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El toque de queda vacía Valladolid

La coreografía de un grupo de bailarinas sobre la alfombra verde que preside estos días la calle Santiago monopoliza la atención de los transeúntes. La melodía que interpretan queda engullida por la partitura urbana. Son las siete y media de la tarde y es el único momento del día en el que Valladolid, semidesierta durante buena parte de la jornada, desprende vida. En la calle, eso sí. El interior de las tiendas luce prácticamente vacío. Las terrazas, salvo excepciones, desoladas. Algunos negocios hosteleros ni tan siquiera han desplegado sus mesas y sillas en vía pública. El tiempo -el cielo ha permanecido cubierto durante la mayor parte del sábado, el termómetro no ha rebasado los trece grados-, tampoco acompaña.

Las calles de Valladolid poco antes del toque de queda

La mayoría son grupos de quinceañeros que han anticipado su horario de ocio ante el decreto del toque de queda, que empuja a los castellanos y leoneses a sus domicilios a las diez de la noche y hasta las seis de la mañana. También hay parejas que impulsan carritos de bebé, familias que pasan la tarde del sábado juntas y grupos de jubilados que comparten tertulia junto a la fuente de Plaza España. «Vaya ambientazo hay, ¿eh? Con el miedo que se suponía que había», espeta un hombre sesentañero (pelo canoso, abrigo oscuro, bufanda al cuello) a su acompañante, a quien insta a tomarse una fotografía junto a la recién instalada figura de Miguel Delibes, frente el Campo Grande.

Toque de queda en Valladolid / Henar Sastre / Gabriel Villamil

Pero es tan solo un espejismo. Desde primera hora han abierto negocios, bares y restaurantes y supermercados, pero casi todo el sábado los vallisoletanos asumieron el toque de queda incluso desde horas antes de que entrara en vigor. De hecho, pasadas las 20:00 horas, con el cierre del comercio de proximidad, conforme se acerca la hora, el bullicio y ambiente se apaga en la capital vallisoletana. «Esto ha estado todo el día vacío, con poquísimo movimiento. Hemos tenido más entre las siete y las ocho, parece que la gente se ha animado más a salir, pero el resto nada», afirmaba la castañera de la calle Constitución, Begoña García, cuyo puesto aglutinaba entonces el escaso movimiento existente.

Entre tanto, los cuerpos de seguridad intensifican su presencia por el centro. Una patrulla de la Policía Nacional vigila el entorno de Miguel Íscar. Otra, al mismo tiempo, aunque en este caso de la Policía Municipal, hace lo propio por el entorno de Correos. También por los barrios, donde realizan barridos para calibrar cómo está el ambiente en el conjunto de la ciudad.

La Plaza Mayor, desierta

A las 21:30 horas, en apenas dos horas, el centro de la ciudad se ha vaciado. Valladolid, de pronto, es la vida suspendida. La Plaza Mayor no es la Plaza Mayor a última hora de este sábado. No del todo. De sus tripas ya no entran ni salen las decenas de personas que, cualquier otro sábado a esas horas, sin restricciones de por medio, hubiera habido. Los hosteleros, ante la escasa afluencia de clientes, comienzan a apilar las mesas y sillas junto a los soportales hasta tres cuartos de hora antes de lo previsto.

Pero cerca, en la zona de Coca, hay gente. Suficiente para llenar las terrazas y poner en alerta a la Policía Nacional, que ha desplegado uno de los primeros dispositivos de control en el entorno justo a la hora de inicio del toque de queda. En el Paseo Zorrilla, columna vertebral del tráfico de la ciudad, apenas hay vehículos circulando. Los autobuses urbanos van a medio gas. Este sábado todo ha sido distinto.

En la fuente de la Plaza de Zorrilla no hay parejas haciéndose fotos. Tampoco viajeros cobijados bajo la marquesina a la espera de que llegue el bus. Los vallisoletanos han asumido de nuevo, por segunda vez este año, el lema 'Quédate en casa'. La gran mayoría se aisló incluso antes de lo previsto. El virus arrecia con fuerza sobre la región y las noches de otoño, hasta nueva orden (en principio durante catorce días), serán en casa.

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