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ENTREVISTA | Jessica Gómez: "Si tienes niños en casa hay que replantearse las expectativas"

Paz no ha cumplido los 40 y está sobrepasada; con la casa, los tres niños, el trabajo... Solo quiere un momento con su marido. Como le pasaría a cualquiera, incluso a la autora de la novela Mamá en busca del polvo perdido (HarperCollins Ibérica), Jéssica Gómez.

¿Tener hijos es una experiencia vital o se acerca a los 12 trabajos de Hércules? O no es ninguna de las dos cosas o es las dos al mismo tiempo. Yo no sé si es una experiencia vital absolutamente necesaria e imprescindible, sí sé que la maternidad marcó un antes y un después y que no me imagino cómo podría ser mi vida sin todos esos aprendizajes. Pero te hablo de mi caso.

Al inicio del libro hace una advertencia a los que no tienen hijos. ¿No quería asustarlos? Era para entrar haciendo la coña -'Esto es todo mentira, procread sin miedo'-, intentando meter el sarcasmo de 'esto es lo que hay'. Acercar desde el humor las cosas que menos te esperas o que, a priori y de manera superficial, pueden sonar menos agradables es una manera de romper muros.

La protagonista, Paz, vive sobrepasada. ¿Las mujeres seguimos cargando con  demasiado peso? Sin duda ninguna. Sí es cierto que en la novela Paz y su marido gestionan el hogar, los hijos y el trabajo a partes muy iguales, pero sin embargo ella se carga a sí misma con mucha más presión y expectativas y él lo lleva como muy relajado. Es todavía un arrastre cultural. Espero que la próxima generación, que mis hijos, cuando sean adultos, ya no lo lleven tan a rastras como lo llevo yo.

Aún sobrevive ese 'deja, que ya lo hago yo'. Tal cual. Pero ojo, eso a mí me pasa. Aunque me controlo: he aprendido a ver ese comportamiento en mí misma, que además es algo que no me gusta, porque es cargarme con más de lo que me corresponde. Si estoy viendo a mi marido ponerle mal el pañal al bebé, que si se hace caca le saldrá por la nuca, como dice una amiga mía muy sabia 'cuando lleguemos a ese río pensaremos en ese puente'. Si lo pone mal y luego tiene que pegarse con lo otro, pues que lo haga. No pasa nada porque las cosas no estén hechas bien o como yo creo. Eso nos lo tenemos que quitar de encima.

El libro también habla de esas mujeres que les dicen a otras qué hacen bien o mal. Las madres, sobre todo. A mí, a estas alturas de mi vida, la persona que más me dice cómo tengo que hacer las cosas es mi madre. Está todo el día 'hija es que así peinada...'. En cuanto a las otras, a lo mejor los hombres son un poco más pasotas, pero el mundo en general es muy dado a eso. Voy a usar un plural mayestático educado: todos somos muy fans de meternos en las vidas ajenas. Y es un mal para todos.

¿Le ha servido de terapia escribir el libro? Me he reído muchísimo y me lo he pasado bien; y eso siempre es terapia para el alma. También lo es ahora, que lo releo a ratitos.

¿Qué le ha parecido a su marido? ¿Se ha visto reflejado? No lo ha leído. Me ha dicho 'voy a esperar a que hagan la peli'. De todas formas, él sabe de sobra lo que yo cuento y el papel que él representa. De hecho, desde que empecé a escribir y cada vez que hace algo mal yo le cambio el nombre y le llamo Didier (el marido de Paz)... Sabe qué parte de él es la que aparece reflejada en el libro y le parece estupendo, porque se trata de ridiculizarnos a todos.

¿Qué es lo más delirante que le ha pasado desde que es madre? Lo de intentar hacer algo bien y que me salga mal, y cuanto más me esfuerzo por que me salga bien peor me sale, es el pan mío de cada día. Pero cosas delirantes, muchísimas, como tener que sacar una mandarina de dentro del váter o hacer entrevistas para la radio o la tele con un niño en la teta. Una vez, cuando mi mayor era bebé, terminamos de comer y me fui al gimnasio con un macarrón en el pelo: estuve tres horas con él y nadie me dijo nada. Me da por reírme.

¿Las madres se olvidan de sí mismas? Muchas veces es un olvidarse no consciente. No es que seas la madre abnegada y sacrificada que lo da todo por los demás y renuncia a lo suyo, es que la vida, la rutina, te lleva un ritmo tan rápido y poco a poco te va metiendo tantas responsabilidades que tienen que ver con lo ajeno que, de repente, un día te paras a pensarlo y dices 'ostras, ¿pero cuánto hace que no tengo un rato para mí?'. Y eso es algo importante.

¿La conciliación es una utopía? Quiero pensar que no, que no debería. De hecho, mira, yo estoy ahora mismo aquí hablando contigo para algo que es de trabajo y tengo unos niños detrás, uno está malito y los otros dos están jugando a robarse los calcetines y armando jaleo. Esto no tiene por qué ser incompatible, lo que pasa es que tradicionalmente se ha querido separar a los niños de casi todos los aspectos de la vida adulta; y reconciliar esas dos partes, a lo mejor, lleva más tiempo del estrictamente necesario. Ahora esto del confinamiento y el teletrabajo ha abierto puertas, aunque quizá no las suficientes.

¿Y el sexo cuando se tienen niños pequeños? En absoluto. Y la prueba de ello es que yo tengo tres. Pero si tienes niños en casa tienes que asumir que cualquier cosa que quieras hacer no va a salir como tú quieres. Tener buen sexo, mucho o de calidad, o todo, no es incompatible, pero hay que replantearse las expectativas. Nosotros no tenemos el que teníamos antes, pero es divertido, lleno de risas y con muchísima complicidad de padres, esa de 'vamos, que en cualquier momento se nos va al traste'. Es muy bonito.

¿Qué le diría a un jefe como el que tiene Paz? No es que Vicente sea tan malo, al final es un jefe y lo que le pide a Paz es que llegue puntual y que haga su trabajo. Ella, varias veces en el libro, se autosabotea por no querer delegar o por no saber decirle que no. Dicho esto, Vicentes del mundo: sobráis. Si yo tuviera que trabajar con un jefe que me tratara como se desprende en la novela lo frenaría, esa lección la tengo muy aprendida.

¿Merece la pena todo lo que ocurre en Mamá...Sí, sin duda. Realmente, en la vida de Paz la cuestión no está en los niños, es un todo. Son ellos, la casa, el trabajo, la presión de que todo el mundo parece querer decirte cómo tienes que hacer las cosas, que no te sabes organizar, etc. Su vida merece la pena, lo que está acabando con ella es el estrés y ese empeño en querer hacerlo todo y bien. No se puede hacer todo bien.

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