) y la de Alabarderos o San Francisco (actual de San Pedro). Mientras tanto, los animales dispuestos para la marchantería de todo tipo de ganados se estabulaban a extramuros, en la llamada Alameda que tras derribar las murallas constituiría el bulevar que dio continuidad al Paseo; un espacio frondoso donde por aquellas calendas tenían lugar, además, los bailes de máscaras en Carnaval.

Las tiendas de variadas mercaderías se distribuían entre las hoy Plaza Vieja y de San Pedro

En julio de dicho 1815 una Real Orden de S.M. concedió el “correr 24 novillos”, destinando los beneficios al Hospital de Santa Mª Magdalena y Casa de Expósitos. Seguimos la noticia hasta verificar que ningún empresario acudió a la subasta de tales festejos, a celebrar en el anchurón de la Casa de la Misericordia (ya por entonces acuertelamiento de tropas), como lugar apropiado. O en su defecto en un coso provisional de madera, para el que presupuestaron doce mil reales. No tengo constancia de que se llevaran a cabo. Es más, afirma el historiador Fernando Ochotorena (“La vida de una ciudad: Almería, siglo XIX”) que en cambio el Hospital mató cuatro cerdos para su consumo.  

Patronato mariano 

Almería quien te viera

y tus calles paseara

y a Santo Domingo fuera

a rezar Misa del Alba. 

La España mariana adopta como titular simbólico de ciudades, pueblos y villas a diferentes advocaciones de la Virgen, inspiradora de una devoción especial. Guía del creyente que hace a la madre de Jesús de Nazaret intercesora de ruegos y peticiones, en la seguridad de que serán atendidos. Y en su honor se erigen centros de culto, donde entronizarla reverencialmente. Presumiblemente, Andalucía -la tierra de María Santísima- es donde el fervor a la Virgen se pone de manifiesto con un énfasis especial. Representaciones iconográficas a las que acudir en romerías y peregrinaciones más o menos multitudinarias. En Almería capital los nativos tenemos a la Virgen del Mar, a la talla en madera que vino por el mar azul, tan traicionero a veces con hombres y mujeres del Magreb o subsaharianos. Y un espacio mental y físico donde rezarle: el santuario que lleva su nombre; el templo conventual Dominico, en una plaza céntrica, recoleta y ajardinada, aunque descuidada. 

Pese a la tradicional simpatía que despertaba en el común del pueblo llano, tres siglos tuvieron que transcurrir para que la imagen policromada, depositada por las mareas en la playa de El Alquián en diciembre de 1502, fuese proclamada oficialmente Patrona de Almería. Algo a lo que acaso no fuese ajena la fría acogida que tuvo en sus inicios por parte del clero catedralicio. Además había un al parecer escollo insalvable: ya existía un patrón en la figura de San Indalecio y “según el decreto de 23 de marzo de 1630, del Papa Urbano VIII, no podía haber dos patronos”.

Definitivamente, a comienzos del siglo XIX, el Ayuntamiento tomó la iniciativa refrendada por el Vaticano. El hecho, suficientemente tratado por los estudiosos de temas cívico/religiosos, merece no obstante ser refrescado. Aunque previamente debemos consignar un dato semi inédito: en sesión plenaria celebrada en diciembre de 1738, presidida por Blas de Guzmán y consignada en acta por el secretario Jesús Diego López, decidieron proclamar patrona local a la Virgen del Mar como acción de gracias por los beneficios que la ciudad había obtenido dada su intercesión; con tal motivo sufragaban los festejos celebrados cada año a 1º de enero.

Penas y calamidades 

Almería seguía sufriendo desgracias en cadena: epidemias infecciosas, sequías, inundaciones o plagas de langostas; circunstancias adversas que unidas al aislamiento geográfico y desidia de sus autoridades, la tenía postrada en la miseria, si no moral sí física y económica. El último terremoto de 1804 castigó con dureza a la provincia, cobrándose varias víctimas; sin embargo, en la capital, aunque se sintió con fuerza, sólo hubo que lamentar daños materiales. 

A resultas de todo ello, nuevamente el Concejo, Justicia y Regimiento de la Ciudad se reunió el 16 de febrero de 1805, acordando tramitar la proclamación de la Virgen del Mar como Patrona de Almería y sus arrabales de Huércal y Viator: 

“Por lo que a su parte toca, elegirla por su Patrona, y a efecto de obtener la declaración de la Silla Apostólica y de prestar todas las diligencias necesarias a dicho fin, comisionó ampliamente a los Sres. D. Antonio María Puche, Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos Tercero, con voz y voto de preeminencia en su Iltre. Ayuntamiento; y a D. Andrés Doucet de los Ríos Zarzosa, Capitán de Infantería retirado al Estado Mayor de esta Plaza, ambos Regidores perpetuos de esta misma Ciudad”. El expediente se remitió a Roma no sin antes procederse, por edicto, a convocar un plebiscito o “cabildo abierto” entre la población civil, a celebrar en las Casas Consistoriales por parroquias y en días diferentes. En 1805 el Padrón Municipal contabilizaba 13.700 habitantes de derecho. 

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