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El «momento Pearl Harbor»: Nueva York entra en su semana más trágica

La catástrofe del coronavirus ha llegado telegrafiada a EE.UU., como un tsunami que se sabe que arribará a la costa. En Nueva York, ya está aquí. En las últimas semanas, los casos se han amontonado en el estado, en especial en la ciudad que le da nombre, un polvorín para la epidemia. Durante semanas, el virus campó a sus anchas, sin una reacción pronta, en la ciudad más grande de EE.UU. -23 millones de personas en su área metropolitana-, con los neoyorquinos agolpados en los vagones de metro, en las oficinas, en los ascensores de los rascacielos, en los andenes de los cercanía que los traen de los suburbios a Manhattan.

En los últimos días, los contagios han crecido de forma exponencial, hasta llegar a cerca de 125.000 casos ayer. Como en una cascada de piezas de dominó, los contagios multiplicaron las hospitalizaciones y los ingresos en UCI. El sistema hospitalario de Nueva York está como un vaso de agua a punto de desbordarse. La consecuencia de ello es un aumento inmediato de los fallecidos, ante la imposibilidad de dar ventiladores y cuidados de UCI a todos los que lo necesitan.

Dos semanas letales

Las autoridades no ocultan la situación. «Van a ser dos semanas letales», aseguró este sábado Donald Trump, después de que al principio de la epidemia despreciara su gravedad e incluso dijera a finales de marzo que el país estaría «en marcha» esta misma semana y las iglesias «hasta arriba» en Pascua, este domingo.

«Va a ser una mala semana», reconocía ayer en una entrevista en la CBS Anthony Fauci, la autoridad médica del Gobierno de EE.UU. en enfermedades infecciosas. «No la tenemos bajo control», dijo sobre la epidemia. «Eso sería una afirmación falsa. Nos está costando ponerla bajo control».

Quien fue más crudo en la descripción de los próximos días fue el director de Salud Pública de la Casa Blanca, Jerome Adams. «Francamente, esta va a ser la semana más dura y más triste en la vida de la mayoría de los estadounidenses», aseguró en una entrevista en Fox News, en la que recurrió a episodios clavados en la conciencia del país. «Este va a ser nuestro momento Pearl Harbor, nuestro momento 11-S, y no va a ser en un lugar. Va a ocurrir en todo el país». Al cierre de esta edición, los contagios en EE.UU. pasaban con amplitud de 325.000, con diferencia el país más afectado del mundo. Los fallecimientos iban camino de diez mil, apenas un rasguño comparados con la proyección más optimista de la Casa Blanca, que los sitúa entre 100.000 y 140.000 al final de la crisis.

La primera trinchera de esta batalla, la primera línea de playa sobre la que impacta el tsunami es Nueva York. La ciudad vive una atmósfera estremecedora. Fuera de los muros de los hospitales, parece que la capital financiera y cultural del mundo está metida en un domingo prolongado, muda por el cierre de la mayoría de los negocios, sin el murmullo habitual del tráfico, ausentes las bocinas, los gritos, la música que se escapa de los bares. El silencio solo lo quiebra el trajín de ambulancias, un recordatorio constante de que vivimos en guerra sanitaria y la conexión entre dos realidades paralelas y desconcertantes. La gente pasea por los parques, toma el sol tímido de abril en la yerba, sale a correr y a andar en bicicleta, la mayoría respeta las normas de distanciamiento que han impuesto las autoridades (el confinamiento no impide salir a la calle). Mientras, en los pasillos de los hospitales se agolpan los enfermos y se acaban los ventiladores.

Hospitales desbordados

«Hay hospitales desbordados», reconoce a este periódico un médico, que trabaja en el de Mt. Sinaí, uno de los centros más prestigiosos de EE.UU., y que prefiere mantenerse en el anonimato. En el vestíbulo de su hospital, una maravilla diseñada por I.M. Pei, el arquitecto de la pirámide del Louvre de París, ha sido transformado para incluir camarotes que atiendan a pacientes de coronavirus. Entre los diferentes edificios del recinto hospitalario, hay tiendas de campaña para atender la demanda. En frente, en pleno Central Park, uno de los símbolos de Nueva York, el grupo evangélico Samaritan’s Purse ha montado en pocos días un hospital de campaña con 68 camas para desviar a los pacientes cuando no se da abasto.

Este doctor, que no es un especialista en urgencias ni en enfermedades cardiorrespiratorias, asume que esta misma semana el hospital necesitará utilizar una «segunda línea» de médicos de otras especialidades, como reumatólogos, digestivos o cardiólogos. Dentro de poco, no habrá suficientes manos entre la «primera línea», los médicos de urgencias, los intensivistas, los neumólogos… Mientras tanto, reciben formación diaria sobre el uso de ventiladores y tratamiento a pacientes de coronavirus para ese momento.

La situación es mucho peor en otros hospitales de la ciudad. En el Maimonides de Brooklyn, no hay material de protección suficiente para los sanitarios, que tienen que usar las mismas protecciones durante días. Sus camas de UCI se han expandido, pero no es suficiente, con los pasillos de la zona de urgencia llenos de enfermos entubados. A finales de la semana pasada, el 80% de los pacientes de este hospital eran por coronavirus y se espera que esta semana ya sean todos hospitalizados por la epidemia.

Uno de los principales problemas es que los enfermos más graves ocupan las camas de terapia intensiva durante mucho tiempo, lo que colapsa las UCI. «Quienes están en estado crítico tardan mucho tiempo en mostrar señales de recuperación», aseguró a «The Washington Post» Stephan Kamholz, jefe del servicio de cuidados pulmonares de Maimonides, el hospital que lleva el nombre del eminente médico judío de la Córdoba del siglo XII. «Algunos de los primeros pacientes que necesitaron ventilación mecánica, hace tres semanas y media, todavía la tienen… si es que siguen vivos».

La misma situación desesperada se vive en otros hospitales de la ciudad donde el vaso ya está desbordado, como el de Elmhurst, en Queens, al que se refiere muchas veces Trump en sus comparecencias, ya que se crió muy cerca; o el Brooklyn Central, donde un médico de UCI aseguraba esta semana a «The New York Times» que faltaban protecciones, camas o sedantes; o el New York Presbyterian en Columbia, donde se utilizan ventiladores para dos pacientes.

De espaldas a la realidad

Mientras la gente corre absorta a la realidad en los parques fluviales sobre las orillas del Hudson y del East River, hay filas de camiones frigoríficos a las afueras de los hospitales para los muertos, la ciudad ha permitido a los crematorios trabajar las 24 horas del día porque no dan abasto -hay lista de espera de hasta diez días para incinerar a los muertos- y las autoridades van contrarreloj para soportar una infraestructura hospitalaria que es como un andamio que se desploma.

El centro de convenciones Javits, el mayor de la ciudad, y donde el ejército de EE.UU. ha montado un hospital de 2.500 camas -la versión neoyorquina del Ifema de Madrid- iba a acoger a pacientes sin coronavirus y aliviar a los hospitales de la ciudad. Ante el aumento de casos, se dedicará a enfermos de la epidemia. Algo similar podría ocurrir con el buque-hospital USNS, que llegó la semana pasada a los muelles de Nueva York con el mismo objetivo. El secretario de Defensa, Mark Esper, reconoció ayer que tratará a enfermos de coronavirus «si es necesario».

Ayer, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, ofreció los últimos datos sobre la epidemia en el estado y eran algo optimistas, con una bajada del incremento diario de contagios y hospitalizaciones y, por primera vez, de muertos. Cuomo fue cauteloso con la posibilidad de que Nueva York esté llegando al pico de la epidemia, algo que, en cualquier caso, no se notará esta semana.

Mientras tanto, la crisis se expande en otras zonas del país. En Michigan, la gobernadora, Gretchen Whitmer, aseguró que los hospitales ya están llenos. En Luisiana, su homólogo, John Edwards, pronosticó que su estado se quedará sin ventiladores este jueves.

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