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Equilibrio entre emoción y razón

Desde que existe el uso de la palabra, contamos historias. Nuestro cerebro necesita saber qué ocurre y se vale de las historias para entender la realidad. Igual que la política. Ahora llamamos “relatos” a lo que no son más que historias que dan sentido a la realidad y provocan emociones. ¿Pero está la emoción sobrevalorada? En los últimos años se ha producido un desequilibrio en favor de la emoción con respecto a la razón, si bien en el contexto actual de crisis e incertidumbre se vislumbra que lo racional se abre paso y una mayor compensación entre las emociones y las ideas.

En la política actual, dominada por la campaña permanente y la polarización, las emociones tienen un peso específico, tanto que muchos líderes construyen su discurso y su acción política apelando en exclusiva a los sentimientos. La incertidumbre con la que vivimos los nuevos acontecimientos mundiales está abriéndole hueco a lo racional porque, aunque lo emocional seguirá dominando, la sociedad empieza a demandar una política basada en liderazgos que demuestren gestión y aporten certidumbres.

El populismo o el nacionalismo precisan de un alto contenido emocional para movilizar seguidores, explotando muy especialmente los sentimientos negativos. Esta saturación de emotividad podría ser castigada en los próximos años en favor de argumentos más racionales. En esta línea se pronuncia la experta Mónica Belinchón. En su opinión, “es factible que asistamos a la penalización de posturas dogmáticas. Se abre un contexto post-populista, donde la necesidad del electorado por situarse en un espacio seguro hará ganar peso en la motivación del voto a las posiciones más racionales”.

El poder de las emociones es innegable en la política. Las historias ayudan a dar forma a la percepción de la realidad; son una herramienta de persuasión y permite conectar con personas alejadas o poco interesadas en la política. Es una forma de humanizar las ideas.

La presencia de las emociones en las estrategias política no es algo nuevo y, de hecho, muchas estrategias de comunicación política se diseñan exclusivamente apelando a emociones. Desde Aristóteles hay constancia de que son un potente recurso de persuasión. Muchos analistas, sin embargo, constatan cómo a partir de la crisis financiera de 2008 ha triunfado cierto irracionalismo con apelaciones al miedo y a la inseguridad, arrinconando a la autoridad de los discursos racionales.

Al colapso financiero se une ahora una pandemia que está generando una crisis sin precedentes que “ha dado alas a esa política centrada en la construcción de relatos marketinianos basados en la sentimentalidad política y el reduccionismo argumental”, según opina el experto David Álvaro.

El hastío y el descrédito de los ciudadanos hacia la política y sus gobernantes explican el surgimiento de liderazgos como el de Donald Trump, Jair Bolsonaro, López Obrador o Viktor Orbán. En concreto, Trump es el político que más utiliza los sentimientos y las emociones, llevando lo irracional hasta el extremo.

La sobredosis de emociones que hoy impera en la política muestra síntomas de agotamiento. “Probablemente en los próximos años -en opinión de Álvaro- seamos testigos de nuevos liderazgos que combinen cerebralidad y visceralidad, dando lugar a equilibrios ponderados. El debate ideológico, propositivo y realista irá imponiéndose frente a un sistema eminentemente emocional que ha generado tremendas frustraciones sociales ante las altas expectativas que se habían marcado”.

A la reciente aparición de viejos fantasmas como el nacionalismo, la xenofobia o el populismo, en los que predominan las emociones sobre la razón, se suma que los avances en el estudio del cerebro conceden un protagonismo cada vez mayor a los afectos en nuestros procesos de percepción y de decisión. Por tanto, cabría preguntarse si somos políticamente racionales o más bien ciudadanos sentimentales.

Teniendo claro que la política es comunicación, el politólogo Leandro Bruni afirma que “las emociones no pueden ser la totalidad del contenido de nuestra comunicación, sino actuar como un puente entre los liderazgos/gobiernos y los electores”. Actualmente el sentimiento ha superado a la ideología y que existe un desequilibrio entre emoción y razón aplicada a la política. Es desafío por tanto es, en palabras de Bruni, “equilibrar lo emocional, que es necesario para conectarnos con los ciudadanos, con las ideas. Comunicar sólo con emociones no alcanza, pero sin ellas no se puede”.

La política de las emociones

El periodista y consultor Toni Aira es el autor del libro La política de las emociones. Cómo los sentimientos gobiernan el mundo y trata de explicar a través de sus páginas algunas de las claves de la política contemporánea y el papel que juegan las emociones. “Impacto emocional, simplificación y personalización: si un mensaje tiene estas tres características, propias del lenguaje publicitario y de los medios audiovisuales, se consume mejor, también en política”.

La campaña permanente es la responsable de que la política se haya convertido en una carrera electoral constante donde los juicios que se provocan sean cada vez más superficiales. Según Aira, la obsesión por tejer relatos en las mentes del público “se come la verdadera estrategia, y lo hace cada vez de forma más acelerada y compulsiva”.

La política de las emociones pretende explicar cómo los sentimientos dominan el mundo y desarrolla un decálogo de ellos a través de la comunicación política de líderes políticos actuales. Para Aira, Pedro Sánchez es el líder que mejor ha conectado con una serie de estados de ánimo. A través del sentimiento de la satisfacción, encuentra grandes adversarios con los que antagoniza y para una parte de la población es interesante empatizar con él por contraste.

En el extremo contrario se encuentra Pablo Iglesias. “Podemos en un principio trabajó muy bien el sentimiento de la euforia. Creó la gran expectativa de ir contra la casta, pero al entrar en el sistema no han encontrado la fórmula de seguir diferenciándose”.

El autor considera que actualmente existe un “riesgo para la democracia” porque la política “premia el choque e incentiva el populismo”. “El trabajo de las emociones no debiera estar reñido con un discurso racional y que se impulsen mutuamente. Hay opciones para el optimismo”.

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