La Conferencia de Londres sobre el Canal de Suez terminaba aprobando el plan de Dulles, Secretario de Estado norteamericano, que abogaba por su internacionalización. Una comisión viajaría a El Cairo (Egipto), para entregárselo a Nasser, que amenazaba con cerrar el canal a franceses y británicos. España, sorprendentemente, decía no comulgar con ruedas de molino -expresión genuinamente hispana-. Por mucho que se empeñara Dulles, la Tierra no podía ser redonda y plana al mismo tiempo. La propuesta española también sería presentada al mandatario egipcio, que no aceptaría la internacionalización. Francia y Gran Bretaña no deseaban el acuerdo y tratarían de apartarlo del poder por medios indirectos. Nasser, por su parte, en unas declaraciones a medios periodísticos londinenses, decía que no pretendía perjudicar a Inglaterra, sino beneficiar a Egipto, que era su prioridad.

El semanario francés France-Dimanche informaba que Stalin murió de un derrame cerebral en el curso de una violentísima reunión del Presídium soviético. Era un quince de enero de 1.952. Kaganovich, convocante de la reunión, rompió en pedazos su carnet del partido comunista y se lo tiró a la cara. Mikoyan exigió a Stalin su dimisión o procedía a la ocupación del Kremlin por el ejército. La rebelión de la mayoría de los miembros del Presídium fue como consecuencia de la purga ordenada por el dictador soviético contra el conocido complot de los doctores y la expulsión de judíos a Siberia. La noticia del fallecimiento apareció cuatro días más tarde.

El poder de Mohamed V corría peligro. El partido Istiqlal pretendía hacerse el dueño absoluto de la situación política en el incipiente estado marroquí, pero aplazaba su salida del gobierno. Un traductor de la ONU era detenido en Nueva York (EEUU), por espionaje a favor de la Unión Soviética. Un avión norteamericano con dieciséis tripulantes era derribado por un caza chino cuando volaba cerca de la costa del gigante comunista. Desde las Islas Baleares, repletas de turistas, llegaba una curiosa anécdota relacionada con el actor norteamericano, Gary Cooper. La estrella internacional no pudo encontrar alojamiento en los hoteles de Formentor y Pollensa. Cabañero, Vergara y Chicuelo II aparecían en los carteles taurinos de la feria de Murcia. Los dos novilleros venían de torear en Barcelona.

Desde San Javier (Murcia), se reclamaba mano de obra para atender las cosechas. Hasta 75 pesetas por jornal se pagaba en la recolección. Curioso paralelismo con los tiempos presentes, cuando muchos bancales se quedan repletos por falta de manos para recoger sus productos o, como estamos conociendo, porque el precio de cosechar supone un gasto que no puede cubrir la posterior venta. Algunos agricultores, con buen criterio, abren sus campos para que los vecinos cojan lo que deseen y evitar que se pierda una riqueza que no sabemos administrar. Perdemos demasiado tiempo discutiendo sobre galgos y podencos. Hay quien tiene la sensación de que nuestros referentes sociales se dedican a conservar o conseguir el poder obviando problemas fundamentales para el bien colectivo. La gente cabal, entonces y ahora, suele reclamar soluciones para mejorar el bienestar. Por cierto, los huevos estaban a veinticinco pesetas la docena. Los limones, por una generosa oferta de la cosecha, bajaban de precio.

En Murcia, como en Albacete, donde discurren sus ferias en paralelo, se anunciaban todo tipo de actividades para el mes de septiembre. Quizás sea bueno recordar, porque muchos de nuestros jóvenes, imagino, ignoran, que Murcia y Albacete formaban la Región de Murcia. La llegada de las autonomías a España, con sus luces y sombras, que merecen detenido análisis, rompió esa larga convivencia. Existía un cierto resquemor por ese menosprecio latente que asoma cuando una ciudad depende tanto del centralismo de otra. Tópicos absurdos, como intereses poco explicados, o convenientemente solapados, nos separó administrativamente, sin embargo, nuestro modo de crecer y entendernos ha continuado robusteciendo un vínculo férreamente sujeto a la tierra y su historia. Es curioso comprobar en estos tiempos cómo ese centralismo injusto, disfrazado de sutil menosprecio, viene ahora de Toledo, cuyo mérito estuvo en su proximidad con Madrid y esa incuestionable monumentalidad.

Fechada en el veintitrés de agosto, desde Almansa (Albacete), llegaba una trágica noticia. En un accidente de moto, fallecía el periodista de Albacete, Francisco Solera Moreno. Sentado en el asiento trasero iba el director de la banda municipal albaceteña, Daniel Martín Rodríguez, que resultó herido. Se dirigían a Almansa para corregir la revista Ciudad, donde se confeccionaba para publicarse con ocasión de la próxima Feria de Albacete. El prestigioso periodista tenía cuarenta y cinco años, estaba casado, era director de la revista Ciudad y corresponsal en Albacete del diario El Alcázar. El día veinticuatro, en la capital, se le tributó un homenaje durante su entierro, donde acudieron, entre otros, el delegado provincial de Información y Turismo, el alcalde de la ciudad, el director de La Voz de Albacete, corresponsal de Cifra y representante en el acto del periódico El Alcázar, así como directores de todas las emisoras de radio. Daniel Martín se restablecía de las heridas en su domicilio.