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El secreto alucinógeno de las cuevas de Altamira

Afirmaba Julio Camba que cuando uno se postra frente a un peral lo que ve no es más que «un peral deformado por la cultura», es decir, «un monstruo de peral». No la realidad en sí, sino la idea que tenemos de la realidad, que no es lo mismo. Por eso el gallego envidiaba a los hombres prehistóricos y la mirada limpia con la que se lanzaron a pintar bisontes, jabalíes y demás fauna del momento, toda comestible. Esa inocencia artística, por fuerza irrepetible, fue una obsesión durante las vanguardias del siglo XX, que buscaron por todos los medios librarse de los condicionantes previos a la hora de representar el mundo. Picasso, un apasionado confeso de lo primitivo, lo resumió así: «Después de Altamira, todo es decadencia».

Ahora, una investigación de la Universidad de Tel Aviv, publicada en la revista ‘Time and Mind’, sugiere que las imágenes de las cavernas del Paleolítico Superior no eran tan puras como pensamos. Los científicos Yafit Kedar, Gil Kedar y Ran Barkai sostienen que sus creadores estaban en un estado alterado de conciencia cuando se mancharon las manos de pintura, y que eso marcó sus fantasías. No es que estos artistas se drogaran deliberadamente con alguna sustancia psicotrópica (eso vino después), sino que las antorchas con las que iluminaban los oscuros pasillos de las cuevas reducían el porcentaje de oxígeno de las estancias, provocándoles hipoxia y, por tanto, una perturbación sensitiva. Tiene gracia: el mismo fuego que utilizaban para ver lo que tenían delante les impedía ver las cosas tal como eran.

«La hipoxia afecta los tejidos nerviosos, particularmente en la corteza frontal y el hemisferio derecho del cerebro, áreas que se cree que están relacionadas con la creatividad asociada con las emociones. La hipoxia causa cambios fisiológicos o de comportamiento, como somnolencia, euforia, errores de juicio y pérdida de la autocrítica», afirman en su artículo. Además, en estas situaciones el cuerpo libera dopamina, uno de los cuatro neuroquímicos que ha demostrado tener un gran impacto en el comportamiento humano. «La hipoxia aumenta la liberación de dopamina en el cerebro, lo que produce alucinaciones y experiencias extracorporales, como flotar y volar (...) El exceso de dopamina también se asocia con experiencias cercanas a la muerte, que involucran experiencias extracorporales como mudarse a otros mundos», apuntan.

Para demostrar su hipótesis analizaron varias cuevas de Francia y España, y recrearon virtualmente diferentes tipos de oquedades para ver cómo disminuía el oxígeno. «Los resultados de la simulación indican que en la mayoría de los casos la concentración de oxígeno disminuyó desde su nivel natural del 21% a menos del 18% después de aproximadamente 15 minutos. La concentración de oxígeno se correlaciona con la altura del paso en el camino hacia la boca de la cueva (...) Cuanto menor sea la altura del paso, menor será la concentración de oxígeno. Para una altura de paso de un metro, la concentración de oxígeno disminuyó al 11% después de 2 horas. Es un nivel en el que los síntomas de hipoxia pueden ser graves», explican.

El artículo recalca la idea de que las cuevas eran esenciales en estas sociedades primitivas, ya que configuraban su cosmovisión. «Al interpretar el uso de cuevas profundas en el período Paleolítico superior, debemos considerar cómo esos primeros humanos pudieron haber concebido huecos subterráneos en el suelo o dentro de montañas como parte de su cosmología mundial. Para muchas cosmologías indígenas pasadas y presentes el universo está dividido en tres niveles, que consisten en el inframundo, el mundo del 'aquí y ahora', y el de arriba, el mundo superior», sintetizan. Por ello, insisten los autores, lo más lógico es pensar que la decoración respondía esta importancia atávica de las profundidades. «No fue la decoración lo que hizo que las cuevas fueran significativas, sino todo lo contrario: la importancia de las cuevas elegidas fue el motivo de su decoración», aseveran.

Cuando se adentraban en la oscuridad, antorcha en mano, estos hombres sabían que ahí dentro pasaban cosas extrañas. No eran ingenuos. «Sostenemos que entrar en estas profundas y oscuras cuevas fue una elección consciente, motivada por la comprensión de la naturaleza transformadora de un espacio subterráneo sin oxígeno», concluye el estudio. Qué invento, el fuego.

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