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Enganchados a una vida inventada

Puede que la máxima de Diderot nunca haya sido tan evidente como ahora: «Dentro de nosotros erigimos una estatua a nuestra imagen y semejanza, idealizada, pero reconocible a pesar de todo, y pasamos el resto de nuestra vida esforzándonos por parecernos a ella». La cita la recoge Andrew O'Hagan (Glasgow, 1968) en el prefacio de « La vida secreta» (Anagrama, 2020), el libro con que el ensayista y escritor escocés trata de desenmascarar el fenómeno que lleva a tantas personas a refugiarse bajo identidades fingidas en el gran carnaval que es internet.

O'Hagan inicia su ensayo con una pregunta fundamental: ¿dónde quedan hoy los límites que separan lo real de lo ficticio? Para entender las raíces de esas «vidas secretas», aborda las figuras de Julian Assange y del supuesto inventor del bitcóin, y también hace el experimento de crear un personaje ficticio en la vida digital con una identidad falsa. El hilo que une a estas tres historias es esa «costumbre, muy propia de internet, de presentarse teatralmente y de ocultarse al mismo tiempo».

Se trata, dice el autor, de una nueva manera de presentarse ante el mundo. El fundador de Wikileaks, Julian Assange, es un caso de manual. A ojos de sus seguidores, el hombre que provocó la mayor filtración de documentos secretos de la historia con el «cablegate» es un icono de la lucha por los derechos humanos. De puertas hacia dentro todo son miserias.

O'Hagan, que trató durante meses a Assange para escribir una autobiografía que el fundador de Wikileaks luego se empeñó en no publicar, retrata a un personaje que a menudo se comporta como un chiquillo, que trata a sus defensores como súbditos, y lo describe como un tipo sin el menor dominio de sí mismo, sin ningún sentido de las relaciones públicas más básicas e incapaz de aceptar que muchas de sus actividades no eran más que actos de piratería.

«No es una persona que preste atención a los detalles –señala el autor de «La vida secreta»–. Lo que les gusta es la imagen de conjunto y la lucha general. Les encanta el ruido y el glamour, la historia, el espectáculo, pero no la letra pequeña». Después de muchas idas y venidas, en un empeño desesperante por sacar algo de Assange que le pudiera servir para la autobiografía, O'Hagan se confiesa incapaz de «hilvanar una voz en off para una persona real que no era del todo real».

¿En qué consiste eso de vivir una vida paralela? O'Hagan lo desarrolla en la segunda de las historias de su libro, en la que toma el nombre de un chico fallecido –Ronald Pinn– y le construye una identidad digital inventada. Unos robots gestionarán sus redes sociales, hará compras y apuestas por internet e incluso recibirá cartas cartas de la Agencia Tributaria.

«Con su falsa personalidad y sus falsos amigos, Ronnie pasó a ser una especie de topo ideal del gobierno, una persona supuestamente real que podía infiltrarse en grupos políticos y mercados sospechosos. Empezó como una forma de poner a prueba la tendencia de la red a radicalizar la invención de nosotros mismos, pero al final resultaba que lo que controlaba yo era una entidad cuyo contacto con la realidad era el mínimo imprescindible para reconfigurarla?».

El tercer protagonista de «La vida secreta» es un personaje a medio camino entre los dos anteriores: Craig Wright, el hombre que supuestamente está detrás de Satoshi Nakamoto, el creador del bitcóin. Acuciado por problemas legales y financieros, Wright accede a desvelar su identidad real. Y eso, en el mundo de la criptografía, supone transgredir un modo de relacionarse basado en seudónimos.

A Satoshi sus seguidores lo admiran por haber creado una moneda digital y mantenerse oculto en el anonimato; lo admiran por no equivocarse, como si fuera un mito de la creación, por tener una personalidad libre de impurezas, y no por ser un cuarentón australiano. Según este sistema social, la libertad es valerse de la informática para tener una segunda personalidad muy diferente de la vida privada.

Hermann Hesse decía que no hay más realidad que la que tenemos dentro, pero ¿sigue siendo así? Para O'Hagan, ahora el ciudadano típico del siglo XXI se define también por su falsedad: «Se construyen y movilizan valiosas identidades falsas y a menudo son simulacros de la verdadera identidad de sus responsables».