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Encarnizada batalla por el poder judicial en la recta final de las elecciones de EE.UU.

El lunes, a las nueve de la noche, sonó ante la columnata trasera de la Casa Blanca la marcha musical del presidente de los Estados Unidos y de las puertas emergió Donald Trump acompañado de Amy Coney Barrett, que solo unos minutos antes había sido confirmada por el Senado como magistrada del poderoso Tribunal Supremo. Era toda una victoria para el presidente, su tercer juez conservador en la máxima instancia judicial del país, y en un solo mandato. El personal de la Casa Blanca había limpiado a toda prisa las decoraciones de Halloween, y rodeados de banderas y ante un público enardecido, ambos dieron discursos.

Fue algo completamente atípico y dicen los críticos del presidente que fuera de lugar, pues no hay recuerdo de un juez que diera un discurso al público tras ingresar formalmente en el Supremo. Pero allí estaba Coney Barrett, en algo que se parecía sospechosamente a un mitin, jurando el cargo ante el magistrado Clarence Thomas, hasta hoy el más conservador de la bancada. Fue una noche de anomalías. Barrett se acababa de convertir en la primera persona en ingresar al Supremo con los votos de un solo partido -en este caso el republicano- desde 1868.

Trump podría haber cantado victoria con un logro histórico, el de haber elegido a tres de los nueve jueces del Supremo. Pero fiel a su carácter, y estando además en campaña, el presidente, siempre provocador, montó un pequeño espectáculo con luces, fanfarria y aplausos. El resultado es que la judicatura se ha colocado en el centro del debate político a una semana exacta de las elecciones. Los demócratas prometen represalias si ganan.

Tambores de guerra judicial

Ya se oyen en Washington los tambores de la guerra judicial. La presentadora Rachel Maddow, que es una especie de sibila de todos los oráculos demócratas, rabiaba el lunes por la noche en su espacio nocturno en la cadena MSNBC: «Si los demócratas simplemente deciden que van a vivir con las consecuencias de esto y no combaten el fuego con más fuego, esencialmente se están desarmando en política». El lenguaje es sin duda bélico. La presidenta de la Cámara de Representantes, la poderosa demócrata Nancy Pelosi, captó el mensaje, y dijo que si las elecciones del 3 de noviembre dan un Capitolio de clara mayoría demócrata, el legislativo le hará la oposición al judicial, algo inaudito. «El Congreso debe prepararse para remediar lo que hará la Corte Suprema para socavar la sanidad, la seguridad financiera y el bienestar de las familias», dijo Pelosi.

El problema de los demócratas con este proceso son, ante todo, las prisas. Estos procesos de selección de jueces del Supremo suelen tomar unos 70 días de media. En esta ocasión habían pasado apenas 38 días desde la muerte de la magistrada feminista Ruth Bader Ginsburg. Además, Barrett fue elegida y confirmada en plena campaña electoral y cuando ya han votado 60 millones de personas. Según dijo el día de la votación el líder demócrata en el Senado, Charles Schummer, «este pasará a la historia como uno de los días más oscuros en los 231 años de historia del Senado». Para los demócratas, es así de dramático. Sobre todo porque las heridas de 2016 aun no están curadas. Las electorales, y las judiciales también. Aquel año, murió el juez conservador Antonin Scalia. El presidente Barack Obama eligió a un sustituto, pero los republicanos lo bloquearon, alegando que había elecciones… en seis meses. Trump las ganó, y nombró al primero de sus, hasta ahora, tres jueces, el conservador Neil Gorsuch.

Una de las peticiones más insistentes de las bases demócratas en esta campaña es que Biden «abarrote la corte», algo que en la jerga política de Washington significa ampliar la bancada, para reequilibrar las tendencias de los jueces, entre conservadores y progresistas. Biden sabe que ese puede ser un golpe devastador para el poder judicial, y de momento se ha puesto de perfil. «Ya se verá», ha dicho en varias ocasiones. Los republicanos ya hacen campaña contra esa amenaza de ampliar el Supremo. El senador Lindsey Graham, que se presenta a la reelección en Carolin del Sur, dijo recientemente: «No puedo pensar algo más desestabilizador para EE.UU. que cambiar el número [de jueces] en el Supremo en cada ciclo electoral».

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