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El resol de la mística

Léon Bloy, el loco de Dios, dijo de sí mismo que era un "peregrino del absoluto". Curiosamente, sin embargo, no aparece retratado en esta ringlera de místicos y peregrinos del absoluto a los que Rafael Narbona ha dedicado su libro. El guarismo no es baladí en el número total de los aquí aparecen fijados a modo de galería. Doce son las tribus de Israel, doce fueron los elegidos del Señor y doce son las puertas de la Jerusalén Celeste.

Nos preguntamos si la mística, en el sentido de vivir otra luz fuera de la razón, tiene cabida en el mundo lógico, inmediato y prejuicioso de hoy. Dice Javier Gomá que hemos pasado del relativismo saludable a un relativismo furioso. "La fe –añade Narbona– no se arrodilla ante el altar de la razón; camina por la noche oscura, sin otra lumbre que un amor ciego y una sed inextinguible. La llama mística es ceniza helada; se alimenta del frío y la incertidumbre, pero anuncia una aurora de pájaros cantores y viñas en flor".

La mística halla su loto trascendente en casi todas las religiones. Se encuentra en las creencias orientales (taoísmo, budismo, hinduismo). Existe la mística judía del Antiguo Testamento, frente a la mística cristológica que inició Pablo de Tarso. El sufismo mantiene su tensión herética con la ortodoxia del islam. Dios es absolutamente trascendente y su rostro permanece enigmáticamente oculto. Pero el sufí busca que en su alma límpida se refleje el propio rostro de Dios.

Teresa de Jesús convirtió el cuerpo, el habitáculo de la carne, en el templo del dardo divino

Teresa de Jesús, con quien se inicia el libro, refleja la unión con Dios mediante la oración y propicia un escándalo para la fe cristiana: convierte el cuerpo, el corrupto habitáculo de la carne, en el templo donde se manifiesta el dardo divino. En San Juan de la Cruz, por su parte, la noche oscura halla su relectura. La mística de la noche oscura no nos saca del mundo, pero nos hace profundizar en sus raíces buscando la huella de lo divino.

La mística del corazón la representa Pascal, matemático y filósofo, aunque buscó a Dios por encima de la razón. Autor de la "teoría de la apuesta", para Pascal el hombre es un ser maravilloso y monstruoso a la vez. Sugiere que Dios se halla cuando miramos y profundizamos en soledad en la cálida víscera de nuestro corazón. Otro de los retratados, William Blake, se nos revela como el místico de la imaginación. Sólo en el universo de la imaginación se halla el magma espiritual. Dicho universo es para Blake el escenario de la Encarnación, la Pasión y la Resurrección. A su lado, el mundo material es sólo "un petrificado caos abominable" y una "horrenda vacuidad sin fondo".

En el agrio Kierkegaard la mística de la libertad consiste en un pacto de lágrimas con Dios que implica una subordinación radical. No hay más verdad que la subjetividad y a través de ella se alcanza la mística, el misterio de la libertad. En este estadio de trance, la humanización de Cristo es una ofensa. Bien al contrario, en Thomas Merton emerge la mística de la contemplación del rostro de Jesús y el de la Virgen María (de ahí su embeleso frente a los iconos bizantinos). Paradójicamente, Merton también buscó la inmersión en la faz del Invisible, como hacen los sufíes, aunque un hadiz de Mahoma dice que el esplendor del rostro de Dios dejará ciego a cualquiera que se atreva a retirar los setenta mil velos de luz y oscuridad que lo esconden.

Para Unamuno Jesús representa "la hombría de Dios", la carnalidad del evangelio

Georges Bataille, alumno de Nietzsche y Sade, anuncia la mística de la transgresión a través del asesinato sexual: los cuerpos se matan entre ellos en el coito y a la verdad sólo se llega "de horror en horror", navegando por "los ríos fétidos" de las cavidades corporales. El erotismo místico de Bataille va mucho más allá de la aparente degradación. Frente a la mística de la nada de Cioran ("Dios es la expresión positiva de la nada"), Simone Weil representa la mística del amor fati. Cristo es la cruz del paria y del desamparado. Dios, a través del madero, se halla en todas las cosas, ya sean graves o menudas. Weil, de la que Narbona hace una emocionante semblanza, vendrá a ser la judía que se situó en el umbral del catolicismo. Asimismo, en otra judía, Etty Hillesum, descubrimos la mística de la alegría: hay que salvar a Dios profundizando en el resquicio íntimo que nos habita, ofreciendo amor y alegría. Hillesum nunca renunció a la alegría trascendente, pese a que fue engullida por la Shoah.

Si Rilke rechaza al Cristo hombre y busca a Dios como suprema categoría estética, en Unamuno lo que prima es el Cristo sanguinolento y español, que encarna el dolor, la virilidad de la fe. Pese a la mística de la duda paradójica que siempre arrastrará (de ahí su agonismo existencial), Unamuno cree firmemente en Jesús. Representa la "hombría de Dios", la carnalidad del evangelio, donde no cabe dogma teológico alguno.

Señala Rafael Narbona que el siglo XXI será místico o no será. Después de leer su libro queremos que esto sea cierto.

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