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En las gradas de la calle Alemanes

Acababan de cerrar la puerta de la capilla del Baratillo. El abogado Joaquín Moeckel, uno de los ocho hijos de Otto Moeckel von Friess, departía con algunas de sus hermanas en la calle Adriano. Memorias de un personaje de leyenda parafraseando la novela de Marguerite Yourcenar, la escritora francesa que dedicó un libro a un emperador nacido en Itálica y que tiene un poema en el Museo de la Macarena. Don Otto era un sevillano muy alemán, tan alemán, dice su hijo Joaquín, que nació en febrero de 1929 y ha muerto en febrero de 2021; un ingeniero capicúa que nació en el 29 y murió con los 92 bien vividos. Tan alemán que tuvo ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres, con un sistema entre prusiano y baratillero de numerar a sus nietos. Ya florece su cuarta generación, cinco bisnietos y dos que vienen en camino. Probablemente el día que don Otto hacía recuento de vida con el albarán de Dios, en uno de nuestros paseos caminábamos por la calle Tomás de Ibarra en la que se sentaba el mítico Paco Palacios El Pali y donde tiene su despacho de abogado Joaquín Moeckel, el más mediático de los letrados sevillanos, el más taurino, el más torero, varilarguero de su Vespa. Otto Moeckel era del 29, igual que Manuel Olivencia. Uno, hijo de alemanes que llegaron a Sevilla, como los alemanes que dan nombre a una de las calles que circundan la Catedral; el otro, alma de la Exposición del 92, alemán consorte.

En las condolencias les conté a Joaquín y a sus hermanas que venía de leer un capítulo conmovedor de Guerra y Paz, esas casi dos mil páginas en las que Tolstoi cuenta una de las dos derrotas de Napoleón en 1812, la de Rusia (la otra fue la de Bailén en Andalucía frente al general Castaños). Conmueve la aproximación a la muerte de uno de los protagonistas, el príncipe Andrei Bolkonski, que "experimentaba el alejamiento de todo lo terreno y una sensación alegre y extraña de bienestar". El bienestar, en el caso de Otto Moeckel, de los deberes hechos en la fe y en la montaña, es decir, en las creencias y en los asuntos terrenales. Bajé de los autores rusos a algo mucho más prosaico. En un diario deportivo, le conté a Moeckel, leí que un par de días después de la muerte de su padre Toni Kroos igualaba a Uli Stielike como los dos alemanes que más partidos han jugado en el Real Madrid. Donde jugaron los míticos nibelungos Günter Netzer y Paul Breitner, único con Pelé, Vavá y Zidane que ha marcado goles en dos finales de un Mundial. Don Otto era como Stielike: rigor y pasión a partes iguales. Hablamos de un gran germanófilo, don Ramón Carande, que tenía entre sus amigos a Enrique Otte, alemán afincado en Sevilla. Mandan los sevillistas en esta familia y recordamos cuando el eterno rival tenía la secretaría técnica en el número 11 de la calle Alemanes. Lo digo en la biografía de Gordillo, que se despidió de la selección contra Alemania en la Eurocopa de Alemania de 1988 (en esos días murió El Pali): no es lo mismo Alemanes, 11 que once alemanes. Hubo un Papa alemán en el Vaticano hasta 2013, Joseph Ratzinger, y un año después, ya con un Papa argentino, ganaron el Mundial de Brasil. A Joaquín Moeckel le hace un cameo literario Aurelio Verde en su novela El suspiro de la flor, ambientada en la Sevilla de los días previos al 18 de julio de 1936. Lo manda por exigencia del guión a un periodo que no vivió, que sí conoció su padre, con 7 años. El trágico canto del cisne de la ciudad confiada de la Exposición del 29. Los dos, padre e hijo, han sido hermanos mayores del Baratillo, cuyas puertas acababan de cerrar cuando a dos pasos del coso taurino los hijos de don Otto enhebraban sus Memorias de Adriano. Un puente cultural que les traslada hasta aquel emperador de Alemania y rey de España que con 18 años y sin apenas hablar español patrocinó la mayor empresa que jamás haya emprendido el ser humano. La derrota marina que terminó en Victoria.

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